Radiografía del Senado; flaca montura para tan pesada agenda

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La Constitución establece que: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste”. Así, delega su soberanía en tres poderes públicos —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— que harán, como propuso Montesquieu hace casi tres siglos, una suerte de contrapesos.

Pero, en la práctica, la efectividad de este delicado balance en cuanto a que favorezca el desarrollo del País en todos los ámbitos dependerá, en gran medida, de las capacidades, la visión y el trabajo conjunto de quienes sean los protagonistas en cada uno de los tres poderes.

El Poder Ejecutivo está a cargo de una persona, el Poder Judicial lo ostentan colegiadamente once ministros y el Poder Legislativo que se divide en dos cámaras, una de diputados y otra de senadores, lo ejercen de manera colectiva 500 y 128 individuos respectivamente.

Es decir, sobre los hombros de solo seiscientas cuarenta personas, descansa la responsabilidad de ejercer los poderes que dimanan del pueblo y, por ende, de tomar decisiones a nombre de ciento veinte millones de mexicanos que, para bien o para mal, afectarán su presente y futuro.

La dimensión de esta responsabilidad nos hace pensar que ese pequeño núcleo de mexicanos debería representar a los mejores. Personas con la experiencia, los conocimientos y la capacidad para comprender una realidad nacional e internacional cuya transformación es, en todos los ámbitos, cada vez más acelerada y que, con base en ese entendimiento, contribuyeran con sus iniciativas y decisiones a delinear los trazos del porvenir nacional.

Sin embargo, solo en el caso de los ministros de la Suprema Corte de Justicia existe un proceso de selección donde el presidente de la República propone una terna al Senado, para que este valore a los candidatos y escoja al que le parezca mejor.  Cierto que este mecanismo no es inmune a favoritismos e intereses políticos y tampoco asegura que los candidatos se ajusten cabalmente al perfil que se espera de un ministro del máximo tribunal judicial de la República, pero al menos, no se han colado en este, individuos notoriamente incompetentes para desempeñar un cargo público como sí ha ocurrido en el Ejecutivo y, sobre todo, en el Legislativo, poderes a los que se accede por elección popular o por la vía de la representación proporcional.

El sufragio universal es la expresión básica de la vida democrática de una nación, a través del cual la ciudadanía escoge a sus gobernantes y legisladores. Pero, los procesos electorales no son mecanismos de selección de talento. Los votos permiten acceder a cargos públicos, pero nunca darán lo que natura no presta. Este es el riesgo de la democracia que, en no pocas ocasiones, se ha revertido contra el pueblo por la vía de la improvisación, equivocaciones garrafales y por leyes y políticas públicas mal hechas.

Más aún, porque entre la teoría política de Montesquieu y la realidad del México contemporáneo se atraviesan los partidos políticos que actúan como los franquiciatarios de los poderes públicos, en especial el legislativo. Ellos sí hacen un proceso de selección según sus intereses, lo que no necesariamente significa que quienes acceden a un puesto en el Congreso tengan la experiencia y la capacidad que se requiere para desempeñarlo. La lealtad al partido, llevada al extremo de una obediencia ciega, primará en su selección. En las curules se sientan aquellos que más convienen a los partidos, que no los más idóneos para cumplir de manera apropiada y eficaz con la grave responsabilidad de legislar.

Por ejemplo, de acuerdo con los datos curriculares de los senadores que están publicados en el sitio web de la Cámara, se observa que el 52% no cuenta con experiencia legislativa a nivel federal y que el 34% ni siquiera la tiene a nivel estatal, como se aprecia en la siguiente gráfica:

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Un siguiente paso es analizar la formación académica de los senadores. Sin embargo, antes es importante destacar que la forma como se presentan sus datos curriculares no se ajusta a un estándar que permita valorarlos, referenciarlos y, si se requiere, confirmarlos. Por ejemplo, en muchos casos se indica el grado académico sin mencionar la institución y la fecha. Es decir, simplemente se menciona: licenciatura, maestría o doctorado.

Con esta salvedad y considerando que solo se obtuvo información de ciento catorce senadores, se encontró, como se aprecia en la siguiente gráfica, que el 13% de ellos tiene un nivel de estudios que va de preparatoria a carreras universitarias sin concluir. Vale destacar que ninguna persona de este grupo tuvo antes alguna experiencia legislativa. Por lo que hace al resto, la mitad de los legisladores cuenta, al menos, con un grado equivalente a licenciatura.

