La corrupción sí es una cuestión cultural

El comentario que Peña Nieto hizo durante un encuentro con periodistas, en el sentido de que la corrupción es una cuestión cultural, desató de inmediato una polémica en los medios y en las redes sociales.

Se criticó que considerar a la corrupción como un fenómeno cultural equivalía a resignarse a vivir con el problema porque se asumía como un hábito, incluso, algún comentarista sugirió que esa afirmación casi tenía un carácter genético, al deducir que ésta equivalía a decir que “la corrupción existe porque así somos”.

Las razones que alentaron esta polémica parten, en buena medida, del desprestigio y la pérdida de popularidad que acumula el presidente de la República, lo que convierte a éstos en suerte de lente a través del cual se juzgan todos su actos y, más, sus dichos, terreno este último donde, por una parte, sus traspiés han sido recurrentes y, por la otra, porque han servido como referencias para señalar la distancia que media entre sus palabras y su forma de actuar.

Sin embargo, para el entendimiento de nuestra realidad esto es desafortunado, porque al satanizar esa afirmación se descarta de manera irreflexiva, una de las cuestiones cuyo análisis nos ayudaría a entender la extensión y profundidad que tiene uno de los problemas más graves que afronta el país, como es la corrupción, cuyo peso nos dificulta avanzar en cualquier frente.

¿Qué sería si la misma afirmación la hubiera hecho un personaje que goza de un alta estima social? Por ejemplo, cuando era cardenal de Buenos Aires, el Papa Francisco afirmó: “La corrupción no es un acto, sino un estado personal y social en el que uno se acostumbra a vivir”*.

Acostumbramos a vivir en ella, significa que, cual salitre en las paredes, se ha introducido de manera silenciosa pero evidente en nuestra cultura que, en este caso, no la entendemos como una acumulación de conocimientos, sino como el conjunto de hábitos, valores, actitudes, creencias y visiones que determinan nuestra manera de actuar y que se manifiestan en la forma como nos comportamos individual y colectivamente.

Así, una manera alternativa para analizar si la corrupción es un fenómeno cultural es mirar la otra cara de la moneda, y preguntarnos si la honestidad es un valor arraigado en la sociedad mexicana.

Veamos el plano individual: ¿Por qué ocurre que individuos que han llegado a ocupar el mismo cargo público, unos se retiraron de ellos ostensiblemente ricos y, en cambio, otros los dejaron con lo mismo que tenían al asumirlos? ¿Qué explica esta diferencia, cuando todos desempeñaron su encargo sujetos a las mismas regulaciones, en entornos similares y, por ende, con idénticas oportunidades para enriquecerse de manera ilícita?

La respuesta es sencilla: los valores se maman en casa porque es ahí donde toma lugar buena parte del desarrollo moral del individuo. Más aún, si en México un antropólogo decidiera estudiar el fenómeno de la corrupción desde una perspectiva generacional, con seguridad encontraría cierta consistencia en la repetición de patrones de comportamiento.

Quien como hijo goza de los frutos de la corrupción de sus padres, es muy probable que como adulto también incurra en ella, porque ésta ha sido parte de su normalidad; lo excepcional para él sería la honestidad, a la que quizá juzgue como un lastre sino es que como una idiotez.

Lo peor, es que la impunidad, aunada a la aceptación social del corrupto no oficial —aquel que ostenta sin pudor los beneficios materiales que logra de manera ilícita, pero que jurídicamente no ha sido nunca acusado— le confirman, desde su particular perspectiva, que él tiene la razón, lo cual envía un mensaje perverso que trastoca los valores sociales; la deshonestidad se considera como una expresión de astucia, como un riesgo que bien paga el correrlo para encontrar atajos que faciliten el éxito económico. Por contra, la honradez la practican los pusilánimes; mediocres carentes de atrevimiento (político pobre, pobre político, dijo Hank) que son incapaces de entender y ajustarse a las reglas del juego y, por ende, terminan convertidos en estorbos rígidos sin ninguna maleabilidad, lo que justifica apartarlos del camino.

El problema, como decía el Papa Francisco, es cuando nos acostumbramos a vivir en esa situación, porque eso significa que la corrupción, como un antivalor, se ha incorporado en las distintas expresiones de nuestra cultura: la cívica, la organizacional, la judicial, la de negocios, la vial, la académica, la política, la periodística, etc.

Esto reduce el capital social del país, colocándonos en desventaja frente a otras naciones donde al tener el valor de la honestidad un mayor arraigo, ésta les facilita las cosas, les ahorra el pesado costo de la desconfianza y hace que sus sociedades se desenvuelvan en un clima de mayor certidumbre y seguridad jurídica.

No significa que la corrupción sea inexistente en esos países, pero en ellos hay la convicción de que sus leyes e instituciones mantendrán el problema bajo control. Al menos, será muy poco probable que el corrupto no oficial alardee de sus proezas ostentando sus bienes y su forma de vivir, al tiempo que la sociedad lo acoge en muchos de sus círculos, como uno de sus miembros distinguidos.

Ojalá que la corrupción no fuera una cuestión cultural, porque sería sencillo erradicarla y no tendríamos frente a nosotros el reto enorme que significa modificar patrones de comportamiento que hoy día se consideran normales.

Por ello, resulta ingenuo pensar que nuevos marcos legales e institucionales como el Sistema Anticorrupción, serán suficientes para, ahora sí, evitar los actos ilícitos que están tipificados desde el primer Código Penal publicado en 1871.

Las convicción del respeto a la ley no se crea con base en el temor que pueden infundir las penas por no cumplirla, sino a partir del convencimiento de que acatarla es algo que a todos conviene porque allana el camino.

Por ello, ninguna estrategia anticorrupción va a funcionar, si en paralelo no se trabaja con los niños y los jóvenes. Esto significa, que así como se les concientiza de la gravedad de los problemas ambientales y de la urgencia para resolverlos, así también hay que alertarlos sobre los riesgos que corre su futuro, cuando una nación deja de respetarse a sí misma, al claudicar frente a quienes violan las leyes y pervierten las instituciones que ella se dio.

*Corrupción y Pecado”, Jorge M, Bergoglio, Biblioteca El Mundo, 2013

8 pensamientos en “La corrupción sí es una cuestión cultural

  1. Excelente articulo. Es una solucion que llevara tiempo, pero algun dia debemos iniciar ese cambio “cultural”. No comentaste nada sobre el “chistesito” que se avento Peña Nieto, de “cumplanse las leyes en los bueyes de mi compadre, pero no en los mios” Fue mensaje??? Saludos

  2. Sin duda, el combate a la corrupción es una combinación de educación y miedo a las leyes. Lo primero, que es fundamental, desafortunadamente, tardaría una generación antes de verse los resultados. Sin embargo es urgente que se inicie a la brevedad.

  3. Cierto . Debemos trabajar con nuestros niños y jóvenes ; somos y seremos lo que nos dieron en la casa paterna, y es ahí , con fuerza y vigorosa convicción donde hay que transmitir los valores y benficios que tanto en lo individual como en lo colectivo repotará nuestra conducta anticorrupción.
    Excelente artículo y termino esta nota, repitiendo literalmente el comentario del Act. J.Fonseca . . . “Que cierto lo que escribes y cada vez mejor, como los vinos buenos” .
    Felicidades!!
    Alejandro Cuevas Kurczyn.

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