El monje que vendió su Ferrari…a un procurador

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¿Por qué Raúl Cervantes no debería ser el primer fiscal general de la República?

1. Porque, al margen de los pactos entre partidos, no es ético que un presidente saliente deje, como fiscal general, a una persona que él nombró y que muy probablemente tendrá que atender actos de corrupción cometidos durante su sexenio.

La insistencia en este nombramiento parece recoger la lección que aprendió Salinas, cuando Zedillo cedió al PAN el nombramiento del procurador general de la República, entregándole a la oposición la llave para destapar la cloaca. Quizá, en este caso, la intención de Peña Nieto contradice aquello de que nadie experimenta en cabeza en ajena.

2. Porque la trayectoria profesional de Raúl Cervantes no se ajusta a las cualidades, aptitudes y experiencia que se esperan tenga un fiscal general. Más aún, porque este puesto y la estructura que dirigirá, forman parte de una iniciativa de gran envergadura, que ha sido impulsada por la sociedad civil para combatir uno de los problemas más graves del País: la corrupción.

En los últimos años, Raúl Cervantes ha entretejido períodos como legislador y funcionario con lapsos en los que ha estado al frente de su despacho. De hecho, a partir de 2003 ha dedicado más tiempo a lo primero que a lo segundo. Aun así, su actividad en el ámbito privado ha sido tan rentable, como para adquirir un automóvil que equivale a 165 años de salario mínimo.

Desconozco, si Raúl Cervantes, durante sus etapas de legislador y servidor público, renunció formalmente a su participación en su despacho y, sobre todo, a ocuparse con esas investiduras de asuntos de naturaleza privada, ya sea de manera directa o a través de empleados. Si no lo hizo, habría incurrido en un conflicto de intereses, como sucedió con Diego Fernández De Ceballos cuando era legislador, quien aprovechaba el derecho de picaporte que conceden los cargos públicos para mover, desde esa posición ventajosa, asuntos privados.

3. Porque la cuestión del Ferrari revela rasgos de su personalidad que no encajan con los que deberá tener quién ejerza como fiscal general de la República. En un país donde existe una aguda concentración de la riqueza, resulta ofensivo que un servidor público, ostente como una muestra de su patrimonio personal, un automóvil de una marca a la que en el mundo muy pocos pueden tener acceso. Grotesco, ver circular al Ferrari custodiado por unas camionetas repletas de guardaespaldas, que difícilmente podrían seguirlo si se aplicara toda su potencia, lo cual en esta ciudad de topes, baches, socavones y encharcamientos es un imposible.

Si algo queremos ver en el fiscal general es justamente lo opuesto: austeridad, porque lo exige la naturaleza de su cargo, y sensibilidad social, porque debe comprender las carencias básicas que sufre el pueblo al que sirve. Exhibirse ante este en un Ferrari, como demostración de un supuesto éxito profesional, equivale a insultarlo y a menospreciar su situación.

Pero la ofensa a los ciudadanos no se limita a la ostentación de un auto de lujo sino a tratarlos como idiotas, porque así nos sentimos cuando Raúl Cervantes nos dice, que registrar su auto en Morelos, en un domicilio que no le pertenece, no fue para era evadir el pago de un impuesto establecido en la Ciudad de México, donde reside, sino que todo fue consecuencia de un error administrativo y del cual no se había dado cuenta hasta que lo reveló una investigación periodística. ¡Ajá!

Nos preguntamos, si Raúl Cervantes llegara a ser nombrado fiscal general, que tipo de explicaciones podríamos esperar cuando informara sobre asuntos en los que pudieran estar vinculados algunos de sus hoy compañeros de gabinete, incluyendo al presidente; ¿serán también errores administrativos?

Julián Mantle, personaje principal del libro de superación “El monje que vendió su Ferrari”, abogado, por cierto, decidió, después de sufrir un ataque cardiaco, dar un giro radical a su vida. Vendió todos sus bienes, incluyendo su Ferrari, emprendió un viaje por Asia, donde terminó recluyéndose con unos monjes en el Himalaya, para aprender a encontrar la felicidad.

Desde luego que no esperamos que Raúl Cervantes venda se Ferrari y se recluya en un monasterio budista para transformarse en el fiscal general que necesita el País. Pero lo que si podemos hacer es preguntar el tipo de persona que nos gustaría en ese puesto.

El primer fiscal general de la República, además de encabezar una posición clave en el despliegue del Sistema Nacional Anticorrupción, tendrá la misión de establecer la fiscalía, es decir; sus procesos, su estructura y, desde luego tripularla con el personal más idóneo. Por ello, su estatura moral y profesional marcará el estándar que se pretende alcanzar.

Como el trillado cuento de “primero el programa y después el candidato”, en el caso de la fiscalía general de la República, ya conocemos la misión y los retos de ese puesto, del que se pueden deducir las cualidades, aptitudes y experiencia de quien lo ocupe. A partir de ello, bien podría abrirse un proceso que seleccione al mejor entre los mejores, en lugar de quedarnos con un solo nombre, resultado de un pacto opaco entre cúpulas partidistas, que contradice el afán de transparencia que promueve el Sistema Nacional Anticorrupción y que está inspirado en mucho, mucho miedo.

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