Examen médico, salud presidencial

Examen médico 3

Cualquier información relativa a la salud de una persona está considerada por la Ley de Protección de Datos Personales como datos sensibles, por lo que no pueden divulgarse sin el consentimiento expreso del individuo a quien pertenezcan.

Pero, cuando se trata de personas que compiten por la Presidencia de la República, es válido que quienes los elegirán, se pregunten sobre su estado de salud, porque saben, por una parte, que quien ocupe ese cargo estará sujeto a un ritmo de trabajo intenso, a una tensión constante, al arbitrio de las circunstancias que lo enfrentarán a escenarios inesperados y, además, deberá soportar esta carga durante seis años. Nadie, como lo evidencian las comparaciones fotográficas, sale de la presidencia rejuvenecido.

Por otra parte, resulta obvio que la posibilidad de la ausencia temporal o definitiva del presidente de la República provocaría una etapa de incertidumbre y turbulencia política, que se agravaría por las inevitables pugnas a que daría lugar la ausencia de un presidente enfermo o fallecido, ya sea entre los miembros de su equipo cercano como entre las cúpulas partidistas, quienes, sin duda, buscarían llenar el vacío de poder. La última vez que la nación pasó por este trance ocurrió cuando Álvaro Obregón fue asesinado siendo presidente Electo.

Cierto que los candidatos a la presidencia tienen el derecho de reservar sus datos personales. Pero, cuando le piden a la ciudadanía su confianza para ocupar una posición de enorme responsabilidad por un lapso de seis años que de una forma u otra trascenderá en sus vidas, adquieren la obligación moral de demostrar si cuentan con la salud necesaria para desempeñar esa encomienda. De lo contrario, si movidos por su ambición personal, ocultan problemas de salud que, dada la naturaleza del cargo que se proponen ocupar, podrían agravarse durante su gestión, pecarían de deslealtad e incurrirían en una omisión gravísima, por las eventuales implicaciones que sus padecimientos podrían acarrearle al País.

Pensemos, como una analogía, que un jefe de Estado es equivalente al piloto de un avión, en cuya capacidad, preparación y condición física se deposita la confianza de que el pasaje que transporta llegará sano y salvo a su destino.

¿Cómo se compatibiliza el derecho a la seguridad de los pasajeros con el derecho a la privacidad de los pilotos? La autoridad aeronáutica tiene la facultad de supervisar su estado de salud y condicionar la vigencia de sus licencias al resultado de sus exámenes médicos. Un foco rojo, puede implicar una suspensión temporal y, en caso extremo, la revocación. Así, el Estado tutela el derecho a nuestra seguridad y el de los pilotos a la privacidad

Nuestras leyes electorales deberían contemplar, al menos, la presentación de un dictamen médico, fundado en un diagnóstico que, con base en un protocolo, cubriera una serie de aspectos que reflejaran el estado de salud de los candidatos. Como sucede en otros países, el dictamen sería lo único que, en una versión abreviada, se publicaría, mientras que los detalles se reservarían como información privada. A menos, que alguno quisiera hacer públicos ciertos datos en particular

Confiar en que los candidatos digan la verdad sobre su estado de salud, es tan ingenuo como creer en el cabal y absoluto cumplimiento de sus promesas de campaña. Vale proponer que, aun sin tener ninguna ley que los obligue, Anaya, López Obrador, Meade y Rodríguez hagan público un dictamen médico que nos permita saber qué tan saludables están.

Si el resultado del voto que emitirá la ciudadanía durará seis años, es válido pedir que un tercero calificado nos diga, si gozan de la salud necesaria para hacerse cargo del timón del País por ese lapso.

Quien no se ha quemado, no le teme al fuego

niño fuego

Hace tiempo me preguntaron, si consideraba que los millenials, definidos como aquellos que alcanzaron la mayoría de edad en este siglo, determinarían los resultados de las elecciones.