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Por lo que respecta al campo de estudios de aquellos senadores que obtuvieron un grado académico, 29% estudiaron Derecho, 17% Administración Pública y 8% Economía. El resto lo hicieron en una variedad de campos del conocimiento que, en algunos casos, parecen relacionarse poco con temas vinculados a la discusión de leyes y políticas públicas.

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En resumen:

Preocupa la flacura del Senado en términos de experiencia, capacidades profesionales y formación académica, si se considera la importancia y complejidad de muchos aspectos de la vida nacional que, a través de él, se procesarán como iniciativas de ley o reformas legislativas de gran calado en materias como: seguridad pública, política laboral, educación, regulación del consumo de marihuana, corrupción y transparencia, política internacional, revocación de mandato, etc.

Por ende, podemos inferir que serán pocos protagonistas en la arena legislativa; pequeñas camarillas integradas por escasos legisladores más miembros y asesores de sus sendas cúpulas partidistas. En el caso de MORENA habría que sumar a funcionarios del Gobierno Federal. En estos foros oficiosos son donde en verdad se escenificará buena parte de la actividad legislativa.

Esto implica que un buen número de senadores serán peso muerto en el debate legislativo. No lo enriquecerán. Su participación se limitará a seguir las indicaciones que reciban de sus sendos partidos, sobre todo al momento de votar tanto en el Pleno como en comisiones. Esto no impedirá que, pese a la incompetencia para desempeñarse como legisladores, sí aprovechen su investidura para realizar en su ámbito regional labores de gestoría ya sea para beneficio personal o de terceros.

La Constitución señala el alcance de las funciones del Senado, la dimensión humana de quienes lo integran determina la posibilidad de cumplirlas con eficacia. Flaca se ve la montura para tan grave agenda.

Los diez lemas del político efectivo

 

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Un traidor es un hombre que dejó su partido su partido para inscribirse en otro. Un convertido es un traidor que abandonó su partido para inscribirse en el nuestro. Georges Benjamin Clemenceau (1849-1929) 

Las nominaciones de candidatos a ocupar distintos cargos de elección popular hacen evidente que la partidocracia, en su proceso de degradación, ha vaciado a los partidos políticos de principios y contenido ideológico. Hoy, cual sistema de franquicias, lucen como meras maquinarias electorales dotadas de abundantes recursos del erario, que son dirigidas y usadas por individuos cuya principal convicción es la búsqueda del poder público para servirse de él.

Antes, al solo escuchar el nombre de un partido de inmediato lo asociábamos a una orientación ideológica; los términos derecha, izquierda o centro tenían un sentido. Lo mismo pasaba con los políticos, cuyas convicciones manifiestas hacían difícil imaginarlos militando en otro partido o planteando alianzas con aquellos situados en el extremo opuesto a su ideario.

Hoy, partidos y políticos exhiben una mutabilidad tan acelerada que hace imposible ubicarlos en una dimensión ideológica. Las alianzas más descabelladas, que en otras naciones serían inauditas, en México se establecen sin el menor recato, sin siquiera recurrir a los partidarios para pedirles opinión, asumiéndolos como hatos de idiotas que dóciles obedecerán tan pronto escuchen el chiflido de sus dirigentes indicándoles adónde ir. Mientras que, en lo individual, como si fueran jugadores de fútbol en decadencia, los políticos recorren con cinismo cualquier cantidad de partidos, con tal de ponerse debajo de una candileja por pequeña que sea y de asirse de alguna teta presupuestal.

Todo esto ha depauperado el debate político a un extremo hilarante, sobre todo, por lo que vemos y escuchamos. Pero no hablamos, ni confrontamos proyectos nacionales que propongan cómo salir del atasco y resolver los graves problemas del País. Hablamos de personas. Las valoraciones de políticos están centradas en las antipatías y simpatías que generan, en sus dichos y hechos, en sus relaciones personales, en sus meteduras de pata, en sus contradicciones, en su físico y en sus ocurrencias, cuya lista crece en la medida que se preparan para sus sendas campañas.

