Examen médico, salud presidencial

Examen médico 3

Cualquier información relativa a la salud de una persona está considerada por la Ley de Protección de Datos Personales como datos sensibles, por lo que no pueden divulgarse sin el consentimiento expreso del individuo a quien pertenezcan.

Pero, cuando se trata de personas que compiten por la Presidencia de la República, es válido que quienes los elegirán, se pregunten sobre su estado de salud, porque saben, por una parte, que quien ocupe ese cargo estará sujeto a un ritmo de trabajo intenso, a una tensión constante, al arbitrio de las circunstancias que lo enfrentarán a escenarios inesperados y, además, deberá soportar esta carga durante seis años. Nadie, como lo evidencian las comparaciones fotográficas, sale de la presidencia rejuvenecido.

Por otra parte, resulta obvio que la posibilidad de la ausencia temporal o definitiva del presidente de la República provocaría una etapa de incertidumbre y turbulencia política, que se agravaría por las inevitables pugnas a que daría lugar la ausencia de un presidente enfermo o fallecido, ya sea entre los miembros de su equipo cercano como entre las cúpulas partidistas, quienes, sin duda, buscarían llenar el vacío de poder. La última vez que la nación pasó por este trance ocurrió cuando Álvaro Obregón fue asesinado siendo presidente Electo.

Cierto que los candidatos a la presidencia tienen el derecho de reservar sus datos personales. Pero, cuando le piden a la ciudadanía su confianza para ocupar una posición de enorme responsabilidad por un lapso de seis años que de una forma u otra trascenderá en sus vidas, adquieren la obligación moral de demostrar si cuentan con la salud necesaria para desempeñar esa encomienda. De lo contrario, si movidos por su ambición personal, ocultan problemas de salud que, dada la naturaleza del cargo que se proponen ocupar, podrían agravarse durante su gestión, pecarían de deslealtad e incurrirían en una omisión gravísima, por las eventuales implicaciones que sus padecimientos podrían acarrearle al País.

Pensemos, como una analogía, que un jefe de Estado es equivalente al piloto de un avión, en cuya capacidad, preparación y condición física se deposita la confianza de que el pasaje que transporta llegará sano y salvo a su destino.

¿Cómo se compatibiliza el derecho a la seguridad de los pasajeros con el derecho a la privacidad de los pilotos? La autoridad aeronáutica tiene la facultad de supervisar su estado de salud y condicionar la vigencia de sus licencias al resultado de sus exámenes médicos. Un foco rojo, puede implicar una suspensión temporal y, en caso extremo, la revocación. Así, el Estado tutela el derecho a nuestra seguridad y el de los pilotos a la privacidad

Nuestras leyes electorales deberían contemplar, al menos, la presentación de un dictamen médico, fundado en un diagnóstico que, con base en un protocolo, cubriera una serie de aspectos que reflejaran el estado de salud de los candidatos. Como sucede en otros países, el dictamen sería lo único que, en una versión abreviada, se publicaría, mientras que los detalles se reservarían como información privada. A menos, que alguno quisiera hacer públicos ciertos datos en particular

Confiar en que los candidatos digan la verdad sobre su estado de salud, es tan ingenuo como creer en el cabal y absoluto cumplimiento de sus promesas de campaña. Vale proponer que, aun sin tener ninguna ley que los obligue, Anaya, López Obrador, Meade y Rodríguez hagan público un dictamen médico que nos permita saber qué tan saludables están.

Si el resultado del voto que emitirá la ciudadanía durará seis años, es válido pedir que un tercero calificado nos diga, si gozan de la salud necesaria para hacerse cargo del timón del País por ese lapso.

Quien no se ha quemado, no le teme al fuego

niño fuego

Hace tiempo me preguntaron, si consideraba que los millenials, definidos como aquellos que alcanzaron la mayoría de edad en este siglo, determinarían los resultados de las elecciones.