Mi respuesta inicial fue que también deberíamos considerar el envejecimiento de la población. Por ejemplo, el promedio de los mayores de edad pasó de 37.5 en 1994 a 41.4 años en 2018. Lo que, en principio, haría suponer que se trata de un universo de votantes más maduro con una carga de experiencia a cuestas, que quizá lo haga más adverso a los riesgos inherentes de las propuestas que impliquen cambios drásticos. Actitud contraria a la que, con seguridad, prevalece en los segmentos de votantes más jóvenes para quienes todo es nuevo, mientras que su conocimiento de lo que haya ocurrido en el pasado es probable que se limite a anécdotas contadas por sus padres.

Pero el dato de un elector promedio es demasiado grueso para sacar conclusiones, por lo que me pareció útil clasificar a los votantes potenciales por rangos de edad. Para ello, los agrupé según el sexenio cuando alcanzaron la mayoría de edad. Esto lo represento en la siguiente gráfica, donde a usted le será fácil ubicarse y conocer el peso relativo que cada grupo tiene en el total.

Población mayor de 18 años agrupada según el sexenio cuando alcanzaron la mayoría de edad*Población en edad de votar agrupada por sexenio 2

Como se observa, quienes alcanzaron la mayoría de edad después del 2000, representan el 43% del electorado potencial. Cierto que es un porcentaje importante, además de que los jóvenes suelen acudir a votar en una proporción más alta que el resto. Pero, no es mayoritario, incluso ha ido disminuyendo su peso, porque al envejecer la población, la pirámide de edades se ha alargado y perdido anchura en su base.

Por otro lado, etiquetar como millenials a personas cuya edad varía entre 18 y 36 años, no parece un punto de partida sólido para comprender e inferir sus preferencias electorales, si consideramos las diferencias que, entre esos extremos, puede tener un ser humano en cuanto a madurez y circunstancias de vida. El carácter reduccionista de las etiquetas a menudo no ayuda a entender la realidad.

Sin embargo, con base en este agrupamiento de la población, nos podríamos preguntar: ¿Cómo afectarían las preferencias electorales de cada grupo, los escenarios económicos y políticos por los que han atravesado a lo largo de su vida? Para lo cual añadí a la gráfica anterior, el incremento promedio del PIB per cápita en cada sexenio, lo que se representa con la línea roja.

Población mayor de 18 años agrupada según el sexenio cuando alcanzaron la mayoría de edad y promedio sexenal del PIB per cápita**Población en edad de votar agrupada por sexenio y PIB per capita 2

La simple observación de la gráfica permite dividir la población mayor de dieciocho años en dos grandes grupos: Los que alcanzaron la mayoría de edad antes de 1988 y aquellos que lo hicieron después.

Quienes estamos en el primer grupo, fuimos afortunados al poder empezar nuestra carrera laboral en una situación económica que ofrecía muchas posibilidades para encontrar empleo y avanzar profesionalmente. El PIB per cápita crecía de manera robusta, pese a que las facturas pendientes del desarrollo estabilizador, que por decreto fijó el tipo cambiario, y los precios de hidrocarburos, energía eléctrica y azúcar, empezaban a hacerse presentes, porque esa inmovilidad se sostenía de una creciente deuda externa contratada con organismos internacionales, como el Banco Mundial.

Finalmente, ante el crónico deterioro financiero de las empresas paraestatales que provocó el congelamiento de sus precios, aunado a un gasto público descontrolado por arrebatos populistas, los organismos internacionales condicionaron los nuevos créditos a la actualización de los precios de la electricidad y la gasolina, lo que incrementó la inflación de manera importante hasta que fue inevitable, después de veintidós años con la misma paridad, devaluar el peso y recurrir en 1976 al auxilio del Fondo Monetario Internacional con sus pesadas condiciones.