En este escenario, la observación de quienes hoy se inscriben como candidatos para participar en las elecciones, que desde un ángulo sarcástico podríamos definir como políticos efectivos, me lleva reflexionar sobre cuáles han podido ser los lemas que a este elenco de notables, les ha permitido a sortear tantos obstáculos a largo de su carrera, ya sea corta, larga o en zig-zag, y llegar a su actual posición, desde la cual se proponen como los salvadores de la patria y nos prometen la pronta solución a todos sus agobios.

De mi análisis identifico un decálogo de lemas que asumo los han inspirado:

  1. La memoria empieza a partir del presente.
  2. La duración de una amistad dependerá de la conveniencia.
  3. La traición es lo que hacen otros; uno sólo sigue sus instintos.
  4. El cinismo es poderoso escudo para superar las críticas.
  5. La voracidad aísla, crea enemistades y descubre la retaguardia; cuando se roba hay que compartir.
  6. La miopía y la omisión son elegantes formas de complicidad.
  7. La ambigüedad demuestra agudeza mental.
  8. Los principios son mudables y, sobre todo, teñibles del color que más convenga.
  9. La humildad es ardid electorero para acceder al poder; conseguido este se estará por encima de los demás.
  10. Como Dios en el Génesis; antes de uno todo era caos.

 

El lastre del País: la clase política

El lastre de la clase política

¿Sería posible que en las próximas elecciones federales surgiera en México un movimiento político de refresco, que llevara a la presidencia de la República a una especie de Macron o que diera lugar a que nuevos partidos lograran un peso importante en el Congreso, como ocurrió en Francia y, con Podemos y Ciudadanos en España?, ¿podríamos ver caras nuevas?

La respuesta es un no rotundo.

Las reglas electorales establecidas por los partidos políticos han creado una especie de sistema de franquicias que está protegido por múltiples barreras de entrada, entre las que se incluye el acceso a abundantes recursos de los erarios federal y estatales, y que han sido muy efectivas para neutralizar reformas políticas destinadas a fracturar ese oligopolio, como las candidaturas independientes y las iniciativas ciudadanas.

Concluir que, al menos en el mediano plazo, es imposible la renovación del escenario político y de sus protagonistas nos llena de frustración y tristeza.

Frustración, porque en los puestos, donde deberían estar quienes ayudaran a sacar al País del atasco, seguiremos viendo las mismas caras recicladas que harto tiempo llevan exhibiendo su mediocridad y su desmemoria, la misma grisura de la clase política tan ávida de poder público y de las canonjías lícitas e ilícitas que este conlleva, como carente de talento, valores, convicción e ideología.

Por cuestión de orden es claro que la vida política de una nación debe organizarse en un sistema de partidos. Pero en la delgadez de nuestra democracia, los partidos políticos no son más que logos y nombres que corresponden a estructuras huecas, construidas solo por andamios, porque su fin fundamental es servir para trepar, balancearse y, en caso necesario, saltar de una a otra sin ningún pudor, si eso asegura seguir mamando de la teta presupuestal.

En esta vacuidad ideológica no tiene sentido hablar de derecha e izquierda. En el espectro político mexicano resultan indistinguibles, más aún si nos atenemos al modo como gobiernan y legislan los partidos. Por eso, entre ellos, son posibles las alianzas más inverosímiles. No les estorban principios, ni convicciones, porque simplemente no las tienen; en cambio, les une el anhelo de mantener el oligopolio del poder público para seguir lucrando con él, tanto política como económicamente, y continuar cortejando, en su carácter de clientes preferentes, a los poderes fácticos.

Tristeza, porque no se han cumplido las expectativas que, en su momento, nos inspiró la alternancia política y pluralidad en los congresos. En el 2000 creímos en nuevo amanecer, en un paso adelante en nuestro desarrollo democrático. Pensábamos, ingenuos, que los vicios del presidencialismo y del partido único, menguarían gradualmente para transitar del poder unipersonal al de las instituciones. Pero nos equivocamos, la batuta de la dictadura perfecta, como llamó Vargas Llosa a la longeva hegemonía del PRI, se rompió en cientos de astillas que recogieron los partidos políticos. Estos, como la policéfala hidra de Lerna, asoman sus múltiples cabezas, en los poderes legislativos y ejecutivos, en los tribunales, en el Poder Judicial y en los órganos autónomos, con el fin primario de salvaguardar y engrandecer sus intereses.

