Quien no se ha quemado, no le teme al fuego

niño fuego

Hace tiempo me preguntaron, si consideraba que los millenials, definidos como aquellos que alcanzaron la mayoría de edad en este siglo, determinarían los resultados de las elecciones.

Mi respuesta inicial fue que también deberíamos considerar el envejecimiento de la población. Por ejemplo, el promedio de los mayores de edad pasó de 37.5 en 1994 a 41.4 años en 2018. Lo que, en principio, haría suponer que se trata de un universo de votantes más maduro con una carga de experiencia a cuestas, que quizá lo haga más adverso a los riesgos inherentes de las propuestas que impliquen cambios drásticos. Actitud contraria a la que, con seguridad, prevalece en los segmentos de votantes más jóvenes para quienes todo es nuevo, mientras que su conocimiento de lo que haya ocurrido en el pasado es probable que se limite a anécdotas contadas por sus padres.

Pero el dato de un elector promedio es demasiado grueso para sacar conclusiones, por lo que me pareció útil clasificar a los votantes potenciales por rangos de edad. Para ello, los agrupé según el sexenio cuando alcanzaron la mayoría de edad. Esto lo represento en la siguiente gráfica, donde a usted le será fácil ubicarse y conocer el peso relativo que cada grupo tiene en el total.

Población mayor de 18 años agrupada según el sexenio cuando alcanzaron la mayoría de edad*Población en edad de votar agrupada por sexenio 2

Como se observa, quienes alcanzaron la mayoría de edad después del 2000, representan el 43% del electorado potencial. Cierto que es un porcentaje importante, además de que los jóvenes suelen acudir a votar en una proporción más alta que el resto. Pero, no es mayoritario, incluso ha ido disminuyendo su peso, porque al envejecer la población, la pirámide de edades se ha alargado y perdido anchura en su base.

Por otro lado, etiquetar como millenials a personas cuya edad varía entre 18 y 36 años, no parece un punto de partida sólido para comprender e inferir sus preferencias electorales, si consideramos las diferencias que, entre esos extremos, puede tener un ser humano en cuanto a madurez y circunstancias de vida. El carácter reduccionista de las etiquetas a menudo no ayuda a entender la realidad.

Sin embargo, con base en este agrupamiento de la población, nos podríamos preguntar: ¿Cómo afectarían las preferencias electorales de cada grupo, los escenarios económicos y políticos por los que han atravesado a lo largo de su vida? Para lo cual añadí a la gráfica anterior, el incremento promedio del PIB per cápita en cada sexenio, lo que se representa con la línea roja.

Población mayor de 18 años agrupada según el sexenio cuando alcanzaron la mayoría de edad y promedio sexenal del PIB per cápita**Población en edad de votar agrupada por sexenio y PIB per capita 2

La simple observación de la gráfica permite dividir la población mayor de dieciocho años en dos grandes grupos: Los que alcanzaron la mayoría de edad antes de 1988 y aquellos que lo hicieron después.

Quienes estamos en el primer grupo, fuimos afortunados al poder empezar nuestra carrera laboral en una situación económica que ofrecía muchas posibilidades para encontrar empleo y avanzar profesionalmente. El PIB per cápita crecía de manera robusta, pese a que las facturas pendientes del desarrollo estabilizador, que por decreto fijó el tipo cambiario, y los precios de hidrocarburos, energía eléctrica y azúcar, empezaban a hacerse presentes, porque esa inmovilidad se sostenía de una creciente deuda externa contratada con organismos internacionales, como el Banco Mundial.

Finalmente, ante el crónico deterioro financiero de las empresas paraestatales que provocó el congelamiento de sus precios, aunado a un gasto público descontrolado por arrebatos populistas, los organismos internacionales condicionaron los nuevos créditos a la actualización de los precios de la electricidad y la gasolina, lo que incrementó la inflación de manera importante hasta que fue inevitable, después de veintidós años con la misma paridad, devaluar el peso y recurrir en 1976 al auxilio del Fondo Monetario Internacional con sus pesadas condiciones.

Pero, volvimos a ser afortunados, porque apareció el salvavidas del petróleo. En efecto, el embargo petrolero árabe ocurrido en 1973 como represalia a la guerra del Yom Kippur en el Medio Oriente, produjo un incremento sustancial en el precio de los hidrocarburos, que rentabilizó la explotación de muchos yacimientos en el mundo. Así, los trabajos de exploración que se iniciaron en el sexenio de Echeverría cuajaron en el siguiente, por lo que, durante el mandato de su sucesor, López Portillo, nos convertimos en uno de los principales exportadores de petróleo.

El petróleo, lejos de refrenar nuestro apetito por la deuda, lo estimuló. El excedente petrolero, como se denominó a ese ingreso inesperado, sirvió para justificar la ejecución de cantidad de proyectos e iniciativas que surgían por doquier. Pero, lo más delicado, fue asumir que, al menos por un tiempo, no decrecería y que podríamos endeudarnos más con el exterior, como también pensaban los banqueros internacionales que con insistencia nos ofrecían los recursos reciclados de la bonanza petrolera en los países árabes.

Pero un precio alto del petróleo sirvió de imán para atraer a nuevos productores, como Gran Bretaña y Noruega. A mayor oferta, los precios empezaron a descender y con ello nuestros ingresos. En paralelo, la Reserva Federal de los Estados Unidos inició, como medida antiinflacionaria, una escalada de la tasa de interés, que poco a poco encareció el servicio de la deuda que tan alegremente habíamos contratado.

Así, como si fueran las dos quijadas de una pinza: el descenso en el precio del petróleo y el incremento en las tasas de interés terminaron ahorcándonos y, otra vez, tuvimos que someternos al Fondo Monetario Internacional para poder salir del hoyo.

