Cuando el líder imagina su grandeza, el País empequeñece

Young Boy Businessman Dressed in Suit with Cardboard Wings

Como si fuera una radiografía que gradualmente va revelándose y cuyos detalles, al hacerse más nítidos, despiertan preocupación en el doctor que los revisa e interpreta, así nos está ocurriendo en la medida que se manifiestan con mayor claridad los rasgos distintivos de lo que probablemente será la presidencia de López Obrador.

Cierto que en muchos sentidos nadie puede darse por sorprendido. Es un personaje que durante dieciocho años bregó y se exhibió en todos los foros posibles para llegar a la jefatura del Poder Ejecutivo. Pero, lo que sí llama la atención es que pese haberla alcanzado, parece seguirla buscando, en lugar de subir un escalón, de madurar políticamente y asumirse como temporal jefe de un Estado que lo trascenderá en el tiempo y en el que están incluidos, no solo quienes votaron por él, sino también aquellos que prefirieron otra opción, más los que decidieron no acudir a las urnas y que sumados representan la mayoría absoluta de ciudadanos. Sin embargo, aun como presidente, LO sigue utilizando la palabra nosotros en un sentido excluyente, porque en ella no caben quienes piensan distinto a él.

López Obrador es candidato de una campaña permanente basada en su omnipresencia en los medios y redes sociales. Su hábitat natural está debajo de los reflectores, detrás del micrófono, sobre los templetes y enfrente de las cámaras y de grupos de simpatizantes prontos para la porra, el aplauso, los selfies o la pregunta benévola que le sirva para pontificar sobre cualquier tema. Las encuestas de popularidad, mientras le sean favorables, son la droga que lo energiza y la coraza que lo protege de sus críticos; a estos los desmiente el pueblo sabio que jamás se equivoca. Su meta inmediata: aparecer de nuevo en una boleta electoral donde se vote la revocación o el refrendo de su mandato, pese a que se le eligió para que estuviera al frente del Poder Ejecutivo durante seis años no condicionados a una suerte de reelección intermedia.

El ejercicio sería tan redundante como obvia la trampa que esconde: poner virtualmente su nombre, como si fuera un agregado en el logo de MORENA, en las boletas de todos los procesos electorales que se lleven a cabo en 2021: federales, estatales y municipales, con la expectativa de que todo se pinte de guinda para acumular el mayor poder político posible y entonces determinar el siguiente paso. ¿Cuál podría ser?, ¿hacia dónde? son preguntas cuyas posibles respuestas levantan la sospecha de que estemos viendo cómo, dosificada y taimadamente, se estén acomodando las primeras piezas de un rompecabezas cuya forma final solo conoce él y sus más cercanos. Esto provoca inquietud al abrir un enorme abanico de posibilidades respecto a cuál sería la dirección, el alcance y la magnitud de lo que se pudiera estar tramando.

Desde una visión esquemática de la historia de México, a la que divide en tres transformaciones, LO se autoproclamó líder de la Cuarta, que supuestamente será, como las anteriores, un impulso irreversible de larga carrera que duraría varios decenios. Pero, sus decisiones y las que con su indispensable dirección y venia toman sus incondicionales en el Gobierno, en el Congreso y en su partido no hablan de un proyecto nacional sino de construir uno propio que lo tiene a él como el vértice del poder y que está delineado con base en su voluntad, en su interpretación de la realidad, en sus conocimientos y en su intuición, aunque esto signifique contradecirse, retar al sentido común, a la inteligencia y memoria del ciudadano y, no se diga, a la opinión de expertos en temas puntuales, como ha sucedido en cuestiones aeroportuarias, energéticas, financieras, ambientales y de administración pública e ingeniería.

Por ello, preocupa cuando LO advierte que su gestión al frente del Poder Ejecutivo no es un mero cambio de presidente, sino uno de régimen. ¿Qué entenderá por régimen?, preguntamos. La mayoría lo entendemos como un sistema político concebido a partir de la forma como cada pueblo delega su soberanía en poderes públicos y articula la estructura del Estado que los ejercerá, lo que suele quedar plasmado, como en nuestro caso, en su Constitución o Carta Magna.