Pero, volvimos a ser afortunados, porque apareció el salvavidas del petróleo. En efecto, el embargo petrolero árabe ocurrido en 1973 como represalia a la guerra del Yom Kippur en el Medio Oriente, produjo un incremento sustancial en el precio de los hidrocarburos, que rentabilizó la explotación de muchos yacimientos en el mundo. Así, los trabajos de exploración que se iniciaron en el sexenio de Echeverría cuajaron en el siguiente, por lo que, durante el mandato de su sucesor, López Portillo, nos convertimos en uno de los principales exportadores de petróleo.

El petróleo, lejos de refrenar nuestro apetito por la deuda, lo estimuló. El excedente petrolero, como se denominó a ese ingreso inesperado, sirvió para justificar la ejecución de cantidad de proyectos e iniciativas que surgían por doquier. Pero, lo más delicado, fue asumir que, al menos por un tiempo, no decrecería y que podríamos endeudarnos más con el exterior, como también pensaban los banqueros internacionales que con insistencia nos ofrecían los recursos reciclados de la bonanza petrolera en los países árabes.

Pero un precio alto del petróleo sirvió de imán para atraer a nuevos productores, como Gran Bretaña y Noruega. A mayor oferta, los precios empezaron a descender y con ello nuestros ingresos. En paralelo, la Reserva Federal de los Estados Unidos inició, como medida antiinflacionaria, una escalada de la tasa de interés, que poco a poco encareció el servicio de la deuda que tan alegremente habíamos contratado.

Así, como si fueran las dos quijadas de una pinza: el descenso en el precio del petróleo y el incremento en las tasas de interés terminaron ahorcándonos y, otra vez, tuvimos que someternos al Fondo Monetario Internacional para poder salir del hoyo.

Lo que siguió, como se observa en la gráfica, fue que durante el sexenio siguiente 1983-1988, el País experimentó un retroceso importante. Una inflación elevada consumía ingresos y ahorros en cuestión de meses, mientras que el disparo del tipo cambiario y la tasa de interés llevaron a muchas empresas y familias a la bancarrota. La renegociación de la deuda externa con todas las ataduras que lleva consigo, se convirtió en una tarea recurrente con tal de asegurar que pudiéramos sacar el cuello del agua, al menos por un tiempo.

Aunque en el siguiente sexenio 1988-1994 la situación mejoró relativamente en un principio, al final, cuando el capital golondrino que había servido para financiar el déficit en cuenta corriente decidió emigrar a otras latitudes, volvimos a caer en una crisis profunda que otra vez significó pérdidas patrimoniales importantes para empresas y familias, y ajustes severos que afectaron en mayor medida a los grupos más vulnerables.

Quiénes vivimos esa etapa de casi treinta años de crisis recurrentes, sabemos que el populismo es un relámpago que deslumbra a las masas; las seduce ofreciéndoles atajos, cuando en realidad lo que hace es dinamitar su futuro, porque compromete recursos que no se tienen. Por ello, preocupa volver a escuchar las mismas cantaletas que antaño fueron el presagio de inevitables caídas y saltos hacia atrás. Más aún, porque en años recientes, ya se ha dado una especie de populismo de bajo perfil, que ha ido comprometiendo partidas presupuestales en aras de cultivar clientelas, sin considerar que algunos programas, como el de adultos mayores, son de facto una deuda pública contingente que debería valorarse como un plan de pensiones. Igualmente, no se cuenta con una evaluación sistemática y periódica que permita medir la eficacia de dichos programas, en cuanto a logro de los objetivos que supuestamente les dieron origen. Una vez creados se asimilan en el modus operandi del gobierno y, en la población, se asumen como derechos adquiridos y siempre revisables al alza. Incluso, como lo vemos en la campaña, esto lo prometen los candidatos.

Pero, la justificación que tenemos los mayores para repudiar al populismo por haber vivido sus consecuencias también debe servirnos para entender que las acciones y políticas que se adoptaron para enderezar el camino, no han sido suficientes para relanzar el crecimiento del País. Por el contrario, el PIB per cápita, como se aprecia en la gráfica, ha tenido desde el 2000 un aumento orgánico, menor al 1% anual. Es decir, producimos más, porque somos más y punto. No crecemos por innovación, ni por aumentos sensibles en nuestra productividad.

