La mitomanía no es un estilo de gobierno; es una enfermedad

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Después de que López Obrador no aceptara su derrota en la elección de 2006, decidió investirse y actuar como presidente “legítimo”. Montó una escenografía para su toma de posesión, se cruzó el pecho con una banda presidencial adornada con el escudo nacional del período juarista y rindió protesta arropado por sus seguidores.

La bufonada no pasó de un acto político que se desvaneció como fuego artificial. Sin embargo, la audacia para llevarla a cabo evidenció con claridad meridiana un rasgo relevante y repetitivo de la personalidad de López Obrador, que consiste en crear una realidad paralela, actuar como si esta existiera y asumir que los demás también creen en ella.

Agreguemos ejemplos ilustrativos:

Primero. López Obrador simplifica la historia del México independiente en tres transformaciones para entonces proponer una cuarta que él lidera. Así, escala hasta la cúspide de su imaginario Monte Olimpo para unirse a Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero y Zapata. Sin embargo, a diferencia de estos que tenían clara su meta, López Obrador no ha podido explicar con suficiente detalle en qué consiste la cuarta transformación y, sobre todo, cómo se verá una vez terminada. Tuvo la oportunidad de hacerlo cuando presentó el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, pero todo quedó en un manifiesto político y en un documento de escasa calidad. Pero, aún así, el término “cuarta transformación” se ha convertido en una suerte de jaculatoria del actual gobierno con la que se bendice cualquier cosa; desde una iniciativa presidencial hasta la respuesta a un periodista por criticar a un funcionario.

Segundo. Cuando en julio de 2018 se anunciaron los resultados de la última elección presidencial ocurrió un hecho inédito en la historia moderna del País: el candidato ganador se asumió, de facto, como jefe del Poder Ejecutivo sin siquiera esperar a ser declarado presidente electo, mientras que Peña Nieto, el presidente en funciones, se hizo de lado de manera vergonzante en espera de que su servilismo se tradujera en clemencia y olvido, en tanto nuestra endémica debilidad institucional no logró calmar las calenturas del ganador, que llegó al extremo de ordenar una consulta espuria para cancelar la principal obra de infraestructura del gobierno anterior, mientras que envalentonados por el arrojo de su jefe, varios de los miembros de su gabinete se comportaban como sí ya estuvieran en funciones, dando órdenes, invadiendo propiedad privada y apersonándose con ínfulas frente a terceros para exigirles documentos.

Por último, el hecho más reciente que confirma el mismo patrón de comportamiento ocurrió cuando López Obrador leyó en Palacio Nacional su primer Informe de Gobierno enfrente de una mampara donde se nombraba el acto como “Tercer informe de Gobierno al pueblo de México”. Esto hizo pensar a muchos que se trataba de un error, pero más tarde se aclaró que, en la realidad paralela del presidente, este considera también como informes, los sendos discursos que pronunció a los cien días de su mandato y al año de su elección. Así, el ingenio popular acuñó el disonante término de primer-tercer informe.

Sumemos a los ejemplos mencionados las muchas veces que López Obrador ha negado la evidencia empírica aduciendo que él tiene otros datos que nunca presenta, sus proyectos planteados sin ningún sustento, su intransigencia cerril para aceptar opiniones de expertos cuando estas difieren de las suyas y su desprecio por la memoria colectiva al ensalzar como ciudadanos ejemplares, incluso granjearles negocios, a los mismos que antes catalogaba como rapaces miembros de la mafia del poder y cuya fortuna se debe a la privatización que llevó a cabo su acérrimo enemigo, Carlos Salinas, durante la “larga noche de neoliberalismo” como él la definió.