¿Pretende LO modificarla con base en una concepción distinta de cómo debe estar organizado el Estado Mexicano? Hasta ahora solo ha hablado de cambio de régimen sin dar mayores indicios. Por lo que es dable pensar que, en el primer trienio de su mandato, lo intentará hacer de manera soterrada; a veces con reformas legales, otras por la vía presupuestal o mediante decisiones ejecutivas para quitar aquello que le estorbe, expandir sus tramos de control y seguir cimentando su popularidad en programas clientelares cuyo frutos coseche en la siguiente elección.

¿Será entonces la propuesta de una reforma constitucional para someter a refrendo el mandato del jefe del Ejecutivo, un primer paso para cambiar el sistema político en el que estaría incluida la reelección presidencial y el diseño de otro régimen que eventualmente se plasmaría en una nueva Constitución?, ¿será la reforma a la Ley Federal de Consulta Popular la vía para que a través de estas se construyan los escalones que nos lleven a ese nuevo régimen?

Si alguna vez pensamos que la alternancia en la jefatura del Poder Ejecutivo sería un aliciente para que nuestro desarrollo democrático dejará atrás el presidencialismo y evolucionara hacia la institucionalidad republicana basada en una efectiva y eficaz división de poderes, de tal forma que el funcionamiento del Estado dependiera de su fortaleza institucional, del esfuerzo colectivo y del talento de muchos y no de la voluntad del temporal prócer, hoy vemos con preocupación cómo han vuelto de manera vigorosa los rasgos de un caudillismo que creíamos enterrado y a cuya sombra se han plegado conciencias y voluntades, muchas de las cuales han cambiado la crítica por la condescendencia y el silencio, como si de repente López Obrador hubiera adquirido, además del don de la infalibilidad, virtudes, cualidades y conocimientos que no le habíamos visto antes.

Sin embargo, él sigue siendo el mismo: un astuto operador político, hábil para conectar con la gente mediante frases cortas, ejemplos simples y poniéndose claramente de su lado al señalar en el otro, a los presuntos culpables de los problemas que aquejan al País. Allá los malos, acá los buenos. Pero, su astucia afilada y oportunista, no le alcanza para proyectarlo como una persona de grandes luces, como un estadista en proceso de desarrollo capaz de imaginar y proponer un proyecto de largo aliento, de entender y sacar el mayor provecho de una realidad nacional e internacional harto compleja, de integrar un equipo de primer nivel para desarrollarlo, de sumar con argumentos y razones adeptos provenientes de todos los ámbitos y de asegurar que, pese a los inexorables obstáculos que hallará durante la travesía, él será capaz de que no se pierda el rumbo.

La baja talla de los miembros de su gabinete no habla de un individuo que fortalece su liderazgo atrayendo a los mejores y que podrían tener incluso la estatura suficiente para ser, eventualmente, considerados como su reemplazo. En cambio, vemos al jefe que se siente cómodo con subordinados de bajo perfil, que accedieron a cargos de enorme importancia gracias a su lealtad, pese a que la mayoría no cuenta con la experiencia y conocimientos que justificaran su designación. Saltos abismales que presagian lentas curvas de aprendizaje que se manifestarán en taponamientos administrativos y costosos errores, como se vio en el desabasto de gasolina y en el fiasco monumental del aeropuerto.

Pero, no habrá metedura de pata por onerosa que para el País pueda resultar, que vaya a derivar en un despido. Aun si la opinión pública lo pidiera a gritos, como sucedió con el director general de Pemex. Los vínculos emocionales con sus subordinados creados a partir de la lealtad y/o el agradecimiento mutuo denotan el carácter afiliativo de su estilo de liderazgo. Esto limita las posibilidades de cambios en el gabinete de López Obrador a que ocurra un acto de deslealtad o se den causas naturales como la enfermedad o la muerte.

Volver al caudillismo sin contrapesos donde el rumbo del País esté determinado a capricho de quien ocupe la jefatura del Poder Ejecutivo implica regresar muchas décadas, olvidar lecciones que aprendimos con dolor, ignorar los avances de nuestra aun incipiente democracia, suponer que los mexicanos de hoy son los mismos que de ayer y desentenderse de la realidad, con el estéril afán de regresar las manecillas del reloj para vivir tiempos que ya no existen o que quizá nunca fueron, porque la interpretación interesada de la historia a menudo la convierte en una narración de mitos que no de hechos.