Las consecuencias de este magro crecimiento se observan en muchas familias mexicanas cuyos hijos no pueden siquiera tener el mismo nivel de vida de sus padres e, incluso, se emancipan a edades más tardías que estos. Este deterioro generacional significa que, en términos de desarrollo, estamos bajando, por lo menos, un escalón.

Quienes alcanzaron la mayoría de edad después de 1994, su vida laboral ha transcurrido en un escenario económico mediocre, pese a que en muchos ámbitos de la vida del País se han dado cambios profundos. Muchos de los cuales no acaban de madurar, en buena parte, por la fragilidad de nuestras instituciones frente al poder real que logran ejercer, en la práctica, nuestros temporales servidores públicos en los tres poderes y en los tres órdenes de gobierno.

La propuesta del cambio, por vaga que sea, seduce. Ya pasó con Fox. Quienes mejor la venden son aquellos que nunca o hacen mucho tuvieron una responsabilidad. Más ante los jóvenes que eran niños cuando personas como López Obrador, ejercía de jefe de Gobierno, y que no habían nacido cuando los estragos del populismo, la economía subsidiada y la dependencia del endeudamiento nos sumergieron en crisis periódicas de las que costó mucho trabajo salir.

No es la nostalgia por regresar a un pasado irrepetible y, a la distancia idealizado, lo que debe servir para orientar el quehacer nacional, sino el atrevimiento a plantear un proyecto que aprenda las lecciones de nuestros errores y aciertos, capitalice lo que hasta ahora hemos avanzado y tenga como objetivo que todos los mexicanos disfruten a plenitud de sus capacidades físicas e intelectuales.

La experiencia nos hace cautos. Pero esta solo la recuerdan aquellos que la han sufrido. Quien no se ha quemado, no le teme al fuego. Paradójica situación en las que nos encontramos; lo que unos pensamos como un regreso al pasado, otros lo ven como un paso al porvenir.

* Consejo Nacional de Población. Para facilitar la comparación, los agrupamientos sexenales se hicieron de acuerdo con cifras anuales exactas, aunque la fecha de inicio y terminación de cada sexenio sea el primero de enero  y treinta de noviembre respectivamente de cada seis años. Se excluyó de la gráfica al grupo que alcanzó la mayoría de edad antes de 1964 y que equivale al 5.8% de la mayores de 18 años.

** La cifras del PIB per cápita se obtuvieron de la base de datos del Banco Mundial

 

La democracia del menos malo no hace mejor al País

Escoger al menos malo

Pese al ruido electoral provocado por las declaraciones grandilocuentes de los candidatos, quienes nos prometen que en apenas seis años, un suspiro en la vida de una nación, cambiarán a México y remediarán sus mayores males. Y al martilleo de la propaganda oficial que nos plantea el proceso electoral como una oportunidad para que los ciudadanos influyan en el rumbo del País. La realidad es que, para millones de mexicanos, las elecciones federales no son para elegir, como presidente de la República, al mejor entre un grupo que admiran y respetan, sino para escoger entre la clase política que desprecian, al menos peor o al que a su juicio represente el riesgo menor.

Si la estima social hacia la clase política ya estaba en mínimos, el trasfuguismo que se ha dado recientemente la ha empeorado. En un abrir y cerrar de ojos, los otrora críticos y adversarios, ahora son porristas serviles de quien antes detestaban, sin importarles exhibir su carencia de dignidad y de valores. Una vez acogidos con fanfarrias en su nuevo bando, viven la efímera fama que provoca la representación de su comedia. Sonríen y explican ante las cámaras, las razones que según ellos provocaron su mudanza. En los medios y en las redes sociales se compara su ayer con su hoy; sus palabras, sus escritos. Indignados, recordamos como increparon a quien ahora le besan la mano. Hacerlo parece relajarlos; quien antes los tildaba de mafia, ahora los ha admitido en su regazo en calidad de arrepentidos. Están perdonados, les dice, como tantos otros que, teniendo méritos suficientes para ser carne de presidio, hoy se desgañitan en alabanzas a favor de quien les sirve de escudo garantizándoles impunidad

Que sepa aquel, a quien ahora halagan y admiran, que no dé por buena la lealtad de estos repentinos partidarios, porque de esta no tienen nada. Mañana, como es normal en la clase política, el olfato de sus intereses le señalará adonde buscar un nuevo amo.

