El dinero no puede seguir marcando el rumbo de nuestra Ciudad

 Business Direction

En apoyo a: #AsíNo #YaNoMás Marcha Pacífica por la defensa de la Ciudad de México. A las 11 horas del 5 de diciembre 2015 en Arcos Sevilla

La corrupción inmobiliaria ha colocado al ciudadano a la defensiva, como lo demuestran la cantidad de asociaciones de vecinos que están presentes en las redes sociales y que con frecuencia se manifiestan en las calles. A diario los capitalinos pelean cientos de batallas para defenderse, no sólo de maleantes disfrazados de empresarios y desarrolladores, sino de la autoridad que los respalda, cobija y legaliza sus triquiñuelas.

Imposible ver el horizonte y fijarle rumbo al barco, porque vivimos tapando agujeros que literalmente abren las mordidas. Nuestro estado es de urgencia permanente y la definición del destino de la Ciudad que escogimos para vivir, queda al arbitrio de sus efímeros gobernantes y de la partidocracia cuyo objetivo prioritario en la Asamblea es ajustar la agenda legislativa a su conveniencia temporal. Las necesidades e intereses del ciudadano no pasan de ser un recurso retórico.

No es exagerado afirmar que la Ciudad de México es el museo de las ocurrencias, cuya más reciente adquisición pretende ser el Corredor Chapultepec. Peor nos ha ido desde que alguien asumió que en la descripción del puesto de Jefe de Gobierno está incluida la función de actuar como precandidato a la presidencia de la República, porque eso ha contraído la agenda pública a lapsos brevísimos para que el prócer en turno obtenga resultados visibles y presumibles, más efectistas que efectivos, que no responden a una perspectiva coherente de largo plazo y que muchas veces implican la comisión de onerosos errores, como ocurrió con la línea 12 del Metro, en detrimento del Erario al que muchos aportamos. A lo que habría que sumar gastos donde, descontada la verborrea declarativa que exalta las buenas intenciones de programas e iniciativas, no queda claro si en verdad cumplen con sus objetivos.

Los problemas de la Ciudad de México, como ocurre en cualquier urbe, son como los nudos de una red donde resulta imposible deshacer uno sin afectar a los demás. Más aún, porque entre ellos se retroalimentan de manera circular; a veces son causa, otras efecto. Imposible resolver uno sin atender a los demás.

Empero, los gobiernos capitalinos actúan como si esta obviedad no existiera. Incluso, en lugar de establecer los lineamientos macro a los que deberían supeditarse las decisiones particulares para integrar un todo congruente, lo que ocurre en la práctica es que éstas se toman de manera casuística, con frecuencia al amparo de la corrupción, lo que crea una situación caótica donde los principales problemas urbanos terminan exacerbándose unos a otros.

En una ciudad densamente poblada como es la Ciudad de México, donde además se concentran todas la facetas de la vida del país; política, económica, cultural, etc. no sorprende que el uso del suelo sea un motivo de disputa entre los ciudadanos y los grupos de interés económico, y que constituya una de las principales causas de corrupción y de fricción entre los capitalinos. Basta ver la forma grotesca como muchos desarrolladores, en connivencia con las autoridades, bancos y notarios pervirtieron de manera fraudulenta la famosa Norma 26 y como han interpretado a su modo el Artículo 41 de la Ley de Desarrollo Urbano para lucrar a costa del interés de la mayoría.

La suma de decisiones respecto al uso que se le da a cada terreno tiene un efecto directo en nuestra calidad de vida, pues repercuten en el tránsito, la contaminación, y en la disponibilidad de servicios y espacios públicos, por lo que deberían tomarse a partir de una perspectiva muy amplia.

Desafortunadamente esto no es así. En el otorgamiento permisos de construcción y de uso del suelo prevalece un enfoque centrado en cada espacio en particular, sin entender las repercusiones que esa decisión aislada tendrá por sí misma y cuando se combine con otras tomadas de igual manera. Así, todos los días atestiguamos como los costados de muchas avenidas y calles estrechas se van llenando de edificios y comercios que desde su construcción se traducen en problemas de tránsito y contaminación, y que más adelante agudizan la escasez de agua y la falta de servicios.