Plantear que los problemas y la larga lista de asignaturas pendientes que tiene el País se deben a que se perdió el rumbo cuando se optó por el neoliberalismo es un diagnóstico tan erróneo, como estúpido decir que una corriente de pensamiento puede abolirse. No fue opcional que en los ochenta México modificara su política económica. Lo hicimos porque estábamos en la lona sin siquiera poder pagar los intereses de lo que debíamos. Ahí, no llegamos por la voluntad o la mala fe de otros sino por nuestras decisiones y por ignorar las señales de alarma que años atrás nos decían que el modelo económico que seguimos desde la postguerra estaba cerca de su agotamiento. Por ello, inspira temor insistir en políticas públicas que fueron efectivas durante un lapso y en determinados escenarios nacionales e internacionales que ya no existen.

Construir un porvenir es imposible cuando se quiere conducir al País mirando por el espejo retrovisor, en lugar de entender el presente e imaginar su posible evolución para afrontar nuestros problemas, abatir los riesgos que nos esperan y sacar el mayor provecho donde tengamos ventaja. Todo esto se sintetiza en un proyecto de nación del que hemos carecido, sobre todo desde que asumimos que bastaban las políticas neoliberales para poner al País en una espiral virtuosa de crecimiento, y no en la mediocridad donde nos encontramos con avances a cuentagotas.

Pero, desde hace cuatro meses ya ni siquiera es así. Los motores parecen haberse detenido. Nos movemos más por inercia que por impulso. Volver atrás es una quimera. Aun así, quien tiene el timón lo intenta y terco titubea. Tira por la borda recursos que a los pasajeros les costaron miles de millones de pesos y años de esfuerzo. “Cambio de régimen”, indica el capitán como el nuevo destino. Nadie sabe de qué habla. Hay frustración y desasosiego. No se entiende hacia dónde apunta la proa. Pero él sí tiene en su mente ese gran proyecto. Será el caudillo que lo lidere para emparejarse con otros personajes de la historia de México. Sin embargo, en esta se consigna que, como él, ya hubo otros que lo intentaron y cuyo sueños de grandeza terminaron, literalmente, empequeñeciendo al País.

Un gabinete de bajo perfil y alto riesgo

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La primera decisión de un presidente de la República es nombrar a su gabinete. Prerrogativa que, salvo los casos del titular de la Secretaría de la Función Pública y el procurador General que debe ratificar el Senado, le concede la Constitución.

En otros países, como sucede en Estados Unidos, el Senado ratifica o rechaza a los candidatos propuestos por el presidente después de examinarlos públicamente. Escrutinio que sirve para airear sus antecedentes ―buenos y malos―, confrontar las razones que tuvo su mentor para proponerlos e inferir su posible desempeño. Al no existir en México este proceso, la ciudadanía debe conformarse con las razones que, en cada caso, exponga el presidente en turno para justificar el nombramiento de los miembros de su equipo.

¿Qué razones explican la designación de cada secretario y la conformación de un gabinete presidencial? Con seguridad, por tratarse de decisiones unipersonales, en estas juega un papel importante la personalidad de cada presidente, su carácter, sus filias y fobias, sus compromisos, su visión y sensibilidad política. Aunque también pesarán las cuestiones privadas, quizá íntimas, que pudieran existir entre él y algunos de sus designados.

Es relevante destacar que mientras el PRI mantuvo la hegemonía del escenario político, la conformación del equipo del presidente, al menos el de inicio, servía para integrar a varias de sus corrientes y restañar heridas con los otrora rivales en la lucha por la sucesión. Se decía, que la pluralidad que no existía en el Congreso se daba, en cambio, dentro del gabinete, donde podían coincidir individuos con distintos matices ideológicos y posturas respecto a políticas públicas.

La larga hegemonía del PRI dio lugar, de manera informal e imperfecta, a un proceso de formación y renovación de cuadros en la Administración Pública Federal que, en la punta de la pirámide, culminaba con un cargo político. Quien llegaba a la presidencia de la República, antes había sido secretario. Y, a su vez, la mayoría de las designaciones de secretarios recaían en otrora subsecretarios y así, capilarmente, con los siguientes niveles de la estructura. La movilidad entre los poderes Ejecutivo y Legislativo era poco frecuente.

Esto conformó a partir de mandos medios hacia abajo, núcleos de servidores públicos que, sin ser necesariamente militantes del PRI, sobrevivían a las renovaciones del Poder Ejecutivo dada su especialización y conocimientos en sus respectivos campos. De hecho, en la práctica estos grupos fueron el semillero donde iniciaron su carrera muchos secretarios de Estado y directores de empresas paraestatales.