La confusión que para el ciudadano ha creado este trasfuguismo, cuyo fin primario es ocupar al menos alguna capillita donde se disfrute de un poco de poder público, de una teta presupuestal y, si se puede, evadir a la justicia, se ha hecho todavía más profunda por las alianzas inverosímiles que se han dado entre partidos: el partido que está a favor del aborto y los matrimonios homosexuales se alía con aquel que abiertamente se opone a ambas cosas; el partido de la derecha se alía con uno de la izquierda. Pese a que apenas hace doce años, este reclamaba que el primero había ganado la Presidencia de la República mediante un fraude electoral, lo que costó meses de tensión y zozobra, y una toma de posesión vergonzante realizada a punta de empujones y codazos

Cuando se suma el trasfuguismo de la clase política con el pragmatismo de los partidos que han tirado a la basura su ideología e historia, uno se pregunta cómo afectará todo esto al ciudadano común al momento de votar. La clase política asume que los electores se moverán al tronar de sus dedos. Basta que cambien de partido para que también lo hagan quienes eran partidarios del anterior. ¿Será así o este desbarajuste estimulará el abstencionismo?, ¿qué harán los partidarios del PRD de toda la vida?, ¿votarán por un candidato a la presidencia que como político se desarrolló bajo otro ideario y que además pertenece a una élite económica?, ¿en la Ciudad de México, los panistas de hueso colorado votarán por una candidata que proviene de un partido que desde siempre ha gobernado y legislado la Ciudad y cuya longeva dominancia explica buena parte del caos urbano y la corrupción inmobiliaria que impera en la Capital?, ¿escogerán los priístas a un burócrata que nunca militó en el PRI y que ha tenido la flexibilidad necesaria para acomodarse con tres presidentes distintos?, ¿los grupos a favor del aborto y el matrimonio homosexual apoyarán a los candidatos de Encuentro Social

El elenco electoral no estimula el ánimo para acudir a las urnas. “No hay a quien irle”, es frase frecuente en todo tipo de reuniones. La clase política, como todos los días nos revela su pobre desempeño, no es un imán para la atracción de talento. Ahí no vemos a los mejores. La calidad del debate político de la precampaña, que no pasó de una guerra de letrinas, es prueba fehaciente de esta miseria

Las opciones se limitan a tres individuos:

López Obrador, un Trump tropical que está a la espera de sentarse en el despacho presidencial para resolver, con la chispa de su voluntad unipersonal, los problemas nacionales cuya complejidad hace obligado un profundo diagnóstico, una estrategia bien diseñada e implantada y, sobre todo, tiempo para resolverlos. Sus promesas populistas, extraídas de un mágico recetario con el que se cura todo sin dolor, ni costo alguno, evidencian la siembra de la carnada en busca de votos. Sin embargo, más que su populismo, lo que preocupa es lo letal que puede resultar al País la suma de ignorancia, ineptitud y megalomanía.

Si las razones por las que López Obrador no encaja con lo que demanda el puesto de jefe del Poder Ejecutivo están de lado de sus aptitudes y capacidades personales, en el caso de Anaya se refieren a su escasa experiencia para ocupar ese cargo, que justo evidencia en el mentado asunto de la planta industrial. Su experiencia en la Administración Pública Federal ha sido mínima, ni siquiera alcanzó el año, y nunca ha desempeñado un cargo donde en él haya recaído la responsabilidad entera de una organización. Parece un piloto de avioneta, que logró el control de la escuela de pilotos, y  ahora pretende dar un salto mortal para tomar el timón de un súper jumbo.

