Porque no votar el 5 de junio

5 de junio

Porque desaparecer el Distrito Federal y convertirlo en una entidad federativa, no surge de la agenda ciudadana sino de la clase política, que otra vez usa a la democracia como una coartada, para crear instancias que le sirvan para hacerse de más poder público y para hincarle el diente al erario. Amén de que el simple cambio de nombre nos costará una fortuna; papelería, nomenclatura de calles, logos en vehículos oficiales y millones de placas, que ojalá no sean de color rosa.

Porque resulta risible que nos digan a los capitalinos que una constitución nos dará más derechos (¿cuáles?), cuando ni siquiera podemos ejercer derechos tan básicos como vivir seguros, respirar aire limpio, tener un gobierno honesto que rinda cuentas, y contar con la seguridad jurídica para que el uso del suelo, público o privado, no se determine al contentillo y para beneficio personal de burócratas y desarrolladores. Ahí está el CETRAM Chapultepec como el ejemplo más reciente.

Porque convertir al Distrito Federal en entidad federativa y dotarla de una constitución no resuelve los problemas que en verdad agobian a su población y que son los mismos que sufren los habitantes de los más de sesenta municipios conurbados del Área Metropolitana del Valle de México, cuya solución demanda una visión integral y acciones coordinadas, por lo que debería haberse analizado la posibilidad de convertir a la megaurbe en el Estado del Valle de México que estuvo en la Constitución hasta 1917. Pero no hay la talla política para emprender estos rumbos, por lo que se prefiere crear consejos y comisiones inoperantes.

Porque la Constitución creará más burocracia a costa del contribuyente. Por lo menos habrá ciento sesenta concejales, que no serán más que nuevas tetas de la ubre presupuestal donde los partidos acomodarán a sus leales para que mamen recursos públicos, mientras los reciclan en otros puestos. Cada tres años los capitalinos presenciamos cómo diputados y delegados, saltan cínicamente de una teta a otra, dejando atrás una estela promesas incumplidas, sino es que de negocios turbios y clientelas bien servidas.

Porque es absurdo adaptar a medias el concepto de municipio a las delegaciones, que tienen un origen distinto y cuya dinámica urbana está inmersa en el funcionamiento del Área Metropolitana, como ocurre con los servicios de agua, drenaje, basura, alumbrado y vigilancia, mientras que su población total varía de manera sensible a lo largo del día. Preguntémonos, por ejemplo, ¿cuántos habitantes que demandan estos servicios públicos tiene la Delegación Benito Juárez a las 12 del día y cuántos a las tres de la mañana?

Porque es un insulto a la democracia, plantear una Asamblea Constituyente con 40 diputados designados a dedo, como si se tratara de una monarquía donde la nobleza —la partidocracia disfrazada con el ropaje de servidores públicos— escoge a quienes servirán de guías y hermanos mayores. Los dedos divinos, que nombrarán a empleados para que les rindan cuentas, valen tanto o más que el sufragio popular. ¿Es esta la democracia del Siglo XXI para redactar una constitución de avanzada? Lo que en verdad hubiera sido de avanzada sería haberles preguntado a los ciudadanos del Distrito Federal, si querían que éste se convirtiera en una entidad federativa. El elevado abstencionismo que con seguridad se presentará el 5 de junio será, aunque tardía, una respuesta contundente y clara a esta pregunta.

Porque la Asamblea redactará poco. Más bien revisará y discutirá la redacción que proponga el jefe de Gobierno que, supuestamente ha elaborado —otra vez los resabios monárquicos—, con base en las opiniones de un grupo de notables que él seleccionó a su conveniencia. Gracias, ¡que gesto tan noble! El viejo truco de buscar la legitimidad en una intelectualidad ávida de la gracia y favores del poder público.

