¿Quién para al aprendiz de brujo?; el turno de la sociedad civil

 

Human hand showing "stop sign"

Pasmados por lo inédito del episodio político que estamos viviendo, no hemos tenido siquiera tiempo para el asombro y para advertir que nos encontramos en medio de un territorio inexplorado. Ahí, abruptamente, nos colocó el resultado de las últimas elecciones federales.

Como una tromba, sin siquiera esperarse a ser declarado oficialmente presidente electo, López Obrador se apropió, virtualmente, del despacho presidencial, mientras que Peña Nieto, todavía en funciones como jefe del Poder Ejecutivo, se empequeñeció de manera humillante hasta la irrelevancia, quizá como un gesto en espera de ser recompensado con benevolencia y la complicidad del omiso.

Las formalidades republicanas que hasta ahora habían marcado el tiempo y forma de los relevos presidenciales quedaron de lado. No se diga, el período de vigilia que se daba entre la elección y la toma de protesta, mismo que los presidentes electos utilizaban con discreción y sin entrometerse en la gestión de su predecesor, para planear los primeros pasos, integrar a su equipo y amarrar los cabos que pudieran estar sueltos con grupos políticos, sindicales, empresariales, religiosos, sociales, etc.

Cómo si para él un sexenio fuera no solo un suspiro, sino el último de su vida, López Obrador, en su oficiosa calidad de cuasipresidente constitucional, ha anunciado a lo largo de los últimos meses, una serie de acciones y decisiones que tomará una vez que asuma el cargo. Aunque algunas ya han sido concretadas por su partido en el Congreso.

Las palabras pesan distinto en la boca de un candidato, que en la de un presidente electo. El primero, en ánimo de ganar adeptos, puede darse el lujo de plantear cualquier cantidad de ocurrencias deshilvanadas, sin ningún soporte técnico que las avale y sin formar parte de algún programa que permita contextualizarlas. Pero, si es el segundo quien hace todo esto, provocará en la sociedad preocupación y desasosiego, porque ésta ya no lo verá como el aspirante parlanchín que, pese a sus estridencias, era inocuo dada su lejanía del timón del País, sino como aquel que en breve lo tendrá en sus manos y así, definirá también buena parte del rumbo de la Nación.

Por ello, los anuncios y decisiones de López Obrador como presidente electo, incluso sus vueltas a ciento ochenta grados, han calado en muchos sectores de la sociedad, provocando efectos negativos en la economía, en el sistema financiero, en el erario federal, en la administración pública y en el bienestar de miles de personas cuyos empleos han sido condenados a desaparecer, sin mayor argumento que un capricho. Las ocurrencias de antaño van poco a poco convirtiéndose en decisiones de gobierno y con ellas se hace más nítido el perfil y los previsibles comportamientos de quien lo encabezará.

La obra teatral que, en varios actos, escenificó López Obrador durante meses para cancelar el NAICM, lo proyecta como un individuo que actúa con base en ideas preconcebidas, que es incapaz de modificar pese a la evidencia en contra. Por ello, está abierto a sumar opiniones que apoyan su punto de vista y, en cambio, desecha, aun habiéndolas solicitado, aquellas que lo contradigan. Su decisión, tomada meses atrás, la quiso legitimar escudado en su bono de popularidad, al grado de ignorar la Ley de Consulta Popular, y organizar una consulta espuria para oír la voz del pueblo de la cual él se considera fiel intérprete. Quizá, por eso mismo, no tuvo el menor recato para hacerse acompañar y darle un papel protagónico a su amigo Rioboo, personaje opaco vinculado a la industria de la construcción. Tampoco, le importó engañar a los empresarios dándoles a entender o enviándoles mensajes con Alfonso Romo de que continuaría el proyecto de Texcoco.