Por tener una carrera burocrática, Meade es quien más conoce del ámbito público. Por ello se desempeña bien en foros de banqueros e industriales tanto del País como del extranjero. Pero hasta ahora no se le ven espolones para gallo, y vaya que ya está maduro para eso. No tiene la personalidad, ni el carácter para convocar a sumarse alrededor de él. Le resulta difícil despojarse de papel de un segundo de abordo servicial, discreto y eficiente, para asumir que ahora es él quien está al frente del pelotón. Y por más que nos quiera convencer de que atravesó el pantano sin enterarse de las causas que explican su pestilencia, es difícil que le creamos cuando la corrupción y la impunidad son en el actual gobierno una obviedad difícil de ocultar. Esto irrita a la ciudadanía porque reta su inteligencia, lo que inevitablemente lastrará su campaña. Más, porque hasta ahora no hay nada en ella, que haga creer en un nuevo comienzo para romper con décadas de un crecimiento magro que ha entrampado a las generaciones más jóvenes.

Así, veo las cosas al inicio de la campaña presidencial. No soy optimista. Pese a los miles de millones que cada año gastamos en partidos e instituciones para el desarrollo de nuestra democracia, en la baraja política los mexicanos parecemos condenados a recibir siempre cartas de baja denominación que, de poder hacerlo, nos gustaría cambiar

Votar por el que parece el menos malo o votar por aquel que impida el triunfo del peor, es lo que muchos mexicanos ven como su única opción al momento de acudir a las urnas. Pero seamos claros, escoger al menos malo no nos ha hecho, ni hará, un mejor País.

Los diez lemas del político efectivo

 

Político efectivo 2

Un traidor es un hombre que dejó su partido su partido para inscribirse en otro. Un convertido es un traidor que abandonó su partido para inscribirse en el nuestro. Georges Benjamin Clemenceau (1849-1929) 

Las nominaciones de candidatos a ocupar distintos cargos de elección popular hacen evidente que la partidocracia, en su proceso de degradación, ha vaciado a los partidos políticos de principios y contenido ideológico. Hoy, cual sistema de franquicias, lucen como meras maquinarias electorales dotadas de abundantes recursos del erario, que son dirigidas y usadas por individuos cuya principal convicción es la búsqueda del poder público para servirse de él.

Antes, al solo escuchar el nombre de un partido de inmediato lo asociábamos a una orientación ideológica; los términos derecha, izquierda o centro tenían un sentido. Lo mismo pasaba con los políticos, cuyas convicciones manifiestas hacían difícil imaginarlos militando en otro partido o planteando alianzas con aquellos situados en el extremo opuesto a su ideario.

Hoy, partidos y políticos exhiben una mutabilidad tan acelerada que hace imposible ubicarlos en una dimensión ideológica. Las alianzas más descabelladas, que en otras naciones serían inauditas, en México se establecen sin el menor recato, sin siquiera recurrir a los partidarios para pedirles opinión, asumiéndolos como hatos de idiotas que dóciles obedecerán tan pronto escuchen el chiflido de sus dirigentes indicándoles adónde ir. Mientras que, en lo individual, como si fueran jugadores de fútbol en decadencia, los políticos recorren con cinismo cualquier cantidad de partidos, con tal de ponerse debajo de una candileja por pequeña que sea y de asirse de alguna teta presupuestal.

Todo esto ha depauperado el debate político a un extremo hilarante, sobre todo, por lo que vemos y escuchamos. Pero no hablamos, ni confrontamos proyectos nacionales que propongan cómo salir del atasco y resolver los graves problemas del País. Hablamos de personas. Las valoraciones de políticos están centradas en las antipatías y simpatías que generan, en sus dichos y hechos, en sus relaciones personales, en sus meteduras de pata, en sus contradicciones, en su físico y en sus ocurrencias, cuya lista crece en la medida que se preparan para sus sendas campañas.