Mi respuesta inicial fue que también deberíamos considerar el envejecimiento de la población. Por ejemplo, el promedio de los mayores de edad pasó de 37.5 en 1994 a 41.4 años en 2018. Lo que, en principio, haría suponer que se trata de un universo de votantes más maduro con una carga de experiencia a cuestas, que quizá lo haga más adverso a los riesgos inherentes de las propuestas que impliquen cambios drásticos. Actitud contraria a la que, con seguridad, prevalece en los segmentos de votantes más jóvenes para quienes todo es nuevo, mientras que su conocimiento de lo que haya ocurrido en el pasado es probable que se limite a anécdotas contadas por sus padres.

Pero el dato de un elector promedio es demasiado grueso para sacar conclusiones, por lo que me pareció útil clasificar a los votantes potenciales por rangos de edad. Para ello, los agrupé según el sexenio cuando alcanzaron la mayoría de edad. Esto lo represento en la siguiente gráfica, donde a usted le será fácil ubicarse y conocer el peso relativo que cada grupo tiene en el total.

Población mayor de 18 años agrupada según el sexenio cuando alcanzaron la mayoría de edad*Población en edad de votar agrupada por sexenio 2

Como se observa, quienes alcanzaron la mayoría de edad después del 2000, representan el 43% del electorado potencial. Cierto que es un porcentaje importante, además de que los jóvenes suelen acudir a votar en una proporción más alta que el resto. Pero, no es mayoritario, incluso ha ido disminuyendo su peso, porque al envejecer la población, la pirámide de edades se ha alargado y perdido anchura en su base.

Por otro lado, etiquetar como millenials a personas cuya edad varía entre 18 y 36 años, no parece un punto de partida sólido para comprender e inferir sus preferencias electorales, si consideramos las diferencias que, entre esos extremos, puede tener un ser humano en cuanto a madurez y circunstancias de vida. El carácter reduccionista de las etiquetas a menudo no ayuda a entender la realidad.

Sin embargo, con base en este agrupamiento de la población, nos podríamos preguntar: ¿Cómo afectarían las preferencias electorales de cada grupo, los escenarios económicos y políticos por los que han atravesado a lo largo de su vida? Para lo cual añadí a la gráfica anterior, el incremento promedio del PIB per cápita en cada sexenio, lo que se representa con la línea roja.

Población mayor de 18 años agrupada según el sexenio cuando alcanzaron la mayoría de edad y promedio sexenal del PIB per cápita**Población en edad de votar agrupada por sexenio y PIB per capita 2

La simple observación de la gráfica permite dividir la población mayor de dieciocho años en dos grandes grupos: Los que alcanzaron la mayoría de edad antes de 1988 y aquellos que lo hicieron después.

Quienes estamos en el primer grupo, fuimos afortunados al poder empezar nuestra carrera laboral en una situación económica que ofrecía muchas posibilidades para encontrar empleo y avanzar profesionalmente. El PIB per cápita crecía de manera robusta, pese a que las facturas pendientes del desarrollo estabilizador, que por decreto fijó el tipo cambiario, y los precios de hidrocarburos, energía eléctrica y azúcar, empezaban a hacerse presentes, porque esa inmovilidad se sostenía de una creciente deuda externa contratada con organismos internacionales, como el Banco Mundial.

Finalmente, ante el crónico deterioro financiero de las empresas paraestatales que provocó el congelamiento de sus precios, aunado a un gasto público descontrolado por arrebatos populistas, los organismos internacionales condicionaron los nuevos créditos a la actualización de los precios de la electricidad y la gasolina, lo que incrementó la inflación de manera importante hasta que fue inevitable, después de veintidós años con la misma paridad, devaluar el peso y recurrir en 1976 al auxilio del Fondo Monetario Internacional con sus pesadas condiciones.

Pero, volvimos a ser afortunados, porque apareció el salvavidas del petróleo. En efecto, el embargo petrolero árabe ocurrido en 1973 como represalia a la guerra del Yom Kippur en el Medio Oriente, produjo un incremento sustancial en el precio de los hidrocarburos, que rentabilizó la explotación de muchos yacimientos en el mundo. Así, los trabajos de exploración que se iniciaron en el sexenio de Echeverría cuajaron en el siguiente, por lo que, durante el mandato de su sucesor, López Portillo, nos convertimos en uno de los principales exportadores de petróleo.

