No hay corrupción, es affluenza

Psicólogo

El pasado diciembre, la presencia en México de Ethan y Tonya Couch, la consentidora madre del primero, causó revuelo en los medios cuando la policía los encontró en Puerto Vallarta, lugar que escogieron para esconderse después de huir del Estado de Texas, donde el primero fue sentenciado a cumplir un período de diez años de libertad condicional y a someterse a un proceso de rehabilitación en un centro especializado, lo que debería hacer alejado de sus padres, quienes pagarían el tratamiento.

¿Qué hizo Ethan a los dieciséis años para merecer esta pena? Dos cosas. La primera fue ingerir una buena cantidad de alcohol, mezclarlo con Valium y después conducir un automóvil con el que mató a cuatro peatones y dejó a uno de sus acompañantes en la parálisis más absoluta, salvo por el parpado que ahora usa para comunicarse.

La segunda cosa que le mereció esa condena, fue tener mucho dinero para pagar a unos abogados que, con el apoyo de un psicólogo de apellido Miller, le dieron al término “affluenza” un carácter de enfermedad mental, para evitar que el mocoso parara en una correccional de menores, donde la justicia estadounidense envía a delincuentes menos afortunados, por lo general afroamericanos y latinos de bajos ingresos. Muchos de los cuales requerirían también de ayuda para librarse de sus adicciones y superar los problemas psicológicos derivados de sus precarios entornos familiar y social.

¿Qué es la affluenza?

La palabra “affluenza” viene de unir el calificativo affluent, que en inglés significa rico, con el término influenza que se utiliza para nombrar a una gripe con síntomas más severos a los que normalmente se padecen.

Aunque hay indicios de que la palabra “affluenza” se acuñó en el siglo diecinueve, su uso se hace más frecuente a partir de mediados del siglo pasado en el campo de las ciencias sociales, para describir un tipo de comportamiento humano —tanto individual como colectivo— basado en un afán de consumo insaciable, dispendioso e imitativo de lo que hacen los demás.

Pero los argumentos que elaboró el doctor Miller para aminorar la condena a veinte años de prisión que pedía la fiscalía para Ethan, plantean la “affluenza”, no como un fenómeno social, sino como una enfermedad mental, que se manifiesta en individuos criados en un ambiente de riqueza donde ellos pueden usarla sin restricciones para todo lo que les plazca. A lo que en este caso se sumaron las cargas propias de una familia disfuncional.

Así, el doctor Miller argumentó que este conjunto de elementos les impide entender a quienes padecen de “affluenza”, el alcance de su responsabilidad personal y asumir las consecuencias físicas y morales que sus actos puedan tener en otras personas y en la sociedad, porque el dinero es la vía que, además de gratificarlos sin límite, les resuelve cualquier dificultad, controversia, obstáculo o problema que pudiera encontrar en su camino. Por ejemplo, causar daños a terceros, o lastimar u ofender a otra persona, no pasa por pedir disculpas y mostrarse apenados, sino por ofrecer dinero para que las cosas vuelvan a su lugar, como justo ahora pretende hacer la señora Couch, al contratar abogados para que busquen los vericuetos judiciales que permitan reducir los términos de la sentencia de su hijo.

La aceptación por parte del juez de los argumentos expuestos por la defensa de Couch, levantó ámpula en los medios y sociedad estadounidenses. Primero, porque la affluenza no está considerada como enfermedad en el campo de la psicología. Segundo, por las implicaciones que puede tener en el futuro al juzgar casos semejantes. Tercero, porque favorece a los delincuentes adinerados. Y, cuarto, porque la responsabilidad de las acciones que cometa un individuo en el presente, se trasladan a las circunstancias en la que fue criado.

Con el ánimo de agregar un poco de humor ácido, imaginemos que aquellos señalados como corruptos en nuestro País, ya sea porque su riqueza resulta inexplicable de manera legítima o porque se portaron mal y alguien denunció lo que todo mundo sabía, empiezan a justificarse diciendo que están enfermos de “affluenza”, por lo que son incapaces de distinguir entre el bien y mal. Lo único que saben, porque así sucedió con ellos, es que todo se compra y puede con dinero; conciencias, contratos, concesiones, empresas públicas, adquisiciones, mirar hacia otra parte, encubrir, torcer la ley, ignorarla, etc.

¡Qué pena nos inspirarían estos desgraciados! porque tendríamos que aceptar que sus padecimientos empezaron a cuando ni siquiera tenían uso de razón y quizá, como la “affluenza” es hereditaria, la génesis de su padecimiento se inició aun antes de que nacieran, cuando sus abuelos criaban a sus padres.

En lugar de hablar del Sistema Nacional Anticorrupción, tendríamos que proponer el Sistema Nacional Antiaffluenza para romper de tajo los contagios generacionales y evitar nuevos brotes de esta terrible enfermedad que, desde muy temprana edad, convierte en zombis cleptómanos a muchos políticos, servidores públicos y empresarios. Razón por lo que la Secretaría de Salud, que no la de la Función Pública, debería encargarse de coordinar todas las acciones pertinentes para establecerlo, entre las que estaría la creación de una red de centros de rehabilitación, donde nuestros enfermitos aprendieran, mediante el uso de las técnicas más avanzadas en el campo de psicología, a distinguir entre lo que es suyo y lo que pertenece a los demás.

Hablar de affluenza y no de corrupción abre una rendija de esperanza para resolver un problema endémico del País.

¡Estamos salvados!; no hay corrupción, es affluenza.

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