Carlin y Curzio; ¿Qué define el umbral de la libertad de expresión?

Curzio y Carlin

 

Con pocos días de diferencia, dos periodistas destacados: Leonardo Curzio en Mexico y John Carlin en España, salieron de los medios donde colaboraban: Núcleo Radio Mil (NRM) y El País respectivamente.  ¿Qué tienen en común estos episodios?

Curzio, antes de ser periodista y conductor de un programa de noticias, fue investigador, por lo que tiene la disciplina de reunir datos e información para analizarla y, entonces, emitir opiniones fundadas, como lo hace patente en sus artículos y cuando está al frente de cámaras y micrófonos. Incluso, si incursiona en terrenos que le son ajenos, tiene el prurito de advertírselo a sus interlocutores, para que lo consideren al momento de juzgar sus puntos de vista.

Por estas razones, muchos radioescuchas considerábamos la presencia de Curzio en el cuadrante como un punto de referencia, valorado por su seriedad, objetividad y porque sus opiniones no se quedan en lo superficial, sin tomar para ello el papel de pontífice que, desde su púlpito radiofónico o televisivo, nos señala a los mortales el camino a seguir. Tampoco se planta frente al público asumiéndose intelectualmente superior, como sucede con algunos representantes de la llamada comentocracia o supuesta intelectualidad que, entre piropos mutuos para halagarse el ego, terminan hablándose solos.

“La Tertulia” era un excelente programa de análisis político, que ojalá aparezca de nuevo. Ágil, bien conducido y enriquecido con las opiniones de Amparo Casar y Ricardo Raphael que, como Curzio, no niegan su formación como investigadores y su continuo estudio de la realidad nacional.

De padre escoces y madre madrileña, John Carlin es un reconocido ensayista, escritor, guionista y periodista. Obtuvo el grado de maestría en literatura inglesa en la Universidad Oxford. Desde muy joven se inició en el periodismo que lo llevó a trabajar como corresponsal en distintos medios de comunicación en Norte, Centro y Sudamérica, Europa y, en Sudáfrica. Sus experiencias y análisis no solo los ha plasmado en trabajos periodísticos sino también le han servido de base para realizar documentales y escribir libros. En el año 2000 obtuvo en España el Premio Ortega y Gasset. En 2004 publicó “Heroica tierra cruel: crónicas africanas” y en 2008 “El factor humano” sobre una anécdota de Nelson Mandela durante la final del Campeonato Mundial de Rugby, obra que más adelante sirvió de base para el guión de la película Invictus. En 2013 publicó La sonrisa de Mandela, con quien tuvo la oportunidad de establecer un estrecha relación.

Hasta hace poco, Carlin publicaba en El País dos columnas: “El córner inglés” sobre temas deportivos y “El factor humano” sobre cuestiones de actualidad en el ámbito político. Aunque la línea entre ambas no era tan nítida ya que, por lo general, sus observaciones sobre asuntos deportivos daban píe a reflexiones que con facilidad podía llevarse a otros ámbitos, como ocurrió en su última columna intitulada “Piqué para presidente” donde con su característica agudeza y manejo del sarcasmo, analiza las opiniones políticas del central del Barcelona respecto al referéndum sobre la independencia de Cataluña, mientras crítica la actitud negativa hacia dicha opción del Gobierno español. Al final termina proponiendo al joven catalán como presidente de España.

Curzio decidió abandonar NRM cuando, so-pretexto de reducir gastos, la dirección de la radiodifusora le propuso que prescindiera de Casar y Raphael. Condición que juzgó inaceptable y que pudo haber sido la manera que eligieron para decirle adiós.

Dado lo sorpresivo de la partida, en las redes sociales se difundió de manera profusa la última tertulia, porque, supuestamente, en las opiniones que expresó el trío sobre el financiamiento a los partidos, estaban la razones que explicarían la salida de Curzio y el fin de La Tertulia, como en su momento sucedió con el reportaje de Carmen Aristegui en MVS sobre la Casa Blanca de Peña Nieto que, presumiblemente, le abrió a esta la puerta hacia la calle.