El petróleo, lejos de refrenar nuestro apetito por la deuda, lo estimuló. El excedente petrolero, como se denominó a ese ingreso inesperado, sirvió para justificar la ejecución de cantidad de proyectos e iniciativas que surgían por doquier. Pero, lo más delicado, fue asumir que, al menos por un tiempo, no decrecería y que podríamos endeudarnos más con el exterior, como también pensaban los banqueros internacionales que con insistencia nos ofrecían los recursos reciclados de la bonanza petrolera en los países árabes.

Pero un precio alto del petróleo sirvió de imán para atraer a nuevos productores, como Gran Bretaña y Noruega. A mayor oferta, los precios empezaron a descender y con ello nuestros ingresos. En paralelo, la Reserva Federal de los Estados Unidos inició, como medida antiinflacionaria, una escalada de la tasa de interés, que poco a poco encareció el servicio de la deuda que tan alegremente habíamos contratado.

Así, como si fueran las dos quijadas de una pinza: el descenso en el precio del petróleo y el incremento en las tasas de interés terminaron ahorcándonos y, otra vez, tuvimos que someternos al Fondo Monetario Internacional para poder salir del hoyo.

Lo que siguió, como se observa en la gráfica, fue que durante el sexenio siguiente 1983-1988, el País experimentó un retroceso importante. Una inflación elevada consumía ingresos y ahorros en cuestión de meses, mientras que el disparo del tipo cambiario y la tasa de interés llevaron a muchas empresas y familias a la bancarrota. La renegociación de la deuda externa con todas las ataduras que lleva consigo, se convirtió en una tarea recurrente con tal de asegurar que pudiéramos sacar el cuello del agua, al menos por un tiempo.

Aunque en el siguiente sexenio 1988-1994 la situación mejoró relativamente en un principio, al final, cuando el capital golondrino que había servido para financiar el déficit en cuenta corriente decidió emigrar a otras latitudes, volvimos a caer en una crisis profunda que otra vez significó pérdidas patrimoniales importantes para empresas y familias, y ajustes severos que afectaron en mayor medida a los grupos más vulnerables.

Quiénes vivimos esa etapa de casi treinta años de crisis recurrentes, sabemos que el populismo es un relámpago que deslumbra a las masas; las seduce ofreciéndoles atajos, cuando en realidad lo que hace es dinamitar su futuro, porque compromete recursos que no se tienen. Por ello, preocupa volver a escuchar las mismas cantaletas que antaño fueron el presagio de inevitables caídas y saltos hacia atrás. Más aún, porque en años recientes, ya se ha dado una especie de populismo de bajo perfil, que ha ido comprometiendo partidas presupuestales en aras de cultivar clientelas, sin considerar que algunos programas, como el de adultos mayores, son de facto una deuda pública contingente que debería valorarse como un plan de pensiones. Igualmente, no se cuenta con una evaluación sistemática y periódica que permita medir la eficacia de dichos programas, en cuanto a logro de los objetivos que supuestamente les dieron origen. Una vez creados se asimilan en el modus operandi del gobierno y, en la población, se asumen como derechos adquiridos y siempre revisables al alza. Incluso, como lo vemos en la campaña, esto lo prometen los candidatos.

Pero, la justificación que tenemos los mayores para repudiar al populismo por haber vivido sus consecuencias también debe servirnos para entender que las acciones y políticas que se adoptaron para enderezar el camino, no han sido suficientes para relanzar el crecimiento del País. Por el contrario, el PIB per cápita, como se aprecia en la gráfica, ha tenido desde el 2000 un aumento orgánico, menor al 1% anual. Es decir, producimos más, porque somos más y punto. No crecemos por innovación, ni por aumentos sensibles en nuestra productividad.

Las consecuencias de este magro crecimiento se observan en muchas familias mexicanas cuyos hijos no pueden siquiera tener el mismo nivel de vida de sus padres e, incluso, se emancipan a edades más tardías que estos. Este deterioro generacional significa que, en términos de desarrollo, estamos bajando, por lo menos, un escalón.

