Romero y Lozoya: ¿leales a quién?

López, Lozoya, Romero y Peña2

Hace un año, Octavio Romero Oropeza fue nombrado, extraoficialmente, director general de PEMEX. Otra vez se integraría al gabinete de su amigo, como ocurrió en 2000 cuando este ganó la Jefatura de Gobierno del otrora Distrito Federal y lo designó oficial mayor. Hasta ese momento su única experiencia en la Administración Pública. Quizá al saber de su nombramiento debió pensar en quién gestionaría sus propiedades y cuidaría a sus animales.  Eso, además de la política tabasqueña, era lo suyo; el campo, la ganadería. Por ello estudió agronomía, aunque no se tituló. En cambio, de petróleo y de administrar empresas no conocía nada. Qué iba a saber él de cuestiones técnicas, financieras, actuariales, jurídicas, contractuales y laborales, de ingeniería de procesos, del mercado de capitales, de las calificadoras, de cómo gestionar una empresa gigante y, menos aún, de reservas, campos y pozos petroleros.

Hoy, pese a que Romero no cumple ni de lejos con los requisitos establecidos en el artículo 20 de la Ley de Petróleos Mexicanos para ser su director general, está al frente de la empresa más grande de México cuyo peso específico hace que su compleja problemática operativa y financiera gravite en la economía del País y, sobre todo, en el erario federal. Sin embargo, él ocupa este cargo porque en nuestra cultura política es normal que la amistad y lealtad suplan a la Ley y, lo que es peor, al sentido común. Este, al menos, cribaría los granos más gruesos de ignorancia e ineptitud.

Pero, López Obrador no es original. Varios de sus predecesores hicieron lo mismo. Peña Nieto nombró a Emilio Lozoya, director general de Pemex sin que este hubiera antes dirigido ninguna empresa, salvo las que él mismo creó, y con una exigua experiencia en el sector público que se limitaba a haber sido analista en el Banco de México. Nunca había trabajado de manera directa en el sector petrolero y hasta ese entonces su carrera profesional la había desarrollado en el ámbito de la consultoría e ingeniería financiera. De hecho, esta fue la vía que le permitió relacionarse con Peña Nieto cuando este era gobernador del Estado de México. Hoy, en su escondite, quizá maldiga el día que lo conoció.

En teoría y si las cosas se tomaran con la seriedad que ameritan, la complejidad y relevancia nacional de PEMEX deberían ser motivo para que los presidentes en turno ordenaran que se realizara un proceso serio de selección para buscar, entre los mejores, a su director general. De haberse dado este mecanismo, Lozoya y Romero difícilmente hubieran llegado a las fases intermedias y, con seguridad, ninguno habría figurado entre los finalistas.

Sin embargo, los presidentes de la República no se asumen como gestores temporales de un patrimonio público sino como sus dueños. Por ello, no tienen ningún pudor en designar para ocupar cargos públicos a individuos sin las mínimas calificaciones para ejercerlos, como también en despedir a funcionarios sin importarles su desempeño, ni las muestras tangibles de su talento, profesionalismo, honestidad y convicción de servidores públicos.

Sin embargo, esa visión patrimonialista no se limita a la dependencia, a la entidad, a los recursos presupuestales, o a los cargos bajo su responsabilidad, sino que muchas veces abarca la voluntad del individuo que se designa para ocuparlo. Más si su perfil está lejos del ideal para desempeñarlo. Se le coloca en un puesto específico para que, sin chistar, haga lo que se le ordene. Lealtad y servilismo terminan confundiéndose.

Por ello, resulta inverosímil que, sin haber contado con la anuencia de Peña Nieto y la opinión favorable de Videgaray respecto al procedimiento planteado para llevar a cabo las operaciones, Lozoya haya recomprado a precios inflados y en condiciones ventajosas para Ancira y Covarrubias, las mismas plantas de urea y fertilizantes fosfatados que años atrás Salinas privatizó a favor de estos a precio de cacahuates.