Lo que siguió, como se observa en la gráfica, fue que durante el sexenio siguiente 1983-1988, el País experimentó un retroceso importante. Una inflación elevada consumía ingresos y ahorros en cuestión de meses, mientras que el disparo del tipo cambiario y la tasa de interés llevaron a muchas empresas y familias a la bancarrota. La renegociación de la deuda externa con todas las ataduras que lleva consigo, se convirtió en una tarea recurrente con tal de asegurar que pudiéramos sacar el cuello del agua, al menos por un tiempo.

Aunque en el siguiente sexenio 1988-1994 la situación mejoró relativamente en un principio, al final, cuando el capital golondrino que había servido para financiar el déficit en cuenta corriente decidió emigrar a otras latitudes, volvimos a caer en una crisis profunda que otra vez significó pérdidas patrimoniales importantes para empresas y familias, y ajustes severos que afectaron en mayor medida a los grupos más vulnerables.

Quiénes vivimos esa etapa de casi treinta años de crisis recurrentes, sabemos que el populismo es un relámpago que deslumbra a las masas; las seduce ofreciéndoles atajos, cuando en realidad lo que hace es dinamitar su futuro, porque compromete recursos que no se tienen. Por ello, preocupa volver a escuchar las mismas cantaletas que antaño fueron el presagio de inevitables caídas y saltos hacia atrás. Más aún, porque en años recientes, ya se ha dado una especie de populismo de bajo perfil, que ha ido comprometiendo partidas presupuestales en aras de cultivar clientelas, sin considerar que algunos programas, como el de adultos mayores, son de facto una deuda pública contingente que debería valorarse como un plan de pensiones. Igualmente, no se cuenta con una evaluación sistemática y periódica que permita medir la eficacia de dichos programas, en cuanto a logro de los objetivos que supuestamente les dieron origen. Una vez creados se asimilan en el modus operandi del gobierno y, en la población, se asumen como derechos adquiridos y siempre revisables al alza. Incluso, como lo vemos en la campaña, esto lo prometen los candidatos.

Pero, la justificación que tenemos los mayores para repudiar al populismo por haber vivido sus consecuencias también debe servirnos para entender que las acciones y políticas que se adoptaron para enderezar el camino, no han sido suficientes para relanzar el crecimiento del País. Por el contrario, el PIB per cápita, como se aprecia en la gráfica, ha tenido desde el 2000 un aumento orgánico, menor al 1% anual. Es decir, producimos más, porque somos más y punto. No crecemos por innovación, ni por aumentos sensibles en nuestra productividad.

Las consecuencias de este magro crecimiento se observan en muchas familias mexicanas cuyos hijos no pueden siquiera tener el mismo nivel de vida de sus padres e, incluso, se emancipan a edades más tardías que estos. Este deterioro generacional significa que, en términos de desarrollo, estamos bajando, por lo menos, un escalón.

Quienes alcanzaron la mayoría de edad después de 1994, su vida laboral ha transcurrido en un escenario económico mediocre, pese a que en muchos ámbitos de la vida del País se han dado cambios profundos. Muchos de los cuales no acaban de madurar, en buena parte, por la fragilidad de nuestras instituciones frente al poder real que logran ejercer, en la práctica, nuestros temporales servidores públicos en los tres poderes y en los tres órdenes de gobierno.

La propuesta del cambio, por vaga que sea, seduce. Ya pasó con Fox. Quienes mejor la venden son aquellos que nunca o hacen mucho tuvieron una responsabilidad. Más ante los jóvenes que eran niños cuando personas como López Obrador, ejercía de jefe de Gobierno, y que no habían nacido cuando los estragos del populismo, la economía subsidiada y la dependencia del endeudamiento nos sumergieron en crisis periódicas de las que costó mucho trabajo salir.

No es la nostalgia por regresar a un pasado irrepetible y, a la distancia idealizado, lo que debe servir para orientar el quehacer nacional, sino el atrevimiento a plantear un proyecto que aprenda las lecciones de nuestros errores y aciertos, capitalice lo que hasta ahora hemos avanzado y tenga como objetivo que todos los mexicanos disfruten a plenitud de sus capacidades físicas e intelectuales.

La experiencia nos hace cautos. Pero esta solo la recuerdan aquellos que la han sufrido. Quien no se ha quemado, no le teme al fuego. Paradójica situación en las que nos encontramos; lo que unos pensamos como un regreso al pasado, otros lo ven como un paso al porvenir.

* Consejo Nacional de Población. Para facilitar la comparación, los agrupamientos sexenales se hicieron de acuerdo con cifras anuales exactas, aunque la fecha de inicio y terminación de cada sexenio sea el primero de enero  y treinta de noviembre respectivamente de cada seis años. Se excluyó de la gráfica al grupo que alcanzó la mayoría de edad antes de 1964 y que equivale al 5.8% de la mayores de 18 años.

** La cifras del PIB per cápita se obtuvieron de la base de datos del Banco Mundial

 

8 pensamientos en “Quien no se ha quemado, no le teme al fuego

  1. Tu análisis, tus observaciones y reflexiones son excelentes y ciertas. Un artículo inmejorable en un país de oportunidades pérdidas o malogradas, con desafíos que invitan a superarnos, ser honestos, hacer el bien por nuestro bien y el de todos nuestros compatriotas. Estudiar, aprender, pensar, trabajar en serio, rechazar cualquier forma de corrupción, participar y convencerse que solo así Mèxico podrá avanzar y vislumbrar un futuro mejor. Felicidades!!!

  2. Mi querido Alfredo, como siempre, tu análisis va hasta la medula. Muy profesional e incisivo, con datos duros fuera de la fantasía. Gracias.

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