El control monolítico del presidencialismo se fragmentó en cantidad de parcelas de poder que, además de reproducir sus peores vicios como la falta de rendición de cuentas y la corrupción en los poderes federales, gubernaturas y municipios, incluida la Ciudad de México, ha propiciado el empeoramiento y la expansión territorial de problemas como la inseguridad, porque en los tres órdenes de gobierno, los servidores públicos, con la bendición y complicidad de sus sendos partidos, ejercen su cargo como si fueran señores feudales, que se llenan la boca diciendo que ellos mandan por voluntad popular.

La agenda nacional no corresponde a las prioridades de la ciudadanía, sino a lo que interese o afecte a la clase política. Basta ver como la conversión del otrora Distrito Federal en entidad federativa, que nunca fue una prioridad para los ciudadanos porque no resuelve los problemas de la Ciudad y cuyo desinterés fue patente al abstenerse en más de setenta por ciento en la elección de la Asamblea Constituyente, se llevó a cabo porque por que los partidos vieron en ella la posibilidad de más cargos públicos que rellenar con sus leales, más parcelas de poder público que controlar y más presupuesto que repartir. Esta voluntad necia para hacer lo que el pueblo no pedía, contrasta con los oídos sordos a cualquier transformación que afecte sus intereses, como ocurre con la reforma constitucional para reducir el financiamiento a los partidos.

Con el presidencialismo, cada seis años había la esperanza de que el cambio del prócer en turno daría lugar a una renovación. Pero con la partidocracia esa posibilidad es una quimera, porque tiene decenas de cabezas y se comporta como una masa chiclosa que traba los engranes y se adhiere a ellos. Hoy están aquí, mañana allá.

Parafraseando a Nietzsche diríamos que, no existe desgracia más dura en la vida de un pueblo que cuando al frente de él no marchan los mejores; entonces todo se vuelve falso, torcido y monstruoso.

Es obvio que el magro crecimiento que el País ha tenido en lo que llevamos del siglo y el empeoramiento de los problemas nacionales como la corrupción, la inseguridad y la desigualdad serían inexplicables, sin considerar el rol que ha jugado la partidocracia en a definición e implantación de leyes y políticas públicas, como en la gestión cotidiana de los poderes ejecutivos, donde al ver cómo actúan sus miembros más destacados, nos queda claro que los partidos no son un imán para la atracción talento, pese a la sobrada astucia que muchos de ellos demuestran para delinquir y, en no pocas veces, para legalizar la corrupción.

Como los reyes absolutistas, resulta difícil pensar que la partidocracia se reforme a sí misma. Para esto se requiere, como sucedió con el Sistema Nacional Anticorrupción, la presión tenaz, la creatividad y la organización de la sociedad civil. Hay muchas murallas que derribar, pero lo más urgente es facilitar la emergencia de nuevas fuerzas políticas, las candidaturas independientes y las iniciativas ciudadanas, para refrescar el debate de los asuntos públicos. Hoy día, ambas posibilidades, implican confrontar trabas prácticamente infranqueables.

Pese a ello, en las redes sociales y en cientos de organizaciones ciudadanas vemos a muchos mexicanos que trabajan con convicción, talento, profesionalismo y en las más de las veces de manera gratuita para beneficio del País, su Estado o su Ciudad, aunque sean conscientes de que su trabajo incansable trasciende a cuenta gotas. En esa labor radica la fuerza para reformar y desechar lo que nos estorba.

Seamos claros, la partidocracia no es un término descriptivo, es un lastre que el País arrastra.

En lo obscurito, el bien público se ve como privado

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Una de las primerísimas decisiones de Mancera al asumir el cargo de jefe de Gobierno fue nombrar a Simón Neumman, desarrollador y su amigo personal, como secretario de Desarrollo Urbano y Vivienda, lo que, al margen del obvio conflicto de intereses que por partida doble entrañó esa designación; cuate y constructor, puso de manifiesto con claridad meridiana, que uno de los principales objetivos de su gestión sería impulsar, a cualquier precio, el negocio inmobiliario.