Pero, al ver de nuevo el programa de La Tertulia, los argumentos y el talante de los contertulios no me resultaron distintos a los de otras ocasiones. Fueron, como siempre, incisivos, fundamentados y duros, sin faltar al respeto. Más aún, su tono fue el mismo con el que los hemos oído analizar y criticar a todo el espectro político nacional y a los miembros de los tres poderes públicos y órdenes de gobierno. No encontré nada diferente.

Cuando Curzio explicó en su columna de El Universal las razones de su renuncia señaló, por una parte, que el carácter familiar de NRM la desprovee de los contrapesos que tendría si fuera una empresa institucionalizada, donde un consejo de administración actuaría como supervisor y contrapeso del director general y como garante de los accionistas. Mientras que, por la otra, admite que, aun cuando no le consta ninguna presión política para eliminar a “La Tertulia”, si percibe una especie de autocensura ante el riesgo de perder ingresos provenientes del erario.

Quizá por su vena escocesa, Carlin se identifica con los catalanes y, abiertamente, ha defendido la realización de un referéndum; aunque también ha dicho, que no optaría por la independencia, como ya la había escrito en El País, diario que lo despidió, en apariencia, por un ensayo que publicó en el diario británico The Times, con el título “La independencia catalana: este caos lo explica la arrogancia de Madrid”(1), donde empieza por criticar a Felipe VI por el discurso que dirigió a su nación, señalándole su parcialidad, su desdén por los ciudadanos que sufrieron los embates policiales y por hablar más como un representante del gobierno que como jefe de Estado, en cuanto su respaldo, a resolver un conflicto catalán solo por la vía jurídica, sin entender su naturaleza política.

En ese mismo artículo, reiteró sus críticas al establecimiento político de Madrid, en especial del Partido Popular, señalando su mediocridad y su desconocimiento de la realidad catalana, mientras que a Rajoy lo califica de un político de tercera, carente de la estatura de un estadista y que su única opción frente a la cuestión catalana ha sido por la vía legal, como sucedió cuando el Tribunal Constitucional declaró inconstitucionales, varios artículos del Estatut que antes había aprobado el Parlamento de Cataluña y el Congreso de España. A juicio de Carlin, este enfoque unidimensional ha dado aire al voto independentista que en 2006 apenas representaba el 15% de la población.

El tono puntilloso, el sarcasmo y el uso de adjetivos que utilizó Carlin en dicho ensayo, no distan mucho de los que normalmente emplea en sus entrevistas y artículos. Por ejemplo, en una entrevista publicada en El País antes del referéndum británico dijo sobre sí mismo: “Si gana el ‘Brexit’ sentiré vergüenza de haber nacido en Inglaterra” (2), mientras que un artículo sobre Trump lo intituló: ¿Ha habido un líder más ridículo en la historia? (3), y en otro calificó a Putin, Erdogan y Xi Jinping como líderes gorilescos (4).

El despido de Carlin llama la atención porque el El País es un diario que presume de su pluralidad. Despedir a uno de sus articulistas estrellas, incluso laureado con un reconocimiento establecido por el propio diario, porque sus opiniones no coinciden con la posición editorial respecto a Cataluña y, peor aún, hacerlo por un ensayo que publicó en otra nación y en otro idioma, parece un acto de censura desproporcionado.

Sin embargo, este abrupto despido ocurre en una situación harto compleja para el director general del Grupo Prisa, José Luis Cebrián, quien lucha por continuar en su cargo al mismo tiempo que busca la fórmula para reducir los pasivos de la empresa y abatir las pérdidas, capitalizando deuda y deshaciéndose de activos, para lo cual es imperativo contar con el apoyo de grupos financieros en Madrid y Barcelona, y de alguna forma, con la simpatía del Gobierno español.

Al parecer los casos de Curzio y Carlin señalan que el límite de la pluralidad termina cuando algo o alguien se singulariza. Bienvenidas sus afiladas críticas, sus sesudos análisis y sus incisivos comentarios, siempre y cuando no toquen a quienes tienen en sus manos la válvula del suero vital.

Curzio deja claro que, en México, la necesidad de recursos del erario condiciona la línea editorial de NRM y de los medios en general. Mientras que, en España, los socios y los apoyos que procura la Dirección General del Grupo Prisa para mantener su posición y salir del atolladero financiero, seguramente tienen convicciones respecto al conflicto catalán más cercanas al Gobierno español que a las opiniones de Carlin. Por ende, cabría preguntar, aunque quizá parezca cándido, ¿es entonces la necesidad de dinero por parte de los medios lo que en cada caso define el umbral de la libertad de expresión?