Porque la propaganda de gobierno y partidos para hacernos acudir a las urnas insulta la inteligencia. ¿Quién puede creer en idioteces como: “constituyamos la felicidad”, “para que tú la escribas”, “una constitución pensada para los habitantes, no para los partidos” “una constitución de derechos exigibles”? Peor aún, algunos prometen que someterán a la Constitución a un referéndum una vez aprobada. ¡En serio, una constitución con más de cien artículos sería sometida a referéndum! Absurdo. Ni siquiera comprimida en un tweet se leería.

Porque la partidocracia, en especial la del PRI y el PRD, tienen ya cocinados muchos de los temas a su conveniencia. Si las iniciativas ciudadanas, que requieren recolectar más de 120,000 firmas mediante un proceso manual, los tiene sin cuidado, como ocurrió con la de 3 de 3. ¿Quién puede afirmar que en verdad les importa lo que el ciudadano piensa?

Porque si bien la Constitución no podrá ir más lejos que la Federal y lo que señala en su Artículo 122, mucho me temo que el ánimo que tienen muchos políticos de llenarse la boca diciendo que la carta magna de la Ciudad de México será de avanzada e innovadora, se traduzca en un listado detallado y redundante de derechos sociales, y quizá animales, sin entender su viabilidad y sus implicaciones económicas. Amén de una redacción cuya estructura intente trasmitir farragosamente la idea de igualdad de género, por lo que abundarán:  los y las, ellos y ellas, mexicanos y mexicanas, ciudadanos y ciudadanos, hombre y mujeres, muchachos y muchachas, niñas y niños, adultos y adultas, ancianos y ancianas. Y, por qué no, para que hasta el más inculto e inculta queden tranquilo y tranquila, escribamos también; bebés y bebás, personos y personas, jóvenes y jóvenas, miembros y miembras, habitantes y habitantas.

Por esto yo no voy a votar el cinco de junio.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Como llegamos aquí

Las contingencias ambientales son las alarmas de un reloj que echamos a funcionar hace mucho. No han sonado de repente por razones fortuitas, sino por el efecto acumulado de muchas acciones y omisiones. Algunas, responsabilidad de gobernantes y legisladores, otras, de la ciudadanía.

Por ello, seríamos miopes si sólo valoramos las contingencias desde la perspectiva ambiental, cuando la pregunta fundamental es: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Padecemos el futuro que no hemos sabido planear

La problemática del Área Metropolitana del Valle de México (AMVM) es resultado de una endémica incapacidad para planear, definir metas y, con base en ellas, tomar decisiones radicales.

Entre la solución drástica o la acción pospuesta, solemos optar por la segunda. Nos sobran las excusas. Esperamos la aparición de un mañana providencial, en lugar de construirlo a diario.

Como generación, evadimos nuestra responsabilidad histórica, porque en lugar de allanarle el camino a la siguiente, le pasamos una carga más pesada.

Una absurda concentración urbana que pudo evitarse

Haber dejado que más del 15% de la población del País se concentrara caóticamente, en una sola área metropolitana, es un monumento a la indolencia, porque si hay algo predecible por la estabilidad de sus tendencias, es el crecimiento poblacional.

En oídos sordos han caído las reiteradas advertencias de los especialistas que prevén el agravamiento de los problemas urbanos: medio ambiente, tráfico, agua, etc.

En México, los ferrocarriles sólo se mueven hacia atrás

El crecimiento mastodóntico de la urbe ha ido aparejado con un nulo desarrollo de la red ferroviaria a nivel nacional, que hubiera favorecido una dispersión más homogénea de la población a lo largo del territorio.

Por increíble que parezca para una metrópoli de la dimensión del AMVM y con las pretensiones que queremos darle, la única forma de entrar o salir de ella es sobre ruedas de hule.

Cada mañana, en las entradas de las principales carreteras, las largas filas de vehículos atestiguan este absurdo y sus nefastas consecuencias: miles de horas/hombre perdidas, litros de gasolina tirados a la basura y contaminación.

El desarrollo carretero en lugar del ferroviario ha sido la opción favorita de nuestros efímeros próceres, porque el mismo dinero alcanza para más kilómetros. Y ellos quieren inaugurar durante sus períodos de gobierno, muchos, muchos kilómetros. Expresión reiterada de ineptitud y cortoplacismo.