A lo largo de los cinco años de su gobierno, ese propósito se ha hecho palpable en muchas zonas de la Ciudad que se han transformado como consecuencia de una intensa y caótica actividad inmobiliaria; una autentica burbuja especulativa cuyo objetivo principal es maximizar ganancias en el menor tiempo posible, sin considerar las consecuencias a corto y mediano plazo en la disponibilidad de servicios, en el tráfico vehicular y en la contaminación.

La contraparte de esta actividad invasiva que ha desquiciado barrios, calles y, en muchos casos, desplazado a sus residentes, ha sido la creación de una buena cantidad de organizaciones ciudadanas ―formales e informales—, que se establecen con el objetivo de defenderse de un acto de la autoridad, porque suele ocurrir que el desarrollador actúa coludido con esta, al amparo del galimatías legislativo que regula la actividad inmobiliaria en la Ciudad de México y que hace posible legalizar e ignorar hasta las violaciones a la ley más evidentes y absurdas. Basta ver cómo, a través de la denominada “transferencia de potencial”, el aire que está arriba de un edificio se materializa, sí leyó bien, se materializa en pisos de varilla y concreto que se construyen en otro inmueble, para que este pueda superar la altura permitida en una determinada zona. No se diga de otras figuras como los sistemas de actuación por cooperación, que resultan poderosas herramientas para darle vuelta a la ley y enderezar hasta lo más chueco.

Destaca en esta vorágine inmobiliaria una veta de negocios donde el Gobierno vende, concesiona o aporta a una empresa privada o a un fideicomiso privado inauditable, terrenos que pertenecen a la Ciudad. Por ejemplo, esto sucede con los inmuebles que forman parte del patrimonio de la capital y que están dentro de las más de mil doscientas hectáreas* que abarcan los “Sistemas de Actuación por Cooperación”. Otro ejemplo, es el Centro de Transferencia Multimodal de Chapultepec, donde se concesionó por cuarenta años una porción de terreno público a cambio de la construcción de un túnel. Y, más recientemente, otro caso interesante es la aportación de terrenos propiedad de la Ciudad a valor ¡“social”! para llevar a cabo proyectos de vivienda que, en teoría, beneficiarán a los trabajadores del Gobierno capitalino, lo que obliga a preguntar si ¿quienes compren esos inmuebles los revenderán también a valor social?

Sin embargo, esa veta de negocios que funde bienes públicos con negocios privados no solo se ha usado en las cuestiones inmobiliarias, sino que se ha extendido a otros ámbitos como: los bajo puentes para el establecimiento de negocios; las paredes de los pasos a desnivel y las columnas del segundo piso para colocar anuncios. Qué ingenuo resulta recordar, cuándo los gobiernos anteriores se empecinaban en eliminar la publicidad exterior para reducir la contaminación visual, término que no existe en el diccionario del actual.

El Metrobus es otro caso interesante donde la rentabilidad de un negocio privado depende de la aportación de bienes públicos, porque con cargo al erario se construyen: las estaciones, la superficie de rodamiento y los espacios publicitarios que después serán concesionados a privados para su explotación comercial.

Al revisar estos casos donde se funden un patrimonio público con uno privado se pueden identificar varios denominadores comunes.

Los bienes de todos en manos de la voluntad de unos

Pese a que estas operaciones significan negociar bienes públicos valuados en miles de millones de pesos y, en algunos casos, concesionarlos por varios decenios, la mayoría de ellas se llevan a cabo con la sola firma de funcionarios colocados en el segundo y tercer nivel de la estructura burocrática del gobierno de la Ciudad. Curiosamente, estos no podrían hacer lo mismo para comprar bienes o contratar servicios por montos equivalentes al valor de los bienes públicos que concesionan o aportan a privados, porque la Ley de Adquisiciones no se los permitiría.

¿Dónde está el fiel de la balanza?