En este escenario, la observación de quienes hoy se inscriben como candidatos para participar en las elecciones, que desde un ángulo sarcástico podríamos definir como políticos efectivos, me lleva reflexionar sobre cuáles han podido ser los lemas que a este elenco de notables, les ha permitido a sortear tantos obstáculos a largo de su carrera, ya sea corta, larga o en zig-zag, y llegar a su actual posición, desde la cual se proponen como los salvadores de la patria y nos prometen la pronta solución a todos sus agobios.

De mi análisis identifico un decálogo de lemas que asumo los han inspirado:

  1. La memoria empieza a partir del presente.
  2. La duración de una amistad dependerá de la conveniencia.
  3. La traición es lo que hacen otros; uno sólo sigue sus instintos.
  4. El cinismo es poderoso escudo para superar las críticas.
  5. La voracidad aísla, crea enemistades y descubre la retaguardia; cuando se roba hay que compartir.
  6. La miopía y la omisión son elegantes formas de complicidad.
  7. La ambigüedad demuestra agudeza mental.
  8. Los principios son mudables y, sobre todo, teñibles del color que más convenga.
  9. La humildad es ardid electorero para acceder al poder; conseguido este se estará por encima de los demás.
  10. Como Dios en el Génesis; antes de uno todo era caos.

 

El lastre del País: la clase política

El lastre de la clase política

¿Sería posible que en las próximas elecciones federales surgiera en México un movimiento político de refresco, que llevara a la presidencia de la República a una especie de Macron o que diera lugar a que nuevos partidos lograran un peso importante en el Congreso, como ocurrió en Francia y, con Podemos y Ciudadanos en España?, ¿podríamos ver caras nuevas?

La respuesta es un no rotundo.

Las reglas electorales establecidas por los partidos políticos han creado una especie de sistema de franquicias que está protegido por múltiples barreras de entrada, entre las que se incluye el acceso a abundantes recursos de los erarios federal y estatales, y que han sido muy efectivas para neutralizar reformas políticas destinadas a fracturar ese oligopolio, como las candidaturas independientes y las iniciativas ciudadanas.

Concluir que, al menos en el mediano plazo, es imposible la renovación del escenario político y de sus protagonistas nos llena de frustración y tristeza.

Frustración, porque en los puestos, donde deberían estar quienes ayudaran a sacar al País del atasco, seguiremos viendo las mismas caras recicladas que harto tiempo llevan exhibiendo su mediocridad y su desmemoria, la misma grisura de la clase política tan ávida de poder público y de las canonjías lícitas e ilícitas que este conlleva, como carente de talento, valores, convicción e ideología.

Por cuestión de orden es claro que la vida política de una nación debe organizarse en un sistema de partidos. Pero en la delgadez de nuestra democracia, los partidos políticos no son más que logos y nombres que corresponden a estructuras huecas, construidas solo por andamios, porque su fin fundamental es servir para trepar, balancearse y, en caso necesario, saltar de una a otra sin ningún pudor, si eso asegura seguir mamando de la teta presupuestal.

En esta vacuidad ideológica no tiene sentido hablar de derecha e izquierda. En el espectro político mexicano resultan indistinguibles, más aún si nos atenemos al modo como gobiernan y legislan los partidos. Por eso, entre ellos, son posibles las alianzas más inverosímiles. No les estorban principios, ni convicciones, porque simplemente no las tienen; en cambio, les une el anhelo de mantener el oligopolio del poder público para seguir lucrando con él, tanto política como económicamente, y continuar cortejando, en su carácter de clientes preferentes, a los poderes fácticos.