La marrullería denota astucia, pero no inteligencia. En este capítulo, su comportamiento y el atrevimiento de cancelar un proyecto en marcha de gran envergadura y complejidad, a cambio de apoyar algo que no pasa de un concepto, revelan medianía, ignorancia de cuestiones básicas en temas financieros, administrativos y de gestión pública y, la dificultad que tiene para visualizar escenarios complejos, así como para entender las aristas, la profundidad y las dificultades que implican llevar a la práctica sus decisiones y, menos aún, para prever sus consecuencias y valorar cómo reaccionarán aquellos que las juzguen o se vean afectados, sin importarle que entre estos se encuentren muchos que votaron por él. En el absurdo, si en un momento dijo que sus convicciones lo llevaban a luchar contra la corrupción, en otro, argumenta que sus convicciones lo obligan a no actuar contra los corruptos. Asume, que su base de simpatizantes tiene una resiliencia infinita y una brevísima memoria.

Este mismo patrón de comportamiento se observa con claridad en otras de sus decisiones como: la modificación de la estructura, funcionamiento y política de remuneraciones en la Administración Pública Federal, su estrategia de seguridad pública, el desmantelamiento del Estado Mayor Presidencial, el proyecto del Tren Maya, la construcción de la refinería en el Puerto de Dos Bocas y la modificación de la Ley del SAT, para rebajar los requisitos profesionales necesarios para ocupar el cargo de titular y así poder designar a la hija de un amigo suyo.

Hay ocasiones cuando la temeridad se inspira en la valentía para asumir riesgos, pero en otras, es solo resultado de la ignorancia y la soberbia. A partir de su autoasumida infalibilidad, López Obrador considera que todo lo que se opone a sus ideas es producto de confabulaciones, triquiñuelas, intereses perversos, complots, dogmas reaccionarios, etc. Parecería que su vida es una lucha constante entre el bien, que él representa, y el mal donde están todos aquellos que no comparten su manera de pensar y cuyas acciones no tienen más propósito que cerrarle el paso y hacerlo fracasar en su misión histórica de realizar una gesta que lo equipare con los héroes patrios. Desde esta perspectiva maniquea e inflado narcisismo, no cabe la posibilidad de que quienes piensen distinto a él, lo hagan de buena fe, con base en su experiencia y conocimientos técnicos de los que él carece y, además, tengan la razón.

Desde su arrogancia, López Obrador ignora que, aun habiendo logrado un triunfo contundente en las elecciones presidenciales, esto no lo hace, en automático, un jefe del Ejecutivo confiable. Los votos, por muchos que hayan sido, están en el pasado como un mero registro, en cambio, la confianza en un presidente de la República está sujeta a un cotidiano refrendo por parte de la ciudadanía, expresándolo de múltiples maneras y no solo mediante encuestas de popularidad.

Cierto que López Obrador aún no ha empezado su mandato. Pero, la forma atrabancada como ha irrumpido en la conducción del Gobierno, plantándose en medio del escenario como un aprendiz de brujo que recién empieza disfrutar de sus poderes, dando manotazos sobre el tablero de mando y anunciando decisiones controversiales, mal fundamentadas, improvisadas o que francamente ofenden la inteligencia, como su virtual pacto de impunidad, ha calado de manera negativa en la confianza de la ciudadanía que, a diferencia de él, sí escucha y considera con interés la voz de los expertos que en distintos campos le han señalado errores y riesgos, advirtiendo que a lo largo de una ruta vagamente señalada y, todavía, con incierto destino, habrá turbulencias severas y obstáculos importantes que sortear.

López Obrador no debe ignorar que en el otro extremo del tablero de ajedrez están sentados muchos jugadores que reaccionan a lo que él haga o a lo que sus decisiones puedan provocar. Esto explica, en alguna medida, lo que ha sucedido con el tipo cambiario, los flujos de capitales y la tasa de interés, lo que sumado afecta de manera negativa a las finanzas públicas.

