¿Cuándo dejaremos de reír?

 

Trump

 

“Trump es un idiota, pero no hay que subestimar lo bueno que es haciéndolo”. Naomi Klein

“En qué momento se empezaron a reír de nosotros” —preguntó Trump el pasado primero de junio, cuando anunció el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París sobre cambio climático, lo que, conforme a las reglas establecidas en ese documento, ocurrirá hasta el 4 de noviembre de 2020, es decir un día después de la elección presidencial, cuando será muy factible, si antes no es removido de su cargo, que el Republicano resulte perdedor.

Con seguridad, muchos le responderíamos a Trump que no hemos parado de reír desde el momento que asumió la presidencia de su País. Pero esto no se debe a su facha estrafalaria, a la variedad de tonos de amarillo que usa para teñirse el cabello, a lo rebuscado de su peinado que intriga a los productores de queso Oaxaca, a los correctores para disimular sus ojeras, a las gruesas capas de afeites que se aplica para ocultar la palidez de su cara y sus arrugas, a su corbata colgada hasta la bragueta, a sus poses grotescas, a sus gestos bovinos o, a sus desplantes de un macho cabrío pasado de peso y con setenta años a cuestas, como el que hizo después de empellar al primer ministro montenegrino

No, lo que resulta hilarante es su inagotable empeño por ofrecernos a diario todo tipo de ejemplos de su ineptitud para ocupar la presidencia de su País. Si los estadounidenses pensaban que su sistema político era un envidiable ejemplo para todo el mundo, Trump se ha encargado de recordarles que no están exentos de que su gobierno también lo encabece, alguien que se comporte como lo hacen presidentes de naciones, donde el poder público se asume como un patrimonio personal de quienes lo ejercen.

Nepotismo, negocios, narcisismo, improvisación, verborrea populista, conflictos de interés, mítines con acarreados, locuacidad son rasgos inocultables en la actual presidencia de los Estados Unidos. Si Maduro nos deleitó narrándonos sus conversaciones con el difunto Chávez a través de un pajarito que le sirvió de médium, Trump, incansable, nos entretiene con el pájaro de twitter que usa para publicar cualquier ocurrencia; un sábado a las cinco de la mañana desde su palacete de verano acusa a Obama de instalar micrófonos en su oficina, otro día, después de que Inglaterra sufriera el segundo ataque terrorista en menos de un mes, critica al alcalde de Londres sacando de contexto sus palabras para elaborar una falsedad. Nunca aclara sus mentiras y menos pide disculpas a quien ofende. Él asume que todo se olvida.

Trump no solo carece de las aptitudes y competencias conductuales que se requieren para desempeñarse como presidente de la nación más poderosa, sino también de la experiencia y los conocimientos que demanda ese puesto. Por ello, le cuesta entender sus alcances y el complejo entorno en que se desenvuelve. Asume, equivocadamente, que está al frente de un enorme corporativo y no de un gobierno.

Como dueño y director general de su empresa, Trump la manejó como su feudo sin ningún contrapeso. El límite de su poder fue la magnitud de sus recursos, los intereses de los demás y, hasta cierto punto, la ley. Su único objetivo: acrecentar su riqueza. Para ello se valió de todo tipo de estrategias para ponerse por delante de sus adversarios y sacar el mayor provecho de los demás, llámense arrendatarios, clientes, empleados, trabajadores legales e ilegales, bancos y el propio fisco.

“Si alguien me golpea, le pegaré más fuerte y desaparecerá; por eso quiero dirigir el País”, le dijo a Greta Van Susteren, entrevistadora de Fox en abril de 2016. Frase que resume su visión del ejercicio de poder, como una lucha permanente donde debe tirar golpes hasta resultar vencedor.

No extraña, por ende, que durante los seis meses que lleva al frente de la presidencia de los Estados Unidos, Trump se haya peleado con todo el mundo tanto dentro como fuera de su País. En el ámbito empresarial, golpear al adversario puede servir para derrotarlo y no volverlo a ver. Pero cuando se preside un gobierno, esta estrategia es inservible y, como le está ocurriendo, puede revertirse en su contra, porque no puede desaparecer a sus contrincantes por más que los golpee. Menos si se trata de opositores políticos, de legisladores, de la prensa, de los jueces, de otros gobiernos, de instituciones y organismos internacionales, de organizaciones de la sociedad civil.

Prueba de ello es el caso de James Comey, exdirector del FBI, a quien Trump despidió de manera indigna y fulminante porque no quiso acabar con la “cosa rusa”. Pero este, en su testimonio ante el Comité del Senado, le demostró que en política no gana el bruto que solo sabe golpear, sino aquel cuya fuerza radica en su inteligencia, como se lo hizo patente el exdirector del FBI cuando, ante la certeza de que Trump buscaría un nuevo director a modo, divulgó a la prensa un memorando cuyo contenido, al hacerse público, forzaría el nombramiento de un fiscal especial e independiente para dirigir las pesquisas sobre la intervención de Rusia en el proceso electoral, lo que recayó en Robert Mueller, amigo y mentor de Comey, del cual pende ahora el futuro de Trump. A golpes, el enemigo no desapareció; se agrandó.

La presidencia de un país, a diferencia de la dirección de una empresa, es un pivote del que jalan, y no en la misma dirección, muchas fuerzas formales, informales y, con frecuencia, resultado de circunstancias impredecibles. Toca a quienes desempeñan esos cargos, entender que, aunque marquen un rumbo y comanden una poderosa estructura burocrática y militar, la naturaleza de su puesto los obligará a arbitrar entre intereses muy variados y, muchas veces, entre los suyos propios y los de otros. Esto es en esencia la tarea de presidir que hasta ahora Trump no ha logrado entender.

Las encuestas señalan que la demostración reiterada de la ineptitud y la incompetencia de Trump ha erosionado su popularidad y se ha convertido en un succionador de energía dedicado a lanzar bengalas para distraer a la opinión pública. La vacuidad y la falsedad de sus argumentos con frecuencia nos hacen reír. Pero nuestras risas, no esconden la preocupación que sentimos porque, aunque nos disguste, está al frente de la nación más poderosa. Un paso en falso, un comentario dicho a la ligera, o una decisión estúpida pueden tensar y complicar más la situación internacional, provocando reacciones que después sea difícil contener.

Si los estadounidenses presumen la fortaleza de sus instituciones políticas y judiciales, este es el momento cuando deben demostrárselo al mundo. La trama rusa apesta, mientras que ya son varias las denuncias contra Trump por violar la Constitución al continuar recibiendo, a través de su empresas, dinero de entes extranjeros. El devenir de estos asuntos hace factible que se abrevie su mandato o, al menos, se le acorte la correa.

Conductas pasadas predicen el desempeño futuro. Trump no va a cambiar y nosotros queremos dejar de reír.

 

 

 

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