De lo anterior, podemos deducir que este comportamiento reiterado no es un estilo de gobierno, ni obedece a argucias políticas para zafarse de un problema y salirse con la suya, sino que parece un caso de mitomanía, dicho esto no con el ánimo de ofender, sino preocupado por las implicaciones que para la marcha del País tiene la tendencia del presidente a explicar hechos y situaciones a partir de argumentos que no se ajustan a la verdad, que no existen o que simplemente resultan risibles, como cuando pide a los delincuentes que dejen de serlo para no preocupar a sus madres.

Como pasajeros que somos del avión que él pilota, nos sentimos intranquilos por sus virajes temerarios, porque en el radar meteorológico aparecen manchones rojos que indican tormentas y presencia de hielo en nuestra ruta y porque oímos zumbidos de las alarmas prendidas en el tablero de control. Sin embargo, López Obrador, como si fuera sordo y daltónico, no oye ni distingue el color de las manchas hacia donde nos dirigimos y mantiene el rumbo. Nos describe otra realidad. La tripulación calla y menos aún entiende. Fueron deliberadamente escogidos para obedecer, para decirle a todo que sí. Apenas dos osaron advertirle de los riesgos inminentes. Asumirse como mensajeros de las malas nuevas les costó su renuncia y la denostación de quien antes los alababa.

En una democracia madura los contrapesos institucionales sirven para acotar a quienes tienen a su cargo el gobierno. Pero, no es nuestro caso. Menos ahora cuando el mismo partido controla los poderes Ejecutivo y Legislativo, mientras que en este último el nivel profesional de sus miembros ha descendido por debajo de cotas que ya se consideraban mínimas.

La realidad lo irá poniendo en su lugar, dicen algunos, ya se vio con las constructoras de los gasoductos donde tuvo que recular. Pero, no hay ninguna garantía de que siempre sucederá así y, menos aún, de que ocurra antes de que haya daños irreparables o se llegue a situaciones irreversibles. Sobre todo, porque el círculo cercano de López Obrador actúa como un filtro que solo le hace llegar lo que él quiere oír y ver porque esto les garantiza su propia supervivencia. Por otro lado, aun frente a resultados negativos, el mitómano puede echar mano de mil pretextos para justificar su suerte, culpar a otros y seguir terco en el rumbo que se ha marcado.

Uno quisiera ser optimista y pensar que López Obrador tarde o temprano reconocerá la realidad y que además madurará como jefe de Estado. Pero, su carácter e inteligencia no permiten albergar muchas esperanzas.

La posibilidad más cercana para al menos contener los daños está en que en las próximas elecciones la oposición logre ser mayoría en la Cámara de Diputados para servir de contrapeso. Pero, el panorama tampoco es halagador. López Obrador trabaja con vehemencia regalando dinero para comprar millones de voluntades, mientras la oposición luce fragmentada, sin ideas que atraigan y sirvan de refresco, y sin líderes que se puedan considerar como una opción creíble y seria.

La alta popularidad de López Obrador y el bien ganado descrédito de su predecesor favorece que amplios sectores de la población sean tolerantes, incluso lleguen al extremo de la negación, cuando él falta a la verdad o plantea absurdos. Las mentiras serán verdades mientras alguien las crea.

¿Qué nos queda? Esperar a que la realidad que no cimbra al presidente, sí lo haga con la ciudadanía para que nuestra democracia madure y la sociedad asuma su responsabilidad y juegue un rol más activo. Más vale hacerse oír para obligar a quienes gobiernan y legislan a modificar el rumbo, que lamentar a posteriori las consecuencias de lo que callamos o no supimos atajar a tiempo.

 

Un pensamiento en “La mitomanía no es un estilo de gobierno; es una enfermedad

  1. Excelente articulo. Nos planteas la situacion tal como es, y es preocupante. No pasa semana sin que salga con alguna barbaridad o idiotez. A su transformacion de cuarta les deberian mostrar a sus “heroes” tal y como fueron. Eran humanos e hicieron graves errores, pero nadie los cuenta en los libros de historia oficiales. Deseamos que la ciudadania responda con sensatez a las proximas elecciones.

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