Reflexiones navideñas

Árbol de navidad

La época navideña me inspira sentimientos encontrados.

En principio la veo como un refugio para detener nuestra jornada vital, meditar sobre el rumbo que llevamos y abrazar a nuestros seres queridos para darnos cuenta que, en ese amor y en el hecho de seguir vivos, está la única riqueza que en verdad cuenta.

Pero por desgracia, esa ocasión, única en el año, ocurre en un vendaval consumista cada vez más acentuado, que ya empieza cuando el pan de muerto aún está caliente. Y esto me fastidia. Más aún, me deprime ver adornos navideños a principios de noviembre, porque anticipo la manipulación publicitaria y el chantaje sentimental.

“Corre y compra antes que se acabe”; “apúrate que quedan pocos días”, “si los quieres demuéstraselos con un regalo”, “No te quedes con el sentimiento de culpa, compra” —nos dice con sutiles maneras el Gran Hermano, que lleva sobrada cuenta de nuestros gustos y hábitos, porque tiene mil formas de seguirnos la huella. Es hábil para colarse en nuestra intimidad sin que percibamos su presencia.

Concluidas las fiestas navideñas, el Gran Hermano nos tronará sus dedos en la cara para despertarnos. Apelará a la desmemoria para burlarse de nosotros y nos dirá de nuevo— “corre, apúrate, porque ahora está en barata lo que antes vendí caro”.

El consumismo succiona el significado de aquellos días que hemos fijado en el calendario para celebrar la vida, para homenajear a quienes nos la dieron, para desearnos la buenaventura y para ponernos en paz. Pasamos exhaustos por esas celebraciones, porque se nos hace correr y desgastarnos para llegar presurosos con el obsequio en mano, como si vivir los días previos no valiera la pena. La compra se vuelve fin y el sentimiento apenas alcanza para pretexto.

En el torbellino publicitario, el reto es abstraerse para encontrar el sentido fundamental de lo que festejamos. Tiempo de reflexión el que media entre Navidad y Año Nuevo.

Ver hacia atrás para agradecer lo mucho que recibimos de quienes fueron nuestros compañeros de camino. Si crecimos fue en gran parte por lo que nos compartieron. La vida es sumar porque sólo así se crece. No hay planta que se nutra sola y menos un ser humano.

Atrás, la estela del pasado que parte justo del lugar donde nos encontramos, adelante la incertidumbre del futuro; la inevitable aventura de vivir sin conocerlo. Por eso nos abrazamos deseándonos lo mejor para el nuevo ciclo. Paz, felicidad, salud, tranquilidad, logros son temas de los deseos que intercambiamos.

En este remanso del río, cuando ya se aproxima una nueva frontera de los años, gracias a todos y que esos deseos se hagan en sus vidas una realidad.

5 pensamientos en “Reflexiones navideñas

  1. Estimado Alfredo: Muchas gracias por tus interesantes comentarios que gentilmente me envías periódicamente. Te envío mis mejores deseos para el 2016. Saludos cordiales Arturo

    Enviado desde mi iPad

  2. Estimado Alfredo:
    Estoy de acuerdo con esta editorial, pero creo que, quienes leemos tu blog, estamos conscientes de ello, en menor o mayor grado. La invitación sería perseguir el siguiente nivel de acción: Que todos tus amigos y, por lo tanto, aun sin conocerlos los considero mis amigos, por ti, pues eres una persona con muchas cualidades que, en algo aunque sea poquito, debemos coincidir y eso nos hermana. La acción a la que me refiero, el reto, es: Encargarnos de modificar los hábitos de los demás, de aquéllos quienes están cerca nuestro, que son “carne de cañón” del consumismo… y no se dan cuenta. Ese es el trabajo que nos toca hacer a quienes sí nos percatamos de esta simbiosis nefasta, en la que los “estrategas publicitarios” abusan descaradamente, porque saben que tienen a su disposición a una masa “cómplice” y, a veces consciente, que le sigue el juego.

    Hace unos días, en una pequeña posada, que organizó la hija de mi hermano Alfonso, conocí a una mujer. Ariadna, con quien platiqué toda la velada. Como todos los mexicanos de hoy, hablamos de la terrible situación que vivimos y ella planteó el lacerante comentario final con que la avasallan siempre: “Y tú, ¿qué haces para cambiar eso?” Ariadna comentó que siempre “pierde” la discusión contra tal argumento, porque es consciente de la limitada influencia sobre las grandes masas que personas común y corrientes, tenemos. Le dije que no estaba de acuerdo con ello, pues ha criado a dos jóvenes adultos que son productivos, que no tienen vicios, que son personas de bien y eso es mucho, muchísimo…

    Como sabes, querido Alfredo, soy poeta y tengo una imagen poética muy pequeña que versa así:

    “¿De qué material, tan elástico, estarán hechas las parvadas?”

    (por favor, copiar y pegar)

    Le comenté a Ariadna de esta imagen y la pregunta es: ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo logran esa precisión de vuelo sin colisiones, sin accidente alguno? ¿Cómo, cada individuo, cada estornino sabe el trayecto de cientos de miles de ellos?… ¿en dónde está la magia? ¿Será que tienen un sistema de navegación súper sofisticado en la cabeza?

    La respuesta es más simple y, por ello, formidable: Cada estornino se “ocupa” de estar al pendiente, de las 7 aves a su alrededor, solamente. Así, aunque dos especímenes estén a milímetros de distancia, los 7 que le toca a cada uno, son distintos. Queda claro que, el resultado, es arrebatador.

    Esta respuesta es asequible al ser humano: Si cada uno de nosotros nos “ocupáramos” de los 7 que nos toca, para hacerlos entrar en razón respecto del abuso consumista, del abuso político, de la destrucción al ambiente… de todos esos temas que, como individuos. nos preocupan enormemente, pero consideramos imposible generar algún cambio de manera individual, por la casi nula influencia que tenemos, podríamos ser factor si actuáramos con la técnica de los estorninos. Podríamos lograr la misma elasticidad a la que me refiero en la imagen poética y realizar un “vuelo arrebatador”…

    Te agradezco, querido Alfredo, poner en la mesa una reflexión muy válida y pertinente en estas fechas. Te deseo felicidad y linda convivencia con tu familia. Aprovecho para desear felicidad a todos los amigos que te leemos y que, “por tu culpa”, nos hermanamos.

    Recibe un fuerte abrazo,

    Jorge de la Parra del Valle

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