En el 2000, la alternancia política rompió este proceso informal de formación y renovación de cuadros. Vicente Fox* fue el primer presidente, en más de setenta años, que no ocupó antes una secretaría de Estado. Junto con él llegaron al gabinete muchas personas que tampoco tenían ninguna experiencia previa en la Administración Pública Federal y que provenían del poder Legislativo, del sector privado y del medio académico. En adición, para muchos de ellos, convertirse en titulares de una secretaría de Estado o de una entidad paraestatal representó un salto cuántico, respecto a la posición que ocupaban antes de ser designados.

Desde entonces, el presidente en turno ha nombrado, en muchos casos, como secretarios de Estado o como directores de entidades paraestatales, a individuos que no solo tienen una mínima o nula experiencia en el ámbito de su encomienda, sino que además ocupaban posiciones muy distantes en términos de responsabilidad. En otras palabras, han sido designaciones de alto riesgo en cuanto a sus posibilidades de éxito, que a la postre se han traducido en renuncias prematuras, rotación y costosas curvas de (lento) aprendizaje.

Desde la perspectiva de gestión de talento, el riesgo de nombrar a una persona para que ocupe un puesto ejecutivo está asociado, en gran medida, a dos factores: a) la compatibilidad funcional que exista entre su cargo anterior y el propuesto y, b) la diferencia que haya en la dimensión de estos puestos en términos de su responsabilidad.

Por ejemplo, proponer como Secretario de Hacienda a una persona que se ha desempeñado como Director de Adquisiciones de la Secretaría de Salud puede resultar más riesgoso que optar por el Subsecretario de Economía. Pero, si la propuesta para ocupar ese cargo fuera un presidente municipal, el riesgo sería infinitamente superior.

Desde esta perspectiva se pueden analizar los diecisiete secretarios y a los tres directores de entidades paraestatales que ha designado López Obrador, ordenándolos de menor a mayor, según el riesgo que representa su nombramiento.

Con algún tipo de experiencia en la Administración Pública Federal:

  • Solamente tres individuos: Villalobos/SAGARPA, Moctezuma/Edu. y Jiménez/SCT se han desempeñado en un mando superior en la APF. Incluso el segundo ya ha sido secretario.
  • Ebrad/Rel., Torruco/Tur. y Ursúa/SHCP se desempeñaron como jefe y secretarios en el gobierno de la Ciudad de México. Sin embargo, el primero no tiene experiencia en el ámbito diplomático como se pudo observar en la reciente carta que López le envió a Trump.
  • Durazo/Seg. y Frausto/Cult. han trabajado en la APF a nivel de staff y mando medio. Aunque las credenciales del primero para hacerse cargo de una nueva secretaría de Seguridad Pública no quedan claras.

Sin experiencia en la administración pública:

  • Sandoval/SFP, Márquez/Eco y Alcocer/Salud son investigadores y aunque conocen a profundidad algunos temas relacionados con la secretaría para la cual han sido nominados, ninguno tiene experiencia en el desempeño de un puesto ejecutivo de primer nivel donde hayan sido responsables de la gestión de recursos humanos, financieros y materiales, así como del diseño y ejecución de planes y programas. Menos aún, se han desenvuelto en los marcos normativo, laboral, presupuestal de la Administración Pública Federal y en el ambiente político propio de los altos cargos. Una cosa es trabajar en un cubículo, otra, muy distinta, es despachar como titular de una secretaría. La distancia es abismal.
  • Las observaciones anteriores son también aplicables a Sánchez Cordero, exministra de la Suprema Corte de Justicia nominada para Gobernación. En su empleo anterior sus decisiones tuvieron un carácter colegiado. Es decir, ejerció una responsabilidad compartida, no individual, como sí ocurre con un secretario de Estado. Vale destacar que, si en los próximos seis años faltara el presidente, ella asumiría temporalmente, y en un momento crítico, la Jefatura del Poder Ejecutivo. Considero que dada su trayectoria, edad y salud haría un mejor papel como consejera jurídica de la Presidencia, que ponerse al frente de la dependencia que es el centro neurálgico de la vida política del País, lo que demanda a su titular una dedicación de tiempo completo y un largo colmillo.
  • Nahle/Energía y Alcalde/STPS provienen de la Cámara de Diputados. La primera desempeñó en su juventud roles operativos en algunas plantas petroquímicas de Pemex. Pero su carrera se concentra en el ámbito legislativo, donde se ha relacionado con temas del sector energético. Para la segunda, el cargo de secretaria de Trabajo y Previsión Social será apenas, a sus treinta años, su segundo o tercer empleo formal, después de haber sido diputada plurinominal. ¿Es esto serio?
  • González Ortiz/Semarnat y Albores/SEDESOL colaboran en pequeñas organizaciones sociales que de alguna manera están relacionadas con la ecología y el desarrollo social.
  • Por último, la nominación de Román Meyer/SEDATU es difícil de valorar, por lo escueto de su currículo y porque, en apariencia, nunca se ha desempeñado en un puesto dentro de algún tipo de organización. Incluso no queda claro si en este momento tiene un empleo remunerado.