No existe un protocolo, donde sea obligatorio que un tercero revise si la contraprestación pactada es justa para el erario de la Ciudad y si guarda equilibrio con los beneficios que recibe el concesionario que explota comercialmente un bien público. Mi sospecha es que lo que gobierna la confección de estos acuerdos es garantizarle al privado una rentabilidad atractiva, sin importar si eso desequilibra la balanza a su favor.  Más aún, si consideramos que el beneficio que recibe el privado, no se limita al bien o servicio concesionado, sino a la patente de corso que, de facto, obtiene para hacer negocio sin ninguna competencia. Esto, en el ámbito del transporte público, ha dado a lugar a rutas que no forman una red interconectada cuya operación esté centralizada para optimizar el uso de recursos y la calidad del servicio.

Por otra parte, este esquema de concesiones, condena a la Ciudad a optar por las soluciones menos eficientes como son los autobuses de combustión interna jalando remolques, cuando desde un punto de eficiencia energética y ambiental, lo recomendable sería recrear una red de tranvías que como la que operó en la Capital durante buena parte del siglo pasado.

Infortunadamente, la solución a uno de los mayores problemas de la Ciudad; el transporte público, queda limitada a lo que pueden aportar los concesionarios; autobuses con la garantía de rutas concesionadas por veinte años e infraestructura construida con recursos públicos; así, sí le entran. ¡Pos cómo no; a ordeñar la vaca, faltaba más!

¿Es la concesión lo que conviene a la Ciudad o es la ocurrencia de alguien para ganar dinero?

El Corredor Cultural(¿) Chapultepec y la Rueda de la Fortuna fueron proyectos impulsados por un afán de lucro que no surgieron de una necesidad de la Ciudad. Por suerte, la acción ciudadana logró detenerlos como mucho esfuerzo. Sin embargo, el filtro debió ponerse en una fase mucho más temprano y no cuando ya parecían inminentes. Antes de establecer acuerdos e iniciar negociaciones con privados, lo que debe quedar claro es si para la Ciudad la aportación o concesión de un bien público es la solución más conveniente para resolver un problema o mejorar el funcionamiento de la capital. Por ejemplo, esto no queda claro en el caso los parquímetros, cuya concesión implica de facto la explotación de la vía pública, como también sucede con los establecimientos que se están poniendo en los bajo-puentes de vías rápidas y con la explotación para fines publicitarios de los puentes y columnas de periférico. ¿La ciudad necesita y se beneficia con esto?

Para ordenar y transparentar la venta, aportación y concesión de bienes inmuebles propiedad de la Ciudad, un grupo de ciudadanos propusimos que en la Constitución de la Ciudad de México en el artículo correspondiente al “Patrimonio de la Ciudad”, se incluyeran un par de párrafos que hicieran explícita la definición de su patrimonio inmobiliario, porque este es, en una urbe tan densamente poblada como la Capital, la joya de la corona.

  1. El patrimonio inmobiliario de la Ciudad lo integran: el espacio público, incluyendo en éste las áreas de protección ambiental, los terrenos y edificaciones propiedad del gobierno, y las obras de infraestructura urbana que se han construido con recursos del erario.
  2. El Congreso de la Ciudad legislará para que la gestión, control, acrecentamiento, permuta, concesión, arrendamiento y desincorporación del patrimonio inmobiliario sean actividades beneficiosas para la Ciudad en términos prácticos y financieros, se realicen con honestidad y transparencia, estén sujetas a un continuo proceso de fiscalización por parte de la Auditoría Superior y se divulguen de manera amplia, suficiente, periódica y sistemática para conocimiento de la ciudadanía.

Desafortunadamente, no lo conseguimos.  Y eso preocupa porque cuando las reglas y fronteras no están claras, hay muchos que allá, en lo obscurito, ven como suyo lo que en realidad es de todos.

* Mexicanos contra la Corrupción e Impunidad https://contralacorrupcion.mx/inmobiliariamancera/

Las cinco reglas básicas para permanecer en el sistema

Después de acuciosas observaciones de personajes que han logrado tener larguísimas y variadas carreras en el sistema político nacional, se ha encontrado que su dilatada permanencia en él ha obedecido al seguimiento puntual de cinco reglas fundamentales.

Primera.- No pienses lo que tu jefe no ha pensado.

En otras palabras, no te pases de listo. Recuerda que la inteligencia de unos es agravio para otros. Tu jefe te quiere atrás, a lo mucho a su lado, pero no un paso adelante; ahí corres el riesgo que te dé una patada en el trasero. Ya habrá tiempo, espera tu turno. Este llegará y entonces te darás el lujo de la traición y finiquitarás lealtades.