El ánimo es de reserva. No mover ficha y tener a la mano un plan B si las cosas van a peor. Prudencia respecto a emprender inversiones o contratar créditos. Esto es lo que se respira en muchas empresas y, de hecho, en muchos hogares. Más los que ven cercana la posibilidad del desempleo, la disminución de los ingresos y el acrecentamiento del peso de sus deudas.

Pero en este territorio inexplorado y de la mano de un aprendiz de brujo, la incertidumbre se dispara y la planeación de escenarios se complica, porque no se ve claro quién será su contrapeso para evitar el desbarranco. A primera vista, la baja talla del gabinete no permite identificar en él a alguien que pudiera, eventualmente, plantarle cara a López Obrador. Menos aún, es dable pensar que el Congreso servirá de dique, lo previsible es que sea una servil caja de resonancia, cuyos dislates esperamos que, en su momento, corrija el Poder Judicial.

¿Madurará López Obrador como jefe de Estado, a lo largo del período presidencial, como ocurrió con Zedillo? No soy optimista por su edad, inteligencia, formación y carácter. Me preocupa la forma cómo, a lo largo de su jornada sexenal, procesará los fracasos, las críticas, las frustraciones, el desgaste, la sensación de que cada día es uno menos y, cómo ejercerá de árbitro entre distintos grupos de interés y fuerzas políticas, incluso las suyas, rol que inevitablemente los presidentes deben asumir.

En este momento histórico en medio de un territorio inexplorado, la sociedad civil debe, como nunca, asumir un rol protagónico en todos los frentes. No solo la que está estructurada en organizaciones y asociaciones, sino también la que representan los millones de ciudadanos que se expresan en múltiples foros. No se trata de combatir a López Obrador sino de actuar, con argumentos, como un contrapeso para que no pierda el equilibrio, para que no fracase, porque en su caída nos arrastrará a todos. Nadie quiere que se cumplan las advertencias que se le hacen al momento de tomar decisiones equivocadas. Por ello, no hay que dejar de señalarle sus errores, la necesidad de que rectifique antes de que tropecemos y, sobre todo, de recordarle que la construcción de México es y ha sido resultado de una tarea colectiva, en especial durante los hitos de su historia, y no consecuencia de la sola voluntad de algún iluminado.

El demoledor memorándum que ignoró López Obrador

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En la noche previa al hundimiento del Titanic, en el cuarto de comunicaciones se recibió un telegrama del buque Mesaba, advirtiendo de la presencia de icebergs. El encargado, acusó recibo y en lugar de entregarlo de inmediato al puente de mando, se dedicó a enviar los telegramas de los pasajeros que se habían acumulado por una falla del sistema de transmisión el día anterior. El capitán mantuvo el rumbo trazado, ignorante del infranqueable obstáculo que le aguardaba y del destino mortal que tendrían él y mil quinientos pasajeros que lo acompañaban.

Sirva esta introducción como una analogía de lo que está ocurriendo con el asunto del NAICM, para resaltar, por un lado, la enorme responsabilidad de quienes tienen en sus manos información crítica y, por el otro, que ocultarla o desconsiderarla al momento de tomar una decisión, ya sea por imprudencia o para privilegiar sus intereses, no modifica su contenido, ni elimina los riesgos que lo narrado en este pudieran representar a terceros.

El 18 de octubre, MITRE* entregó a Ruiz Esparza, secretario de Comunicaciones y Transportes, un memorándum sobre “la problemática del plan AICM + Santa Lucía”, firmado por su Director Internacional, Bernardo Lisker y copiado a Romo y Jiménez Espriú, miembros del Equipo de Transición, con quienes había tenido contacto desde 2015.

Sin embargo, Jiménez Espriú ignoró el memo de MITRE y, en cambio, anunció el 24 de octubre, a escasos días de la consulta espuria, que con base en un estudio que contrató con Navblue, filial del Grupo AirBus, el AICM y Santa Lucía podían compartir el espacio aéreo, pese a que se trató de un análisis conceptual que como tal se basó en un buen número de supuestos y salvedades, que están claramente expuestas en el texto del informe presentado por dicha firma consultora. Más aún, esta deja claro en cada página del reporte, que este no provee ninguna conclusión definitiva respecto a que la operación simultánea de ambos aeropuertos pueda hacer frente al incremento del tráfico aéreo.