Quienes alcanzaron la mayoría de edad después de 1994, su vida laboral ha transcurrido en un escenario económico mediocre, pese a que en muchos ámbitos de la vida del País se han dado cambios profundos. Muchos de los cuales no acaban de madurar, en buena parte, por la fragilidad de nuestras instituciones frente al poder real que logran ejercer, en la práctica, nuestros temporales servidores públicos en los tres poderes y en los tres órdenes de gobierno.

La propuesta del cambio, por vaga que sea, seduce. Ya pasó con Fox. Quienes mejor la venden son aquellos que nunca o hacen mucho tuvieron una responsabilidad. Más ante los jóvenes que eran niños cuando personas como López Obrador, ejercía de jefe de Gobierno, y que no habían nacido cuando los estragos del populismo, la economía subsidiada y la dependencia del endeudamiento nos sumergieron en crisis periódicas de las que costó mucho trabajo salir.

No es la nostalgia por regresar a un pasado irrepetible y, a la distancia idealizado, lo que debe servir para orientar el quehacer nacional, sino el atrevimiento a plantear un proyecto que aprenda las lecciones de nuestros errores y aciertos, capitalice lo que hasta ahora hemos avanzado y tenga como objetivo que todos los mexicanos disfruten a plenitud de sus capacidades físicas e intelectuales.

La experiencia nos hace cautos. Pero esta solo la recuerdan aquellos que la han sufrido. Quien no se ha quemado, no le teme al fuego. Paradójica situación en las que nos encontramos; lo que unos pensamos como un regreso al pasado, otros lo ven como un paso al porvenir.

* Consejo Nacional de Población. Para facilitar la comparación, los agrupamientos sexenales se hicieron de acuerdo con cifras anuales exactas, aunque la fecha de inicio y terminación de cada sexenio sea el primero de enero  y treinta de noviembre respectivamente de cada seis años. Se excluyó de la gráfica al grupo que alcanzó la mayoría de edad antes de 1964 y que equivale al 5.8% de la mayores de 18 años.

** La cifras del PIB per cápita se obtuvieron de la base de datos del Banco Mundial

 

La democracia del menos malo no hace mejor al País

Escoger al menos malo

Pese al ruido electoral provocado por las declaraciones grandilocuentes de los candidatos, quienes nos prometen que en apenas seis años, un suspiro en la vida de una nación, cambiarán a México y remediarán sus mayores males. Y al martilleo de la propaganda oficial que nos plantea el proceso electoral como una oportunidad para que los ciudadanos influyan en el rumbo del País. La realidad es que, para millones de mexicanos, las elecciones federales no son para elegir, como presidente de la República, al mejor entre un grupo que admiran y respetan, sino para escoger entre la clase política que desprecian, al menos peor o al que a su juicio represente el riesgo menor.

Si la estima social hacia la clase política ya estaba en mínimos, el trasfuguismo que se ha dado recientemente la ha empeorado. En un abrir y cerrar de ojos, los otrora críticos y adversarios, ahora son porristas serviles de quien antes detestaban, sin importarles exhibir su carencia de dignidad y de valores. Una vez acogidos con fanfarrias en su nuevo bando, viven la efímera fama que provoca la representación de su comedia. Sonríen y explican ante las cámaras, las razones que según ellos provocaron su mudanza. En los medios y en las redes sociales se compara su ayer con su hoy; sus palabras, sus escritos. Indignados, recordamos como increparon a quien ahora le besan la mano. Hacerlo parece relajarlos; quien antes los tildaba de mafia, ahora los ha admitido en su regazo en calidad de arrepentidos. Están perdonados, les dice, como tantos otros que, teniendo méritos suficientes para ser carne de presidio, hoy se desgañitan en alabanzas a favor de quien les sirve de escudo garantizándoles impunidad

Que sepa aquel, a quien ahora halagan y admiran, que no dé por buena la lealtad de estos repentinos partidarios, porque de esta no tienen nada. Mañana, como es normal en la clase política, el olfato de sus intereses le señalará adonde buscar un nuevo amo.

