Reseña: La guerra no tiene rostro de mujer y Los muchachos de zinc

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Por su obra, en el género de literatura documental, Svetlana Alexievich, escritora bielorrusa, fue merecedora en 2015 del Premio Nobel de Literatura. Distinción, que ahora sumada a la de Bob Dylan, indican que la Academia Sueca está ampliando su criterio para incluir en ese galardón otros tipos de géneros en el arte de la palabra escrita, lo que hace recomendable modificar su nombre al de Premio Nobel de las Letras.

La literatura documental aborda acontecimientos históricos y de la vida social, apoyándose en un proceso de investigación y en materiales con valor documental, para culminar en una prosa con valor estético, que claramente separa este género del periodismo documental y del ensayo.

La técnica documental de Alexievich reside en la entrevista; cientos de horas de grabación que después sintetiza y narra, fiel a su oficio de periodista, en una prosa ágil, puntual, precisa y, muchas veces, durísima. Palabras que sacuden al lector, situado justo enfrente de la persona entrevistada que le habla en primera persona. La autora se hace presente en el estilo narrativo, que permite distinguir las peculiaridades de la personalidad, humor y circunstancias de cada caso. Pero no en los hechos que se describen. Estos pertenecen a las voces que los narran.

A propósito, escogí dos obras de Alexievich sobre hechos bélicos ocurridos en la extinta Unión Soviética, pero en circunstancias políticas diametralmente opuestas. No es lo mismo defenderse de una invasión, que invadir otro país. Diferencia que cala en el ánimo de los combatientes y en la moral de los ejércitos.

Pero la guerra para Alexievich es sólo telón de fondo. Ella quiere concentrarse en “los seres humanos involucrados en una tarea inhumana”, sin importarle sus rangos, ni los papeles que jugaron, ni lo hechos bélicos en los que participaron. Al final, para todos ellos, las guerras modificaron de tajo su realidad y definieron, en gran parte, su porvenir. “Recojo y sigo la pista del espíritu humano allí donde el sufrimiento transforma al hombre pequeño en un gran hombre. Donde el ser humano crece”.

La guerra no tiene rostro de mujer” se sitúa en la Segunda Guerra Mundial, cuando la entonces Unión Soviética, debió, en primer lugar, defenderse de la invasión de la Alemania nazi, y después, atacarla, juntos con otras naciones, hasta lograr su derrota total. Épica gravada en la memoria histórica de esa nación como: La Gran Guerra Patria.

La guerra no tiene rostro de mujer” da voz a decenas de mujeres que participaron en ella. La mayoría lo hizo de manera voluntaria, algunas emulando a padres y hermanos. Muchas se rehusaron a servir en posiciones alejadas del campo de batalla porque querían estar en primera fila. Muchachas que apenas terminaban la secundaria aprendieron a disparar, lanzar granadas, manejar tanques, desactivar minas, enfermería, a dirigir hombres y a sobreponerse al machismo. Pero también sufrieron en mente y en cuerpo las rupturas familiares, las pérdidas de seres queridos, las transformaciones y las consecuencias físicas y sicológicas que acarrea una guerra.

Para la mujer, la cuesta de la vida es más empinada. Al término del conflicto, los hombres aparecieron como los grandes héroes, mientras que las mujeres, aun condecoradas, pasaban a un segundo plano, como si sus actos de valentía valieran menos. Algunas, de plano, prefirieron guardar sus condecoraciones. Peor, cuando muchas de ellas, al incorporarse de nuevo a la sociedad, se dudaba de su integridad por haber estado en un ejército donde las mujeres eran minoría, por lo que, ante los ojos de muchas personas, incluyendo otras mujeres, se daba por descontado un comportamiento promiscuo, sin considerar siquiera sus méritos, su esfuerzo y el sufrimiento que vivieron en el campo de batalla, o por partida doble, porque la familia que dejaron atrás también padeció los embates del enemigo. 

Si en las combatientes de la Gran Guerra Patria era palpable deseo de contribuir a la defensa de su país, este no fue el ánimo con el que aceptaron su destino, la mayoría de los muchachos que el Ejército Soviético envió a Afganistán entre 1979 y 1992 con la supuesta intención de defender su frontera sur y apoyar al gobierno de la entonces República Democrática de Afganistán frente a los insurgentes islámicos, que incluían a personajes como Osama Bin Laden, y que eran armados y financiados, entre otras naciones, por los Estados Unidos.

El nombre de “Los muchachos de zinc” deriva del material con el que estaban hechos los ataúdes que traían de regreso a sus casas, los cuerpos de los soldados muertos en el campo de batalla. Cajas selladas con un nombre inscrito. Padres y esposos obligados a aceptar que en ellas estaban los restos de sus hijos.

Las narraciones de los excombatientes soviéticos recuerdan aquellas de los veteranos estadounidense de la guerra de Vietnam, que más de una vez se preguntaron por y para qué estaban peleando en un país lejano, hostilizados incluso por la población local que supuestamente defendían. Igualmente se cuestionaban si valió la pena que sus amigos murieran por razones que no les eran claras, y si regresar a casa mutilados o trastornados mentalmente había servido de algo, como lo sintetiza uno de los entrevistados: “Escribid en las tumbas, tallad en las lápidas que todo fue en vano. Decídselo a los muertos”. Más aún, cuando a su regreso la propia sociedad los rechazaba como indeseables, culpándolos de los excesos cometidos por el ejército invasor, como lo expresa la madre de una enfermera muerta en campaña y que durante una visita al cementerio escuchó críticas en su contra por permitir que su única hija fuera a la guerra: “Grito para mis adentros: Gente ¡no me deis la espalda! Deteneos junto a mí ante su tumba. No me dejéis sola…”

Svetlana Alexievich fue demandada por dos personas entrevistadas; una madre y un soldado. Ella advirtió que detrás de ellos estaban las hombreras militares, ávidas por esconder los traumas y las carencias de un ejército desmoralizado, a veces improvisado, con pertrechos obsoletos y  alimentos caducos, que en su podredumbre interna llevaba la semilla de su irremediable fracaso, al que los dirigentes de la otrora Unión Soviética calificaron de error histórico; uno más de los innumerables pretextos que a lo largo de la historia han dado quienes, desde la comodidad de sus despachos han enviado a millones al matadero, ya sean soldados o civiles.

 

Un pensamiento en “Reseña: La guerra no tiene rostro de mujer y Los muchachos de zinc

  1. Estimado Alfredo, lamente no haber asistido a la última reunión del PATRIA y tener el gusto de saludarte, al igual que a varios de nuestros queridos compañeros y amigos. Por otra parte te comento que dentro de un muy cercano circulo de familiares y amigos, interesados en la lectura y en la investigación, incluidos por supuesto ADRIANA, mi esposa historiadora, mi hija REBECA historiadora y mi hijo FERNANDO abogado, recibimos con sorpresa y simpatia la noticia del Nobel a Dylan. En forma casi inmediata recibí tu magnifico análisis sobre la obra de la también galardonada ALEXIEVICH y su aportación a la palabra escrita. Sobre el particular quiero decirte que al compartirlo con este grupo, suscitó muchísimo interés conocer, gracias a ti, el criterio que seguramente ha seguido la Academia Sueca, por lo menos durante los últimos años. Soy portador de una felicitación, la cual me permito transmitirte, destacando además que ellos seguramente formarán parte de tu circulo de lectores. Un abrazo. Ernesto Yáñez de la Barrera. PD. Por supuesto que nos sumamos a tu propuesta de modificar el nombre de dicho premio.

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