Tú, ¿qué ves en esta fotografía?: el cadáver de un niño yace sobre la costa turca

Niño sirio ahogado

La quietud del mar da una nota de solemnidad a la muerte del niño que yace sobre la costa de Turquía. El agua guarda silencio. Apenas, a escasos metros, se aprecian los restos del naufragio. La distancia se antoja absurdamente breve; sólo un corto trecho de recorrido y hubiera salvado la vida.

¿Por qué se ahogó si llevaba un chaleco salvavidas? No se sabe. El tráfico de personas lucra con las penurias de los que menos tienen y no conoce de escrúpulos. Para los traficantes, el migrante ilegal es un cliente efímero cuya vulnerabilidad explotan para maximizar sus ganancias, sin importarles las condiciones de la travesía y, menos aún, si llegan salvos a su destino.

Qué les importa a esos traficantes de la miseria, si quienes buscan refugio terminan asfixiados en un contenedor o ahogados por viajar en embarcaciones precarias con falsos chalecos salvavidas, de cuya inutilidad las víctimas terminan advirtiéndolo demasiado tarde, como quizá les ocurrió a los padres de ese niño que, ingenuos, habrían sacrificado algo de su escaso dinero con el afán de protegerlo.

Aunque la reiteración de una tragedia mengüe nuestra capacidad de asombro, no debe dejar de indignarnos que siga ocurriendo. Si permitimos que nuestra piel engrose, le estaríamos dando a las víctimas un valor decreciente, incorporaríamos su muerte a una normalidad inaceptable y brindaríamos a quienes la provocan, la complicidad de nuestro silencio.

Aunque la causa inmediata de la muerte de ese niño fue el ahogamiento, ésa no es la verdadera razón que acabó con su vida. Es la disputa del territorio de su país por parte de distintos intereses, lo que obliga a miles de sirios a asumir riesgos mayúsculos con el único propósito de sobrevivir.

La política internacional se juega con ambas manos; con una se pega mientras la otra se extiende. La diplomacia es el arte de la hipocresía. Sobre lo que sucede en territorio sirio, las grandes potencias han estado por años involucradas, a lo que ahora se suman Arabia Saudita e Irán.

Siria, aun siendo un pueblo milenario, tiene, como país independiente, menos de ochenta años. La brevedad de su historia contrasta con la cantidad de situaciones extremas que se han dado a lo largo de ella.

Las potencias venden armas, tiran bombas y, al mismo tiempo, llaman a las partes en conflicto, que son de facto sus peones en el campo de batalla, a hacer la paz. Pero cada uno quiere hacerla una vez que obtenga la máxima ventaja sobre su enemigo. Por eso es difícil hacerlos sentar a la mesa.

Los refugiados son ajenos a las causas del torrente que los expulsa. El culpable de la muerte de miles de ellos no es la mala suerte, sino la codicia de quienes los hacen caminar en la orilla del precipicio asediados por todo tipo de buitres

Por último, me pregunto: ¿Dónde está ahora ese México generoso que a principios del siglo pasado acogió a cientos de libaneses, palestinos y sirios que huían de la bota del Imperio Otomano que a sangre y fuego controlaba los territorios que ocupaba? Hoy en cambio pedimos para los compatriotas que abandonan el País, lo que no somos capaces de ofrecer a quienes desean ingresar al nuestro; que los acojan.

 

Un pensamiento en “Tú, ¿qué ves en esta fotografía?: el cadáver de un niño yace sobre la costa turca

  1. Que triste!!!

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