La confusión que para el ciudadano ha creado este trasfuguismo, cuyo fin primario es ocupar al menos alguna capillita donde se disfrute de un poco de poder público, de una teta presupuestal y, si se puede, evadir a la justicia, se ha hecho todavía más profunda por las alianzas inverosímiles que se han dado entre partidos: el partido que está a favor del aborto y los matrimonios homosexuales se alía con aquel que abiertamente se opone a ambas cosas; el partido de la derecha se alía con uno de la izquierda. Pese a que apenas hace doce años, este reclamaba que el primero había ganado la Presidencia de la República mediante un fraude electoral, lo que costó meses de tensión y zozobra, y una toma de posesión vergonzante realizada a punta de empujones y codazos

Cuando se suma el trasfuguismo de la clase política con el pragmatismo de los partidos que han tirado a la basura su ideología e historia, uno se pregunta cómo afectará todo esto al ciudadano común al momento de votar. La clase política asume que los electores se moverán al tronar de sus dedos. Basta que cambien de partido para que también lo hagan quienes eran partidarios del anterior. ¿Será así o este desbarajuste estimulará el abstencionismo?, ¿qué harán los partidarios del PRD de toda la vida?, ¿votarán por un candidato a la presidencia que como político se desarrolló bajo otro ideario y que además pertenece a una élite económica?, ¿en la Ciudad de México, los panistas de hueso colorado votarán por una candidata que proviene de un partido que desde siempre ha gobernado y legislado la Ciudad y cuya longeva dominancia explica buena parte del caos urbano y la corrupción inmobiliaria que impera en la Capital?, ¿escogerán los priístas a un burócrata que nunca militó en el PRI y que ha tenido la flexibilidad necesaria para acomodarse con tres presidentes distintos?, ¿los grupos a favor del aborto y el matrimonio homosexual apoyarán a los candidatos de Encuentro Social

El elenco electoral no estimula el ánimo para acudir a las urnas. “No hay a quien irle”, es frase frecuente en todo tipo de reuniones. La clase política, como todos los días nos revela su pobre desempeño, no es un imán para la atracción de talento. Ahí no vemos a los mejores. La calidad del debate político de la precampaña, que no pasó de una guerra de letrinas, es prueba fehaciente de esta miseria

Las opciones se limitan a tres individuos:

López Obrador, un Trump tropical que está a la espera de sentarse en el despacho presidencial para resolver, con la chispa de su voluntad unipersonal, los problemas nacionales cuya complejidad hace obligado un profundo diagnóstico, una estrategia bien diseñada e implantada y, sobre todo, tiempo para resolverlos. Sus promesas populistas, extraídas de un mágico recetario con el que se cura todo sin dolor, ni costo alguno, evidencian la siembra de la carnada en busca de votos. Sin embargo, más que su populismo, lo que preocupa es lo letal que puede resultar al País la suma de ignorancia, ineptitud y megalomanía.

Si las razones por las que López Obrador no encaja con lo que demanda el puesto de jefe del Poder Ejecutivo están de lado de sus aptitudes y capacidades personales, en el caso de Anaya se refieren a su escasa experiencia para ocupar ese cargo, que justo evidencia en el mentado asunto de la planta industrial. Su experiencia en la Administración Pública Federal ha sido mínima, ni siquiera alcanzó el año, y nunca ha desempeñado un cargo donde en él haya recaído la responsabilidad entera de una organización. Parece un piloto de avioneta, que logró el control de la escuela de pilotos, y  ahora pretende dar un salto mortal para tomar el timón de un súper jumbo.

Por tener una carrera burocrática, Meade es quien más conoce del ámbito público. Por ello se desempeña bien en foros de banqueros e industriales tanto del País como del extranjero. Pero hasta ahora no se le ven espolones para gallo, y vaya que ya está maduro para eso. No tiene la personalidad, ni el carácter para convocar a sumarse alrededor de él. Le resulta difícil despojarse de papel de un segundo de abordo servicial, discreto y eficiente, para asumir que ahora es él quien está al frente del pelotón. Y por más que nos quiera convencer de que atravesó el pantano sin enterarse de las causas que explican su pestilencia, es difícil que le creamos cuando la corrupción y la impunidad son en el actual gobierno una obviedad difícil de ocultar. Esto irrita a la ciudadanía porque reta su inteligencia, lo que inevitablemente lastrará su campaña. Más, porque hasta ahora no hay nada en ella, que haga creer en un nuevo comienzo para romper con décadas de un crecimiento magro que ha entrampado a las generaciones más jóvenes.