Pero si en un descuido llegas a pensar lo que a tu jefe no se le ha ocurrido, entonces disimúlalo y con habilidad hazle ver que es él a quien se le ocurren las ideas. Así, en lugar de que digas yo pienso, atribúyele a él la paternidad de lo que propongas. Qué trabajo te puede costar decir: como usted lo ha pensado, como usted lo ha dicho, como usted lo ha instruido; en lo fondo lo que te debe importar es que se haga lo que tú quieres.

Segunda.- Encuéntrale el sabor a la mierda

En política no hay nada gratis. Tu jefe, mientras lo sea, no se equivoca. La vergüenza, la dignidad y el respeto a uno mismo pueden lastrar tu carrera. Que si tienes que agachar la cabeza, que si debes desdecirte de lo que antes afirmaste, que si no estás de acuerdo, que si frente a todos quedas como un imbécil; no te preocupes, asume estas actitudes como gestos de lealtad, aunque sea a costa de tragar mierda. Búscale el sabor a ésta, vete a ti mismo como una especie de guardaespaldas político que debe arriesgarse, recibir los golpes y sacrificarse por el jefe. Ya verás que la desvergüenza da en la política más réditos que la dignidad.

Tercera.- La mejor solución es la no solución

Ahora entiendes porque en el país hay tantos problemas nunca se resuelven y que sólo se van heredando entre sucesivas generaciones de burócratas y políticos. Éstos han aprendido que, como si fueran una carrera de obstáculos, los problemas están ahí para evadirse, no para resolverse. Por ende, cuando los tengas enfrente, maquíllalos, relativízalos, a lo sumo condiméntalos con granitos de esperanza; “nos falta mucho por hacer, pero vamos avanzando”, “en otros países están peor que nosotros”, o califícalos como problemas estructurales, o échale la culpa a tus antecesores porque los que te sucedan en tu cargo harán lo mismo contigo.

Cuarta.- Si resolver un problema te crea un enemigo, no lo resuelvas.

El asunto de resolver un problema resulta aún más complicado si te vas a echar enemigos a cuestas. La carrera política se hace de sumas, no de restas. Entiende además, que te mueves sobre un tablero de serpientes y escaleras. El que hoy ves hacia abajo, quizá mañana lo debas mirar hacia arriba y eso incluye a los amigos de éste. Deja a un lado tu arrogancia; entiende que en política hasta los enanos pueden crecer, y eso no es cuestión de talento sino del azar. Más aún, en este ámbito la grisura suele ayudar más que la brillantez.

Asume también que no estarás libre de caídas, por lo que de tu capacidad para sumar dependerá que, como el muñequito de la feria, siempre caigas parado. Si te critican por nunca definirte reacciona con cinismo. Cuando te acusen de nadar de “muertito” no te agobies, porque eso significará que estás a flote y no te has ahogado.

Quinta.- Si robas, comparte y déjate compartir.

Esta regla será tu seguro de vida. De la dimensión y fortaleza de las redes que crees dependerá tu sobrevivencia y sobretodo, tu libertad; aunque a ésta la califiquen de impunidad los críticos de siempre. Recuerda que la corrupción hermana tanto como la sangre y a la vez es un antídoto que neutraliza las amenazas, convirtiéndola en un virus mutante e inextinguible; yo sé que tú, tú sabes que yo, ellos saben que nosotros, nosotros sabemos que ellos. ¿Entiendes como se hacen los nudos de esta red protectora? Se generoso y comparte, y acepta con gusto la generosidad de los demás.

Si tienes duda de que esta regla funciona, pregúntate por qué no hay narcos retirados viviendo en paz; la mayoría termina muerto o encarcelado, en cambio cuántos políticos corruptos conoces que en el retiro llevan una vida placentera, están integrados a la sociedad y no tienen empacho en mostrar su riqueza. Apostaron al olvido y ni siquiera tuvieron que esperar a que la prescripción legalizara sus fechorías; salvada tienen su fortuna y el pedigrí de la familia. Los primeros no supieron sumar y tercos se empeñaron en pelear para ensanchar sus territorios, en cambio los segundos aceptaron desde un principio que el sol sale para todos.

Ves qué fácil.