¿Por qué Jimenez Espriú ignoró el memo de MITRE, pese a la solidez técnica y al conocimiento profundo que esta organización tiene del espacio aéreo mexicano desde hace más de veinte años y a su estrecha relación con la Agencia Federal de Aviación de Estados Unidos (FAA), País con el que tenemos el mayor tráfico aéreo internacional?

La razón es muy obvia; sus conclusiones son demoledoras respecto a la operación simultánea del AICM y Santa Lucía y, claramente, evidencian que la decisión tomada por López Obrador de suspender la construcción del NAICM, es un salto al vacío y la ruta más corta a una serie de enredos financieros, presupuestales, administrativos, aeronáuticos y laborales —¿icebergs?—, que inevitablemente los mexicanos tendremos que afrontar, pagar sus costos y, seguramente, volver atrás para retomar la opción que hoy se abandona, a menos que el presidente electo tenga la lucidez para recapacitar y cambiar de opinión.

Señalo los temas que me parecen más relevantes del memorándum, cuya liga está al final de este artículo.

“No hemos analizado la capacidad operacional (llegadas + salidas) del plan (AICM y Sta. Lucía), pero sabemos que será sumamente baja, sólo faltándonos saber si será peor que la ya lograda por el AICM. No comprendemos cómo se habla de capacidad antes de emprender estudios de espacio aéreo.”

Se desprende de lo anterior que, dada la complejidad de la gestión del espacio aéreo compartido entre las dos terminales, el obligado espaciamiento entre vuelos por razones de seguridad, como alguna vez lo admitió Jimenez Espriú, dé como resultado, que la suma de sus operaciones represente un incremento muy pequeño respecto al número de ellas que actualmente se llevan a cabo en el AICM, incluso pudiendo ser menor.

Esta posibilidad nulifica o limita de manera significativa el supuesto de que Santa Lucía podría recibir una parte importante del incremento previsto en el tráfico aéreo a mediano y largo plazo, lo que hace absurdo suspender la construcción del NAICM y emprender la incierta aventura de construir una nueva terminal en la Base Aérea.

La última frase del comentario de MITRE deja claro que los aeropuertos se planean de arriba hacia abajo. Por eso, es una temeridad o una muestra de supina ignorancia, que sin estos análisis se empiecen a dibujar los planos de Santa Lucía y hablar de números de pasajeros. Quizá, por la segunda razón, pusieron, contra las normas de seguridad aeroportuaria, los estacionamientos debajo del edificio terminal.

“No hemos realizado el complejo rediseño del espacio aéreo que el plan requeriría, pero sabemos que será muy complicado de manejar para los controladores aéreos, dada la orografía. Es un error comparar el Valle de México con Nueva York o Londres.”

Este comentario debe considerarse como una advertencia muy seria en materia de seguridad, porque anticipa la creación de un escenario complejo para fines de gestión del tráfico aéreo, con el consiguiente incremento de riesgos. Más, si consideramos las condiciones meteorológicas del Valle de México que imperan durante buena parte del año.

Estas dos primeras acotaciones de MITRE delinean una posibilidad absurda; no solo podría darse un incremento bajo en el número de operaciones, sino que este se haría a costa de hacer más compleja la gestión del tráfico. Es decir, el costo superaría con creces al beneficio.

Para fines de diseño, cuando se trata de vehículos y personas en movimiento, la complejidad se convierte en la hermana de la inseguridad. ¿Por qué los usuarios del aeropuerto y los habitantes del Área Metropolitana del Valle de México, sobre cuyas cabezas pasan miles de aviones al año, deben con la inclusión de Santa Lucía correr el riesgo de un espacio aéreo más inseguro y, en adición, seguir padeciendo el ruido de las aeronaves, cuando ya existe una opción mejor a la mano?