Así, veo las cosas al inicio de la campaña presidencial. No soy optimista. Pese a los miles de millones que cada año gastamos en partidos e instituciones para el desarrollo de nuestra democracia, en la baraja política los mexicanos parecemos condenados a recibir siempre cartas de baja denominación que, de poder hacerlo, nos gustaría cambiar

Votar por el que parece el menos malo o votar por aquel que impida el triunfo del peor, es lo que muchos mexicanos ven como su única opción al momento de acudir a las urnas. Pero seamos claros, escoger al menos malo no nos ha hecho, ni hará, un mejor País.

Meade: el imperativo de romper ante el riesgo de fracasar

Meade y Peña Nieto 3

Como cualquier candidato del PRI a la jefatura del Poder Ejecutivo, cuya designación ocurre cuando ese partido ocupa la presidencia de la República —y solo en dos casos que no ha sido así—, la designación de José Antonio Meade obedece fundamentalmente a la voluntad unipersonal del presidente en turno; el dedazo en su más fiel expresión.

¿Por qué Peña Nieto lo escogió?

Responder a esta pregunta es una tarea harto complicada, porque equivaldría meterse en la mente de un individuo que posiblemente sopesó desde cuestiones vinculadas a los escenarios previsibles para el País, a los retos que según su criterio enfrentará quien ocupe su lugar hasta asuntos más íntimos, que quizá tuvieron mayor peso, vinculados a la empatía personal, a la comunión de valores, a la coincidencia de opiniones y, sobre todo, a la expectativa de que, una vez investido como su sucesor,  le seguirá manifestando su lealtad cubriéndole las espaldas.

Imposible saber con exactitud las razones que hicieron a Peña Nieto escoger a Meade como su remplazo, pero lo que quizá no consideró con suficiente atención es si este cuenta con las aptitudes, la personalidad y el carácter para hacer frente a los retos que demanda ser un candidato extraído de un gobierno que, además de estar encabezado por un presidente con bajísima popularidad, ha entregado resultados mediocres o de plano negativos, como ocurre el ámbito económico o con la violencia e inseguridad, amén de casos de corrupción de compañeros de gabinete que, pese a las evidencias, no han pasado del escándalo mediático, aunque sí calado en la opinión pública.

Meade parece ser un buen hombre, un individuo inteligente y articulado, un tecnócrata que supo navegar en ambientes tan disímbolos como las presidencias de Fox, Calderón y de Peña Nieto, lo que hace suponer que actuó como un excelente y dócil segundo de abordo, cuya sobrevivencia —como ocurre en muchos casos de carreras burocráticas longevas—, se debió a su habilidad para ajustarse a las circunstancias y estilos de sus jefes sin asumir riesgos, tomar posiciones o lucir amenazante.

Pero ahora, habiendo dado un paso al frente del pelotón y con los reflectores puestos sobre él, su personalidad desabrida y un carácter lejano de aquel que quiere proyectarse como líder, no parecen equiparlo como el candidato ideal que logrará remontar el largo trecho que perdió su predecesor, deshacerse de las cargas heredadas y, además, ganar con contundencia la carrera presidencial.

Claro que la apuesta de Peña Nieto no está solo en el jinete sino en el caballo.  El PRI y sus aliados controlan el 40% de los recursos que en 2018 el INE les entregará a los partidos, es decir dos mil setecientos millones de pesos del erario federal más lo que le aportan los estatales. Además, cuenta con catorce gobernadores y, desde luego, con la presidencia de la República, lo que supone una enorme capacidad operativa para mover voluntades e influir en la opinión pública. Sin dejar de considerar también, que el perfil y la experiencia de Meade lo colocan más cerca del corazón de los poderes fácticos que al resto de sus contrincantes.

Por otra parte, la verdadera estatura de un candidato no es aquella que se mide contra un ideal sino la que resulta de compararlo con sus contendientes. Así, cuando entre las opciones disponibles prevalece la mediocridad y la improvisación, como sucede en nuestra enclenque clase política, el desenlace del proceso electoral lo determina, en buena parte, la intención de escoger al menos malo o al que represente el menor de los riesgos. De hecho, ocurre en cada elección que muchos ciudadanos votan más en contra de un candidato que favor del que marcan en sus boletas.