(1) Catalan independence: arrogance of Madrid explains this chaos

https://www.thetimes.co.uk/article/catalan-independence-arrogance-of-madrid-explains-this-chaos-vmh7nnxsx

(2) John Carlin: “Si gana el ‘Brexit’ sentiré vergüenza de haber nacido en Inglaterra”

https://elpais.com/internacional/2016/06/23/actualidad/1466703657_316173.html

(3) ¿Ha habido algún líder más ridículo en la historia?

https://elpais.com/internacional/2017/07/02/actualidad/1499019900_692899.html

(4) Gorilas sin causa

https://elpais.com/elpais/2017/05/14/opinion/1494783202_337616.html

 

 

 

 

 

 

 

La corrupción mata, pero no muere

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El carácter endémico que tiene la corrupción en la vida del País nos ha hecho cínicos. La vemos a diario en muchas facetas y ámbitos de la vida nacional; se practica al mayoreo y al menudeo. “Qué quieres, estamos en México”, nos decimos entre resignados o quizá esperanzados de que algún día también nos beneficie; “ya ves, todos lo hacen”, “es lo que lubrica el sistema”, “de que te lo lleves tú, a que se lo lleve otro”, “no pagues impuestos; pa’ que se los roben”.

Racionalizar lo indebido es actividad prolífera en justificaciones que nos atascan en el pantano. Así, los objetivos de muchas leyes redactadas para hacernos avanzar se cumplen a medias debido a la corrupción; tan pronto damos un paso para adelante, retrocedemos medio para atrás, en la medida que sus flamantes artículos representan más opciones para pedir u ofrecer dinero a cambio de violarlos o evadirlos.

Como sociedad asumimos que la corrupción es inocua, gratuita y que, como si fuera un catarro, podemos en nuestra vida diaria sobrellevar sus molestias o beneficiarnos de ella, hasta que de manera inesperada y trágica se nos revelan sus consecuencias más extremas: muerte y destrucción. No existe el autoengaño sin fecha de caducidad.

Con seguridad, las razones que determinaron la muerte y lesiones de muchas personas, los derrumbes de inmuebles y las pérdidas patrimoniales que han llevado a la quiebra a cientos de familias, fueron la mercancía que se negoció en actos de corrupción; pisos de más, varillas de menos, materiales de menor calidad, cálculos estructurales ficticios, arreglos cosméticos para disfrazar los daños de edificios dañados en 1985, cambios tramposos e ilegales en el uso del suelo, inmuebles sobrecargados con antenas, espectaculares, fábricas clandestinas y hasta con un helipuerto. Todo esto, para que no sucediera, está previsto en leyes, reglamentos y normas. Pero, cuando la corrupción prevalece, todo queda sujeto al pago de un precio, lo que vaporiza la certeza jurídica y lleva a muchos ciudadanos a invertir tiempo, dinero y esfuerzos para defenderse de los actos de quien debería protegerlos: el Gobierno.

¿Cuánto se habrá pagado para ignorar o aprobar lo que segó la vida de los niños que aguardaban a sus padres para salir de la escuela, o la de aquellas obreras que ganaban un sueldo miserable en una fábrica que operaba en un edificio hecho para oficinas?, ¿cuánto se repartió entre inspectores que no veían y burócratas que firmaban a gusto de quienes les untaban la mano? Insisto, el verdadero costo de la corrupción no es la mordida sino lo que esta deja torcido.

Quienes en los ámbitos público y privado lucraron con las razones que provocaron la muerte y las lesiones de cientos de personas y la quiebra de miles de familias, tienen en su bolsillo dinero ensangrentado que no obtuvieron por su talento y esfuerzo, sino por la carencia más absoluta de principios éticos y responsabilidad con sus semejantes. No deben sentirse orgullosos del techo donde viven con su familia, ni de lo que a diario ponen sobre la mesa, ni de la vida que llevan y menos de un supuesto éxito profesional. Ganar dinero a costa de la sangre, el dolor y la miseria de otros es una infamia que no puede quedar impune.

