El Estado 32 o la Ciudad de México

Municipios conurbados portada

Desde los tiempos de la Colonia hasta el presente, la gobernanza es el motor que ha impulsado la división territorial. Así, los límites de reinos, capitanías, provincias, intendencias, ayuntamientos, territorios hasta llegar a los estados y municipios, se adaptaron a lo que más convenía para gestionar, hasta 1821, lo que fue el Reino de la Nueva España, y desde 1824 hasta nuestros días, a la República.

Así, salvo las fronteras de los estados norteños, que se modificaron como consecuencia del conflicto bélico con los Estados Unidos, la creación, fusión y los límites de las entidades federativas se han ido ajustando a cuestiones de índole administrativo y, formalizado legal y pacíficamente. Es decir, los mexicanos hemos dibujado y, seguimos haciéndolo, las rayas que definen la división política del País.

Imaginemos que un grupo multidisciplinario, integrado por especialistas de reconocido prestigio en diferentes ámbitos del conocimiento, se les asignara la tarea de estudiar la problemática del Área Metropolitana del Valle de México para que propusieran un conjunto de soluciones, cuyo fin fundamental fuera crear las condiciones para mejorar la calidad de vida a sus habitantes, abatir al mínimo la huella ambiental de la urbe y, asegurar su viabilidad financiera y operativa.

Para empezar, les podríamos compartir los siguientes datos:

Municipios conurbados

Si además les dijéramos que la población y el número de vehículos de los municipios conurbados del Estado de México crecen más rápido que en el Distrito Federal, que a diario se dan millones de desplazamientos entre ellos y que a través de éstos ingresa a la Capital una población flotante que demanda espacios, servicios e impacta la calidad del medio ambiente, sería muy probable que, como una pieza fundamental de la solución se planteara crear, como ya se dio en la Constitución del 1857, el Estado del Valle de México y reducir el territorio del Distrito Federal.

Si los mexicanos de ayer trazaron los límites de los estados que integran la nación, ¿por qué los actuales no pueden modificarlos para gestionar mejor, áreas del territorio nacional cuyo crecimiento demográfico, dispersión geográfica, urbanización y movilidad, plantean nuevos desafíos? ¿Por qué no se puede crear el Estado treinta y dos como opción para resolver la problemática del Área Metropolitana del Valle de México en lugar de convertir al Distrito Federal en cuasiestado?

Porque para nuestra desgracia, la solución de los principales problemas del País no pasa por los sesudos análisis de nuestros mejores talentos, que podrían aportar altura de miras y visión de largo plazo, sino por la conveniencia y mediocridad de nuestros efímeros próceres, que surgidos de las sombras terminan perdiéndose entre ellas, sin más luces que el destello de la plata que muchos suelen llevarse escondida en los bolsillos, con la complicidad pactada de sus sucesores.

Los factores que impulsan la Reforma Política del Distrito Federal responden a las agendas particulares de los personajes políticos del momento. Ella no es consecuencia de ningún análisis que tuviera como centro proteger y mejorar el bienestar ciudadano, y por ello se antoja que complicará los problemas que no sólo cruzan la capital a lo largo y ancho sino también al Área Metropolitana del Valle de México. Peor aún, la Reforma ignora que antes de plantear un tipo de organización, es preciso definir una visión y una estrategia para lograrla. Pero ahora, primero se propone construir el edificio y después meter a los inquilinos con todos sus cachivaches . ¿Ya veremos cómo se acomodan?

La fundación de la Ciudad de México como entidad federativa consumirá energía y desde luego, como ya apunta el texto de la Reforma, la redacción de su primera Constitución será la arena donde se cite la partidocracia para defender sus intereses mezquinos. Su prioridad no serán los ciudadanos sino la defensa y engrandecimiento de sus posiciones. A ellos las preguntas que les importan son las relacionadas con el poder y el dinero: ¿Cómo se estructurará el Congreso? ¿Cómo se nombrarán a los titulares de los órganos autónomos? ¿Cuánto se les dará a los partidos? ¿Cómo se asignará el presupuesto entre demarcaciones? ¿Cuántos concejales por demarcación? ¿Decidirán éstos sobre la asignación de recursos? ¿Cómo y cuántas demarcaciones habrá? ¿Cómo blindarán sus tropelías a través del fuero e impedirán la transparencia?

Debemos tener claro que la Reforma Política del Distrito Federal aporta poco para mejorar la problemática que cotidianamente enfrentamos los capitalinos y que en buena parte compartimos con el resto de los habitantes del Área Metropolitana del Valle de México. Sin embargo, lo que sí podemos hacer, es aprovechar la redacción de la Constitución de la Ciudad de México para unir nuestras voces a través de candidaturas independientes, organizaciones y redes sociales, y foros públicos con el fin de estar alerta y señalar los errores u omisiones que apreciamos en la propuesta. Ahora, es una oportunidad para remediar muchas de las deficiencias de nuestro actual marco jurídico que han servido para el enriquecimiento ilícito, la impunidad, la depredación urbana y para legalizar actos de corrupción ostensibles.