Risible que invirtamos miles de millones de dólares en un aeropuerto de primer mundo, cuando el AMVM no tiene una sola vía ferroviaria de pasajeros que la conecte con otra ciudad. Pero la creatividad del señor Foster nos pondrá a la altura de Londres, Nueva York, Paris, Berlín, aunque claro, sin ningún tren disponible.

Un transporte público organizado para beneficio del concesionario, no del usuario

En las principales capitales del mundo las redes ferroviarias, inter y suburbanas, se conectan con sistemas de transporte urbano – metro, autobús y tranvía —que operan a partir de una empresa.

En la Ciudad de México, además de que no existen tales redes, la prestación del servicio de transporte está fragmentada en cientos de concesionarios de todo tipo de autobuses y peseras, cuyo objetivo —no es brindar un servicio eficiente y seguro— sino maximizar la rentabilidad de la rebanada del pastel que se les concesionó.

Peor aún, estas concesiones se otorgan estableciendo puntos de origen y destino, que trazan líneas, pero no crean una verdadera red, porque no pueden traslaparse; nadie puede invadir el feudo del otro.

En este escenario, diseñar soluciones de largo aliento para abatir la congestión y la contaminación es un imposible.

Por ejemplo, para estos fines el Ayuntamiento de Londres impuso un derecho para circular en una extensa área del centro de la Ciudad, cuya recaudación se destina a mejorar el transporte público.

En México, esto lo podríamos imitar gravando a los vehículos por su cilindrada y el espacio que ocupan, pero no habría manera de usar lo recaudado para crear una red eficiente de transporte público. ¿Dárselo a los concesionarios como subsidio? ¡Ni locos!

También podríamos optar por establecer una red de tranvías en lugar de “metrobuses” que son un remedo ineficiente, costoso y contaminante, pero no habría ningún concesionario capaz de afrontar la inversión.

El sistema de concesiones obliga a que el transporte disponible se límite a lo que pueden ofrecer los concesionarios, no aquel que más le conviene al usuario y a la Ciudad.

El cáncer del urbanismo depredador

A un irracional crecimiento de la Metrópoli se ha sumado un desarrollo urbano anárquico y depredador, que se apoya en un marco normativo farragoso, cuyas interpretaciones intere$adas hacen posible todo.

La contaminación no la causan sólo los miles de vehículos que circulan enfrente de las banquetas, sino lo que se construye detrás de ellas.

Desde una visión miope se permite construir centros comerciales, edificios de oficinas y habitacionales atendiendo sólo a las características del terreno que ocuparan, sin considerar las implicaciones que su funcionamiento tendrá en los servicios, el tráfico y la contaminación.

Las externalidades negativas simplemente se omiten, aunque sean tan evidentes como el desarrollador que las origina, el funcionario que lo cobija y los vecinos que las sufren.

El verdadero costo de la corrupción no es la mordida sino lo que ésta deja torcido

Imposible dejar a la corrupción fuera del recuento de las causas que han contribuido a crear el caos en el que nos encontramos. Basta ver la irracionalidad y el caprichoso crecimiento urbano de la Ciudad de México para aquilatar las taras que la corrupción ha puesto sobre las espaldas de sus habitantes y que se resumen en un descenso de su calidad de vida.

Resignarnos nos hace cómplices del corrupto y del inepto, porque entienden nuestro silencio como una aprobación tácita. El “aquí no pasa nada”, empieza por el “no hacer nada”.

Así hemos llegado hasta aquí, y aquí seguiremos mientras no levantemos la mano para protestar, para denunciar, para proponer, para rechazar los atajos, para asociarnos con otros ciudadanos, para defendernos.

Alcemos la voz, mucho antes de que los problemas lleguen a nuestra banqueta, porque quizá cuando eso suceda, los corruptos ya nos habrán ganado la partida.