El abogado Coello ha solicitado, sin éxito, la comparecencia de Videgaray y Peña Nieto para demostrar lo anterior. Incluso, ha ofrecido como prueba el listado de un acuerdo que tuvo su cliente con el segundo donde, en apariencia, está incluido como un asunto a tratar la compra de una de las plantas. Aun así, dudo que alguna vez se encuentre un documento donde explícitamente Peña Nieto instruyera a Lozoya para celebrar las operaciones. Es común que muchas de las instrucciones y vistos buenos que dan los presidentes se hagan verbalmente, dejando en manos de secretarios y directivos de las entidades paraestatales la manera de formalizarlas. Esta es una de las fórmulas mediante la cual ellos mismos se cuidan las espaldas y dejan el peso de la responsabilidad en sus subordinados que, ingenuamente, asumen que la figura presidencial los cobijará para siempre.

Lozoya fue leal a quien lo nombró para ocupar un puesto para el que no tenía la experiencia, ni las calificaciones necesarias para desempeñarlo, pese a su pedigrí académico y conocimientos financieros. Peor aún, cuando dejó estos de lado para aceptar un proceso de compra tan notoriamente desventajoso y lesivo para Pemex que solo puede explicarse por dos razones: ineptitud o corrupción. Al parecer, las muestras visibles de su patrimonio personal y la maquinación para moverlo alrededor del mundo a través de cuentas y fondos hacen pensar en lo segundo. Tarea que, dado el volumen de recursos involucrados y los vistos buenos que hubo que recabar a lo largo del camino, hacen suponer que no la realizó en solitario, ni por su sola iniciativa y menos aún para su solo beneficio.

Lozoya y su familia viven una tragedia personal que hace seis años, en la cima de su éxito, no imaginaron padecer. Mientras que sus acciones como director de Pemex han dejado una secuela de quebrantos financieros e inversiones sin sentido, que repercuten negativamente en el patrimonio nacional.

Romero sabe que no está al frente de PEMEX por su perfil profesional, sino para hacer lo que puntualmente le ordene su jefe y amigo. Esto es modificar en los hechos la Reforma Energética del sexenio pasado y construir la refinería de Dos Bocas, pese a que en ambos casos no existan argumentos técnicos que lo justifiquen y a las implicaciones que esto tendrá en el erario federal y, sobre todo, en la calificación de la deuda soberana de México y en la estabilidad cambiaria. Ya tuvimos una probada de su impericia a principios del año, cuando la suspensión temporal de las importaciones de gasolina provocó un crisis de abasto que duró varias semanas y costo miles de millones de pesos.

Cuando un servidor público entiende que su única lealtad es con quien lo designó, la Administración Pública se convierte en el medio para instrumentar, a costa del erario, caprichos, sueños de opio o transferir a manos privadas lo que es de todos.

La única lealtad de un servidor público es con la nación y las leyes que juró respetar. Estas no distinguen jerarquías. A todos obligan por igual. Negarse a obedecer al jefe, cuando sus decisiones o acciones no se ajustan a la legalidad y a los intereses del País es poner a la Patria primero y dar una muestra de integridad personal. Pero, de estos hay pocos y más cuando deliberadamente se buscan subordinados que a todo digan que sí.

4 pensamientos en “Romero y Lozoya: ¿leales a quién?

  1. Hola Alfredo: Gusto en saludarte. Realmente crees que Lozoya haya hecho esto? Será tan ingenuo para poner en riesgo todo su patrimonio y perderlo? O se les sube a la cabeza el puesto y por tanto el poder? O fue obligado? Que pasa en la mente de estas personas para complicarse la vida? Ambición de poder de todos tipos que inflan su ego?

    Sinceramente me cuesta trabajo creerlo! Y sabes también porque en México se fabrican delitos con tal de cumplir sus promesas o por venganzas!!

    Estoy de acuerdo en que las leyes se las brincan por el arco del triunfo al designar a personas no aptas para el puesto.

    Un fuerte abrazo Luis Carlos Vargas

    Enviado desde mi iPhone

    El 3 ago 2019, a la(s) 20:41, Alfredo Acle Tomasini escribió:

    > >

    • Lozoya nunca había trabajado en la Administración Pública. Desconocía por completo su cultura organizacional. El instrumentó la recompra de dos empresas paradas a un precio inverosímil. Obvio que no lo hizo sin el visto bueno de Peña. Quizá pensó que esa bendición lo exculparía de cualquier problema. Pero, ahora no hay quien lo apoye. Te envío un abrazo y gracias por tu comentario

  2. Muy bien descrito el desastre de la administración pública en México.
    En Hacienda nombraron a Herrera, que parece tener el perfil que les gusta a los presidentes…. el clásico SI SEÑOR… pobre México.

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