Cabe señalar que quizá este fenómeno se acentuará ahora, una vez que la poca la lealtad partidista que todavía quedaba —el llamado voto duro—, ha sido dinamitada por alianzas políticas ideológicamente inverosímiles y por un transfuguismo masivo que evidencia el personalismo que impera en los partidos, la desmemoria, la ausencia de convicciones, a cambio de aspirar a un pedazo de poder público y al disfrute continuado de una teta presupuestal.

Pero aún si estas circunstancias pueden hacerle a Meade menos pesada la cuesta y remediar parcialmente sus limitaciones, será difícil que salga airoso si sigue proyectándose como la continuación de Peña Nieto y, además, como alguien próximo al priismo más rancio y opaco, donde al amparo del poder público se han acumulado fortunas insultantes e inexplicables por la vía salarial en el servicio público.

Meade asumirá su verdadero rol como candidato cuando decida romper con Peña Nieto y se manifieste dispuesto a emprender, no meras reformas, sino un proyecto propio construido con acciones distintas y novedosas que lo hagan ver como una opción de cambio y renovación, que no de continuismo y menos de tapadera. De lo contrario, la propuesta de cambio será la baza de sus opositores, más aún porque, a diferencia de él, ellos tienen la ventaja de que nunca han trabajado en un primer nivel en el Gobierno Federal como sucede con Anaya, o en el caso de López Obrador, este lo hizo solo a nivel de un entidad federativa por un lapso breve y hace más de diez años, lo que significa que, en ambos casos, hay pocos o ningún elemento en la memoria reciente de electorado como para sensibilizarlo exponiendo sus errores y limitaciones.

Después de criticar al propio sistema desde los inicios de su campaña, Echeverría culminó su rompimiento con Díaz Ordaz cuando, con el afán de desvincularse del 2 octubre, guardó un minuto de silencio en la Universidad de San Nicolás en Morelia para honrar a los caídos en esa fecha, lo que puso en vilo su candidatura ante el enojo de su exjefe y mentor, quien optó por contenerse.

Por su parte, Colosio entendió, en su célebre discurso en el Monumento a La Revolución, que para ganar debía apartarse de Salinas, manifestando una visión propia que planteará opciones distintas a la aplicación a ultranza de políticas neoliberales que, por un lado, habían concentrado sus beneficios en unos cuantos,  sobre todo en aquellos a quienes se les transfirió buena parte del patrimonio nacional a precios de saldo, y que, por el otro, mostraban, pese a un esfuerzo por ocultarlos, tendencias preocupantes que terminaron por estallar en diciembre de 1994.

El impacto del asesinato de Colosio, que con habilidad el PRI transformó en el voto de miedo, le sirvieron a este para poner en Los Pinos a Ernesto Zedillo, un tecnócrata tan anodino en ese momento como es Meade ahora.  Pero ese temor ya no existió en la siguiente elección, cuando Fox, con una experiencia nula en el Gobierno Federal, le ganó a un candidato priista mejor preparado para gestionar el Poder Ejecutivo, apoyándose para ello en una eficaz campaña mediática que supo capitalizar el hartazgo del PRI, vender la vaga promesa de “un cambio” sin realmente definirlo y a él proyectarlo como un brillante “empresario”, pese a que en Coca Cola había sido solo un empleado y de un nivel inferior en su estructura global.

Colosio, cuya campaña empezó desangelada y más por las reacciones en contra que su candidatura provocó en el círculo íntimo de Salinas y el levantamiento zapatista en Chiapas, comprendió que debía proyectarse como un renovador y no como un continuista de políticas cuyo costo social y político era evidente, y que la postre podían, como sucedió seis años después, causar la derrota de su partido.

No sé si Meade tendrá la misma claridad y las agallas que en su momento tuvo Colosio. Pero estoy seguro de que, si no las tiene para romper con su mentor, dar un paso al frente y asumir las circunstancias del trance donde lo colocó el destino, será muy difícil que gane las elecciones.