Primera dama; resabio cortesano que bien vale borrar

Las esposas de los presidentes de México arriban a la residencia de Los Pinos de la mano de sus maridos. Ellas (algún día también habrá ellos) son tan circunstanciales en la escena nacional como lo sería cualquier otro pariente político o sanguíneo del mandatario en turno, quien para llegar a serlo tuvo que competir en unas elecciones donde se vota por individuos, que no por matrimonios.

Tan evidente es el carácter circunstancial de la consorte del presidente de la República que, para ocupar este cargo, la Constitución no establece ninguna condicionante respecto a su estado civil.

Tampoco la esposa del jefe del Poder Ejecutivo tiene previsto ningún rol específico dentro de la Administración Pública. Ni siquiera en el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia, porque ella sólo preside de manera honoraria y a título personal, una entelequia administrativa denominada Consejo Consultivo Ciudadano del Sistema DIF. Mientras que dicho Sistema lo dirige ahora, por designación presidencial, la esposa de Osorio Chong, Secretario de Gobernación, lo que desde mi perspectiva y al margen de consideraciones éticas, es un conflicto de intereses dado que una de las atribuciones de éste es coordinar a los secretarios de Estado y demás funcionarios de la Administración Pública, para garantizar que se cumpla lo que ordene el titular del Ejecutivo.

El término “Primera dama” surge en los Estados Unidos. Nación, donde por haber sido colonia del Imperio Británico, lugar en el que abundan los títulos nobiliarios, resultó lógico que a la esposa de su primer presidente, se le llamara Lady Washington.

Más adelante, en el siglo XIX a las esposas de los presidentes estadounidenses, se les denominó ocasionalmente como: “First Lady of the land”. Así, el uso de este término se fue popularizando hasta que mutó al de “First Lady” que conocemos ahora, y que está arraigado en la cultura y escenario político de ese país.

En América Latina, el término “Primera dama” se difundió al amparo de las casas presidenciales —incluso algunas oficializaron el cargo— que con gusto y para el halago de su vanidad, emularon con entusiasmo, como si así se parecieran, los usos y costumbres de quienes gobiernan en la potencia continental. Aunque para esto también contaron con la complicidad de los medios que, con base en la ley del mínimo esfuerzo, gustan de empacar las cosas dentro de etiquetas.

En México, el vocablo “Primera dama” adquirió un carácter oficial en esta administración, al empezar utilizarlo en su página web para denominar como tal a la esposa del presidente.

Mi opinión es que al margen de las fobias que con vehemencia y razón se ha ganado la cónyuge actual de Enrique Peña Nieto, el término “Primera dama” debe ser eliminado del vocabulario oficial del Gobierno mexicano y ojalá así ocurriera con los medios, por los siguientes argumentos:

Primero.-

Es un resabio cortesano que no encaja en una cultura republicana y que marca distancia con el pueblo, porque parece que a éste se le mira desde arriba y muy lejos, pese a que el acceso a la casa presidencial de sus temporales inquilinos, se debe a que ese mismo pueblo se los permitió al elegirlos, a condición de que lo sirvieran y respetaran las leyes que él se ha dado.

“Primera dama”, “Pareja presidencial”, “Familia presidencial” son expresiones con tufo aristocrático, cuyo uso ignora que, con base en nuestros principios democráticos, elegimos cada seis años a un mandatario que no a un grupo mandantes, integrados por el presidente y su prole, quienes al disfrutar de la utilería del poder se constituyen en efímera realeza, que en las más de la veces ha tenido tristes finales, porque pasaron por alto que en política, lo que empieza por ser perfume termina apestando.

Si así ha ocurrido es porque lo hemos permitido.

Segundo.-

Es sexista, porque con cierta condescendencia se le da a una mujer un título informal, cuyo equivalente, en el caso opuesto, no se usaría jamás con un hombre, porque dada nuestra cultura machista eso sería tanto como ponerle al marido un delantal enfrente de sus amigos.

Nunca oímos que al esposo de Margaret Thatcher le llamaran: “First Gentleman” y tampoco creo que este término se use con Bill Clinton, en caso de que su esposa Hillary sea elegida presidenta de los Estados Unidos.

Tercero.-

No se puede llamar “Primera” a una persona que, salvo su marido, nadie escogió. Ni tampoco tiene ningún mérito ser la esposa de quien por circunstancias ocupa un cargo público.

Poner por esta sola razón a una mujer al principio de la línea, resulta ofensivo para la demás mujeres, entre las cuales con seguridad hay muchas cuya calidad humana, méritos profesionales o vocación para servir a los demás, las pondría por delante de aquella que, efímeramente, se dice que es la primera.

Primera, sólo la República; que después sigan las damas y los caballeros, y entonces que cada uno decida quién, entre ellas y ellos, es primero.

6 pensamientos en “Primera dama; resabio cortesano que bien vale borrar

  1. Dudas. Si la “primera dama” no esta considerada en la Constitucion, tiene algun presupuesto asignado? O todo sale del sueldo de su marido (presidente) y del presupuesto de Los Pinos? Ya hemos vivido lo nefasto que es darle poder al consorte. Echeverria y Lopez Portillo fueron un desastre.
    Pero con todo esto no creo que se haga ningun cambio respecto a este tema. El pueblo necesita (por desgracia) a quien alabar….

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