Tristeza, porque no se han cumplido las expectativas que, en su momento, nos inspiró la alternancia política y pluralidad en los congresos. En el 2000 creímos en nuevo amanecer, en un paso adelante en nuestro desarrollo democrático. Pensábamos, ingenuos, que los vicios del presidencialismo y del partido único, menguarían gradualmente para transitar del poder unipersonal al de las instituciones. Pero nos equivocamos, la batuta de la dictadura perfecta, como llamó Vargas Llosa a la longeva hegemonía del PRI, se rompió en cientos de astillas que recogieron los partidos políticos. Estos, como la policéfala hidra de Lerna, asoman sus múltiples cabezas, en los poderes legislativos y ejecutivos, en los tribunales, en el Poder Judicial y en los órganos autónomos, con el fin primario de salvaguardar y engrandecer sus intereses.

El control monolítico del presidencialismo se fragmentó en cantidad de parcelas de poder que, además de reproducir sus peores vicios como la falta de rendición de cuentas y la corrupción en los poderes federales, gubernaturas y municipios, incluida la Ciudad de México, ha propiciado el empeoramiento y la expansión territorial de problemas como la inseguridad, porque en los tres órdenes de gobierno, los servidores públicos, con la bendición y complicidad de sus sendos partidos, ejercen su cargo como si fueran señores feudales, que se llenan la boca diciendo que ellos mandan por voluntad popular.

La agenda nacional no corresponde a las prioridades de la ciudadanía, sino a lo que interese o afecte a la clase política. Basta ver como la conversión del otrora Distrito Federal en entidad federativa, que nunca fue una prioridad para los ciudadanos porque no resuelve los problemas de la Ciudad y cuyo desinterés fue patente al abstenerse en más de setenta por ciento en la elección de la Asamblea Constituyente, se llevó a cabo porque por que los partidos vieron en ella la posibilidad de más cargos públicos que rellenar con sus leales, más parcelas de poder público que controlar y más presupuesto que repartir. Esta voluntad necia para hacer lo que el pueblo no pedía, contrasta con los oídos sordos a cualquier transformación que afecte sus intereses, como ocurre con la reforma constitucional para reducir el financiamiento a los partidos.

Con el presidencialismo, cada seis años había la esperanza de que el cambio del prócer en turno daría lugar a una renovación. Pero con la partidocracia esa posibilidad es una quimera, porque tiene decenas de cabezas y se comporta como una masa chiclosa que traba los engranes y se adhiere a ellos. Hoy están aquí, mañana allá.

Parafraseando a Nietzsche diríamos que, no existe desgracia más dura en la vida de un pueblo que cuando al frente de él no marchan los mejores; entonces todo se vuelve falso, torcido y monstruoso.

Es obvio que el magro crecimiento que el País ha tenido en lo que llevamos del siglo y el empeoramiento de los problemas nacionales como la corrupción, la inseguridad y la desigualdad serían inexplicables, sin considerar el rol que ha jugado la partidocracia en a definición e implantación de leyes y políticas públicas, como en la gestión cotidiana de los poderes ejecutivos, donde al ver cómo actúan sus miembros más destacados, nos queda claro que los partidos no son un imán para la atracción talento, pese a la sobrada astucia que muchos de ellos demuestran para delinquir y, en no pocas veces, para legalizar la corrupción.

Como los reyes absolutistas, resulta difícil pensar que la partidocracia se reforme a sí misma. Para esto se requiere, como sucedió con el Sistema Nacional Anticorrupción, la presión tenaz, la creatividad y la organización de la sociedad civil. Hay muchas murallas que derribar, pero lo más urgente es facilitar la emergencia de nuevas fuerzas políticas, las candidaturas independientes y las iniciativas ciudadanas, para refrescar el debate de los asuntos públicos. Hoy día, ambas posibilidades, implican confrontar trabas prácticamente infranqueables.

Pese a ello, en las redes sociales y en cientos de organizaciones ciudadanas vemos a muchos mexicanos que trabajan con convicción, talento, profesionalismo y en las más de las veces de manera gratuita para beneficio del País, su Estado o su Ciudad, aunque sean conscientes de que su trabajo incansable trasciende a cuenta gotas. En esa labor radica la fuerza para reformar y desechar lo que nos estorba.

Seamos claros, la partidocracia no es un término descriptivo, es un lastre que el País arrastra.