¿Qué sentido tiene invertir en transporte público, vías rápidas, ciclopistas y hacer un esfuerzo para abatir la contaminación cuándo a diario y en todas las delegaciones se toman decisiones como las que acabamos de describir? Las supuestas soluciones no son más que rayas en el agua y los problemas sólo empeoran. A diario sufrimos el triunfo de la miopía, la improvisación y la venalidad sobre la racionalidad, el interés colectivo y la visión a futuro.

¿Qué podemos hacer los ciudadanos?

Debemos pugnar por recuperar la determinación del destino de nuestra ciudad. Esta función no puede ser prerrogativa sin ataduras de individuos, a menudo gestores improvisados, incluso con evidentes conflictos de interés, que efímeramente ejercen cargos públicos durante lapsos brevísimos, si éstos se comparan con la relación vitalicia que tiene el ciudadano con su hábitat, empezando por la ubicación de su morada.

La planeación de la ciudad debe pertenecer a los ciudadanos y, por ende, la resultante de este esfuerzo: el plan para su desarrollo, debe tener el carácter de bien público, porque es el instrumento que debe servir de referencia para armonizar las acciones de particulares, gobierno y legislativo con el objetivo fundamental de mejorar su calidad de vida.

Es momento de conjuntar los numerosos esfuerzos que decenas de organizaciones ciudadanas hacen para preservar su hábitat para que, con el apoyo del mejor talento disponible en materia urbana, se plantee cómo la ciudadanía puede crear y responsabilizarse del seguimiento y modificaciones del plan de desarrollo de la ciudad, para convertirlo en un bien público que oriente la gestión sexenal y el trabajo legislativo.

Pugnemos para que el bien común sea lo que determine el rumbo de nuestra ciudad y no el dinero que en su afán de lucro depreda, corrompe y compromete el bienestar de varias generaciones de ciudadanos, que ven como su calidad de vida decrece. De 1940 a la fecha el Distrito Federal ha crecido más de cinco veces. ¿Quién se atrevería a afirmar que hoy se vive en la Capital cinco veces mejor?

Es tiempo de que las organizaciones ciudadanas además de defender sus trincheras, salgan de ellas y se unan para plantear la batalla que nos permita recuperar el destino de nuestra Ciudad.

9 pensamientos en “El dinero no puede seguir marcando el rumbo de nuestra Ciudad

  1. Alfredo Celebro también este artículo, sin duda las vertientes de solución que propones son claras, es el como volvernos pro activos lo que nos sigue teniendo estancados. Abrazo

    Enviado desde mi iPhone

  2. La frase mágica querido Alfredo: “El bien común” ¡Cuánta falta nos hace dejar a un lado el egoísmo preocuparnos más por lo que beneficia a nuestra comunidad! Un abrazo

  3. No cabe la menor duda: Dice el evangelio que donde esta tu tesoro, esta tu corazón. Tenemos un tesoro invalido que es la egolatría y un corazón muy pobre que cree llenarse de lo que no puede llenar a una sed de infinito. El enfoque debe ser cambiado, como tu lo dices. No es el dinero ganado ilicitamente la solución.

  4. Alfredo;
    Antes teníamos esos sitios que eran bien público o bien comun, como las calles, avenidas viaductos, parques, los espacios bajo los puentes, etc. Hoy a cualquiera con dinero que vea un espacio libre se le ocurre hacer negocio, invita a un funcionario a que lo apadrine y listo. Ya tienes segundos pisos que aunque los pagues, es un robo a toda la ciudad pues son espacios que se quitan al uso común.Haymuchos ejemplos, hoy no hay que dejar que Shopultepec triunfe. Luego a recuperar los segundos pisos, el foro que televisa construyó en Azcapozalco en un parque público, construcciones en las márgenes de la prensa Anzaldo en periferico sur.

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