“No hemos realizado los trabajos obligatoriamente necesarios de tipo fotogramétrico para conocer con alta resolución el terreno hacia el norte (hacia Hidalgo pues Santa Lucía lo requeriría). Ese por sí solo es un trabajo de ocho meses.”

Este plazo, junto con el lapso que demandan los estudios ambientales y, que deben ser previos al diseño del aeropuerto, echan por tierra el supuesto plazo de tres años para que Santa Lucía entre en operación. Más aún, si como lo menciona MITRE, será necesario comprar terrenos, es decir expropiar, para instalar los equipos que requieren los aterrizajes por instrumentos, ya que la actual pista de Santa Lucía solo permite aproximaciones visuales. Situación que, por un lado, reitera lo que muchos técnicos señalaron desde un inicio respecto a esta opción, en el sentido de que la superficie actual de la Base Militar era insuficiente para construir un nuevo aeropuerto y, por el otro, que es más probable que el NAICM esté en operación el segundo semestre de 2022 antes que Santa Lucía esté terminado. Con la salvedad de que, para hacer frente al incremento previsto del tráfico aéreo, el primero sería una solución a largo plazo y, el segundo, solo un parche, sin que hasta hoy sepamos para cuánto tiempo pueda alcanzar.

MITRE también menciona que, si ya la operación de Sta. Lucía es compleja con una sola pista, la operación simultánea de dos separadas por 1,500 metros haría el escenario aún más complicado, con la salvedad de que habría que hacer estudios muy detallados para determinar si esa separación es segura, lo que podría hacer que se necesitara más terreno.

“En resumen, no debería considerarse la coexistencia del AICM y Santa Lucía sin tomar en cuenta la complejidad que reviste su operación y el hecho de que dista mucho de haber sido completado un estudio aeronáutico serio. Los riesgos son claros y presentes. Además, aún en el mejor caso, no resolverá el problema de la demanda más allá de muy corto plazo (algo ya mencionado en 2013 por OACI)”.

Si con oportunidad el capitán del Titanic hubiera conocido el telegrama del Mesaba, con seguridad hubiera dado las órdenes para proteger a los pasajeros, a los tripulantes y a su navío. En cambio, López Obrador, pese a tener la información en sus manos, decidió hacer caso omiso de la opinión de una de las organizaciones con mayor reputación a nivel mundial en el campo de la navegación aérea, como también hizo con muchos documentos y presentaciones que se les entregaron a los miembros del Equipo de Transición, para seguir necio en una decisión que quizá tomó hace años.

Pero, el problema para él es que dicha información es conocida por infinidad de círculos y sectores en México y el mundo, que pueden anticipar, como MITRE, las dificultades por venir y dimensionar la magnitud de las consecuencias de este error inaudito. Por ello, para muchos de los que viajamos en este barco llamado México, el golpe de timón que ha dado López Obrador nos parece demencial, poniéndonos en estado de alerta. Quizá, los cantos y gritos de quienes siguen en el salón de fiestas celebrando su victoria, le impidan escuchar cosas que no sean alabanzas a su ego. Pero eso no elimina los riesgos advertidos, ni modifica una realidad que, inexorable, está cada día más cerca. Iniciamos la azarosa travesía sexenal preocupados, muy preocupados, por la capacidad y aptitudes de quien en sus manos tendrá el timón y sabedores de que actúa sin ningún contrapeso que lo haga consciente de sus errores, limitaciones y, sobre todo, de su mortalidad.

MITRE (Massachusetts Institute of Technology Research & Engineering) es una organización no lucrativa dedicada, entre otras cosas, a la navegación área.

OACI.- Organización de la Aviación Civil Internacional

http://www.aeropuerto.gob.mx/doc/MITRE_Carta_resumen_en_torno_a_la_problematica_del_plan_AICM+Santa_Lucia_(12_octubre_2018).pdf