Sin experiencia en el sector paraestatal:

  • PEMEX y CFE son dos de las empresas más grandes de México con una problemática muy compleja en todos los ámbitos: laboral, tecnológico, financiero, operativo y de mercado, lo que demanda que al frente de ellas estén administradores de primer nivel con probada experiencia en la gestión de empresas de gran envergadura. Sin embargo, se ha propuesto como sus sendos directores generales a Romero y Bartlett cuyo perfil, formación y experiencia profesional están años luz de los requerimientos de esos puestos. Si hubiera un proceso de búsqueda para estas posiciones a cargo de una empresa especializada en reclutar ejecutivos, difícilmente se les consideraría como candidatos, aun en la lista larga. Como también sería el caso de Martínez Cáceres a quien se propuso como director del IMSS.

De lo anterior se deduce que, si los miembros del gabinete de López Obrador hubieran entrado por la puerta de Recursos Humanos de las sendas secretarías que van a encabezar, una buena parte de ellos difícilmente hubiera logrado más que una dirección general. Esto no quiere decir que algunos no tengan aptitudes, conocimientos y desde luego valía y méritos profesionales, lo que deseo señalar es la gran distancia que existe entre su perfil y los requerimientos del puesto que van a ocupar, lo que en muchos casos implica que su designación sea de alto riesgo para ellos y para el gobierno donde servirán como funcionarios.

Tan cierto es que nombrar al gabinete sin darle explicaciones a nadie es prerrogativa del presidente, como el abuso que se ha hecho de esta. Los gabinetes han sido carruseles donde han pasado desde servidores públicos ejemplares, eficaces y de probada honestidad, incluso un Premio Nóbel, hasta amiguetes, parientes, recomendados, farsantes e improvisados que dejaron como herencia errores inauditos y costosos, sino es que el saqueo de la hacienda pública con la complicidad o tolerancia de quien los designó.

Esto debe recogerse como una lección y no como argumento para justificar el nombramiento de personas que no reúnen los requisitos mínimos para ocupar los puestos clave de la Administración Pública Federal. Decir que ayer se hizo lo mismo que ahora se critica es una justificación cínica que nos condena a la mediocridad. No se trata de repetir el pasado sino de construir un porvenir distinto con estándares más altos. ¿No fue esta la promesa?

Estamos por iniciar una nueva travesía sexenal, la ciudadanía está cansada de hacerlo con tripulaciones variopintas en su capacidad profesional, compromiso social y honestidad, porque ella conoce los riesgos y sabe que por su cuenta corren los costos de las pifias y del eventual naufragio. Bien valdría que López Obrador revise de nuevo y a detalle su lista de nominados. México dispone de una reserva de talento donde podrá encontrar mejores opciones. El presidente pone los nombres, pero el pueblo es dueño de las sillas, del resto de los muebles y de la casa entera. Y, como él dice, el pueblo es sabio, tanto como para opinar y saber quien le conviene que se siente en ellas.

 

 

 

*Es importante destacar, que Fox impulsó en 2003 la creación del Servicio Profesional de Carrera para que, aun dándose la alternancia política en el Poder Ejecutivo, hubiera en su estructura a partir del nivel de director general, un grupo de servidores públicos que, por un lado, tuviera la garantía de permanecer en sus puestos en virtud de sus capacidades y desempeño, sin depender de su filiación política y que, por el otro, sirviera para conservar las experiencia, el aprendizaje y la memoria en el quehacer público.