No hay corrupción, es affluenza

Psicólogo

El pasado diciembre, la presencia en México de Ethan y Tonya Couch, la consentidora madre del primero, causó revuelo en los medios cuando la policía los encontró en Puerto Vallarta, lugar que escogieron para esconderse después de huir del Estado de Texas, donde el primero fue sentenciado a cumplir un período de diez años de libertad condicional y a someterse a un proceso de rehabilitación en un centro especializado, lo que debería hacer alejado de sus padres, quienes pagarían el tratamiento.

¿Qué hizo Ethan a los dieciséis años para merecer esta pena? Dos cosas. La primera fue ingerir una buena cantidad de alcohol, mezclarlo con Valium y después conducir un automóvil con el que mató a cuatro peatones y dejó a uno de sus acompañantes en la parálisis más absoluta, salvo por el parpado que ahora usa para comunicarse.

La segunda cosa que le mereció esa condena, fue tener mucho dinero para pagar a unos abogados que, con el apoyo de un psicólogo de apellido Miller, le dieron al término “affluenza” un carácter de enfermedad mental, para evitar que el mocoso parara en una correccional de menores, donde la justicia estadounidense envía a delincuentes menos afortunados, por lo general afroamericanos y latinos de bajos ingresos. Muchos de los cuales requerirían también de ayuda para librarse de sus adicciones y superar los problemas psicológicos derivados de sus precarios entornos familiar y social.

¿Qué es la affluenza?

La palabra “affluenza” viene de unir el calificativo affluent, que en inglés significa rico, con el término influenza que se utiliza para nombrar a una gripe con síntomas más severos a los que normalmente se padecen.

Aunque hay indicios de que la palabra “affluenza” se acuñó en el siglo diecinueve, su uso se hace más frecuente a partir de mediados del siglo pasado en el campo de las ciencias sociales, para describir un tipo de comportamiento humano —tanto individual como colectivo— basado en un afán de consumo insaciable, dispendioso e imitativo de lo que hacen los demás.

Pero los argumentos que elaboró el doctor Miller para aminorar la condena a veinte años de prisión que pedía la fiscalía para Ethan, plantean la “affluenza”, no como un fenómeno social, sino como una enfermedad mental, que se manifiesta en individuos criados en un ambiente de riqueza donde ellos pueden usarla sin restricciones para todo lo que les plazca. A lo que en este caso se sumaron las cargas propias de una familia disfuncional.

Así, el doctor Miller argumentó que este conjunto de elementos les impide entender a quienes padecen de “affluenza”, el alcance de su responsabilidad personal y asumir las consecuencias físicas y morales que sus actos puedan tener en otras personas y en la sociedad, porque el dinero es la vía que, además de gratificarlos sin límite, les resuelve cualquier dificultad, controversia, obstáculo o problema que pudiera encontrar en su camino. Por ejemplo, causar daños a terceros, o lastimar u ofender a otra persona, no pasa por pedir disculpas y mostrarse apenados, sino por ofrecer dinero para que las cosas vuelvan a su lugar, como justo ahora pretende hacer la señora Couch, al contratar abogados para que busquen los vericuetos judiciales que permitan reducir los términos de la sentencia de su hijo.

La aceptación por parte del juez de los argumentos expuestos por la defensa de Couch, levantó ámpula en los medios y sociedad estadounidenses. Primero, porque la affluenza no está considerada como enfermedad en el campo de la psicología. Segundo, por las implicaciones que puede tener en el futuro al juzgar casos semejantes. Tercero, porque favorece a los delincuentes adinerados. Y, cuarto, porque la responsabilidad de las acciones que cometa un individuo en el presente, se trasladan a las circunstancias en la que fue criado.

Con el ánimo de agregar un poco de humor ácido, imaginemos que aquellos señalados como corruptos en nuestro País, ya sea porque su riqueza resulta inexplicable de manera legítima o porque se portaron mal y alguien denunció lo que todo mundo sabía, empiezan a justificarse diciendo que están enfermos de “affluenza”, por lo que son incapaces de distinguir entre el bien y mal. Lo único que saben, porque así sucedió con ellos, es que todo se compra y puede con dinero; conciencias, contratos, concesiones, empresas públicas, adquisiciones, mirar hacia otra parte, encubrir, torcer la ley, ignorarla, etc.

¡Qué pena nos inspirarían estos desgraciados! porque tendríamos que aceptar que sus padecimientos empezaron a cuando ni siquiera tenían uso de razón y quizá, como la “affluenza” es hereditaria, la génesis de su padecimiento se inició aun antes de que nacieran, cuando sus abuelos criaban a sus padres.

En lugar de hablar del Sistema Nacional Anticorrupción, tendríamos que proponer el Sistema Nacional Antiaffluenza para romper de tajo los contagios generacionales y evitar nuevos brotes de esta terrible enfermedad que, desde muy temprana edad, convierte en zombis cleptómanos a muchos políticos, servidores públicos y empresarios. Razón por lo que la Secretaría de Salud, que no la de la Función Pública, debería encargarse de coordinar todas las acciones pertinentes para establecerlo, entre las que estaría la creación de una red de centros de rehabilitación, donde nuestros enfermitos aprendieran, mediante el uso de las técnicas más avanzadas en el campo de psicología, a distinguir entre lo que es suyo y lo que pertenece a los demás.

Hablar de affluenza y no de corrupción abre una rendija de esperanza para resolver un problema endémico del País.

¡Estamos salvados!; no hay corrupción, es affluenza.