Por ello, la reconstrucción de edificios derrumbados o dañados debe empezar por elaborar y divulgar peritajes forenses que señalen las razones que explican los siniestros. Esto, como sucedió en temblores pasados, permitirá aprender y prevenir las consecuencias de fenómenos naturales, que, aun siendo impredecibles, sí pueden imaginarse y simularse mediante modelos matemáticos.

Pero estos dictámenes, también deben servir para deslindar responsabilidades y, en su caso, presentar a los presuntos responsables ante la justicia para que paguen por sus acciones u omisiones. De lo contrario, en el implacable discurso de los hechos, seguiremos reiterando que violar la ley no tiene ninguna consecuencia, en beneficio de un círculo perverso donde la impunidad del presente sirve de abono a la corrupción del mañana.

Sospechoso que el gobierno de la Ciudad haya impedido, al cerrar parcialmente la página de SEDUVI, acceder a elementos vitales para indagar sobre los inmuebles derrumbados y dañados, y sus sendos directores responsables de obra. Quien impide esclarecer un crimen es tan culpable como aquel que lo comete y, más aún, hace pensar que la evidencia que esconde delataría su complicidad desde el principio

El sismo con su cauda de muerte y destrucción irrumpió en el festín inmobiliario que el gobierno de Mancera ha prohijado y consentido sin ningún disimulo desde el día uno de su mandato, cuando, en un claro conflicto de interés, nombró a su amigo y desarrollador, Simón Neumman, como el primer titular de la SEDUVI, lo que equivalió a una declaración de intenciones que en sus cinco años de gobierno se ha ido materializando en hechos que han beneficiado el negocio inmobiliario. Por ejemplo: en burbujas especulativas en zonas seleccionadas por su valor comercial, en la creación de Sistemas de Actuación por Cooperación, que suman más 1,500 hectáreas, incluyendo el Bosque de Tarango, para darle la vuelta a los programas delegacionales y empaquetar una serie de beneficios a favor de la rentabilidad inmobiliaria, en la suspensión de varios artículos del Reglamento de Construcciones apenas cinco meses después de publicado, en la incorporación de la Asociación de Desarrolladores Inmobiliarios a las tareas de reconstrucción y, como la cereza del pastel, en una iniciativa de Ley de Reconstrucción donde, entre otras cosas, se autoriza a priori el incremento de alturas, una mayor densidad y, sin importar su legalidad antes del sismo, define como derecho adquirido el número de pisos que tenían los inmuebles derrumbados y dañados.

La reconstrucción de la Ciudad debe pasar, en primer término, por la elaboración de un Programa de Desarrollo Urbano hecho a partir de un análisis profundo de las proyecciones de la dinámica demográfica y económica de la Capital, incorporando en él, las lecciones del último sismo, las voces de expertos independientes y de la ciudadanía, y sobre todo, con base en un verdadero atlas de riesgos elaborado por expertos y conocido por todos. En este sentido, el mayor favor que puede brindarle Mancera a los capitalinos es hacerse a un lado. Nos merecemos ver al futuro desde otras perspectivas que no sean el interés a ultranza por la rentabilidad inmobiliaria. Nos merecemos imaginar el porvenir sin más atadura y compromisos que el bien común de las generaciones presente y futuras.

Tener claro hacia dónde debemos dirigirnos debe ser la base para revisar el mazacote jurídico que norma el desarrollo inmobiliario en la Ciudad de México. Leyes y normas en materia urbana deben ser un instrumento del Programa de Desarrollo Urbano, y no, como ocurre ahora, un entramado que facilita los negocios inmobiliarios a costa del interés común y bendice como legal aquello que claramente no lo es.

Reconstruir exige que esa solidaridad social que desinteresada y con energía aflora ante los siniestros, no mengüe y que asuma un carácter proactivo y constante para evitarlos y minimizar sus daños. Si la sociedad civil fue capaz de encabezar los esfuerzos de salvamento, debe hacer lo mismo para evitar que la corrupción, la impunidad y la opacidad vuelvan a segar vidas y destruir patrimonios. Siempre será mejor que muros y techos no se caigan, que realizar esfuerzos sobre humanos para salvar a los sobrevivientes. Siempre será mejor levantar la voz y actuar cuando se advierte un acto de corrupción, que bajar la cabeza y callar. La corrupción ha matado y seguirá haciéndolo, porque la hemos dejado vivir. Entendamos, es ella o nosotros.