La ilegalidad no justifica la ilegalidad

Asumiéndose como el Gran Hermano orwelliano, alguien con suficientes recursos humanos, económicos y tecnológicos, graba con admirable nitidez, conversaciones telefónicas provenientes de celulares y números fijos. Después, las edita prolijamente en videos, de tal forma que las palabras no sólo se escuchen sino también se vean y, por último, las difunde por goteo desde la clandestinidad más absoluta y, en apariencia, imposible de rastrear.

Los hechos develados provocan el escándalo. Éste erupciona cual volcán; una tras otra las columnas de ceniza se suceden alcanzando nuevas alturas. La sociedad, ofendida, despliega su rabia en las redes sociales, los medios capitalizan la nota del día y los columnistas se regodean con los pormenores. Así, la justicia mediática hace posible que en tiempo record, ocurran la presentación de pruebas, el juicio y la condena.

Agazapado en el anonimato, el Gran Hermano observa complacido cómo funciona la psicología de la masa. Para ella, la sola ilegalidad del acto develado es razón suficiente para darle a éste y a las especulaciones que de él se desprendan, una validez incuestionable.

Este hecho nos coloca en una situación paradójica; nos ofende la ilegalidad denunciada, y más aún porque la consideramos como un daño a nuestro patrimonio, pero al mismo tiempo consentimos al que viola el derecho que todos tenemos en cuanto a la protección de nuestra privacidad. En otras palabras, aceptamos de manera implícita que la ilegalidad justifica la ilegalidad. En la jerga del mundo criminal esto se llama ajuste de cuentas.

Tienen razón quienes dicen que las conversaciones telefónicas donde se hable de delinquir, deben dejar de ser privadas. Pero decidir esto, con base en nuestras leyes, no es una potestad individual sino que supone, en primer término, que el órgano encargado de la procuración de justicia, al presumir la comisión de un ilícito, pida la autorización de intervenirlas y, en segundo, que un juez la conceda. Y, aun así, este permiso no incluye airearlas en los medios sin ninguna restricción, menos aún si eventualmente se constituyeran en pruebas para presentarse durante un juicio.

La denuncia mediática deriva en condenas populares, pero en la mayor de las veces no trasciende en sentencias judiciales, lo que en los ciudadanos legos en los procedimientos penales, que son la gran mayoría, exacerba su desconfianza en las instituciones, a las que juzgan de pasivas, incluso las llegan a calificar de cómplices, porque no entienden su inacción ante evidencias que ellos juzgan incontrovertibles. Sin embargo, por escandalosa que sea un develación, la aplicación de la ley necesita de otros elementos para actuar, y además hacerlo garantizando los derechos de acusadores e inculpados.

Lo que menos pensamos en la vorágine mediática es que quienes prenden la mecha del escándalo, no optan por la vía judicial, porque no buscan que se haga justicia sino cobrar venganza. Por ello, su anonimato resulta sospechoso. ¿Por qué no dan la cara para que la sociedad pueda asociar su calidad moral con los hechos que denuncian? ¿Por qué no presentan sus denuncias de manera pública y ante las instancias judiciales? ¿Por qué evaden la responsabilidad que implica actuar como denunciantes?

Si tuvieran el atrevimiento de dar un paso al frente, contribuirían en serio a favor de la legalidad, en cambio, al cobijo del anonimato están haciendo lo contrario. No es lo mismo tirar la piedra y esconder la mano, que tomar la piedra para ayudar a construir algo.

La divulgación de conversaciones y videos obtenidos en forma ilícita debe, por congruencia, ser considerada de la misma manera: ilícita. No hacerlo así, sería tan absurdo como no calificar de ilegal la compra de un automóvil que de antemano sabemos que es robado y argumentar al mismo tiempo, que al adquirirlo no estamos haciendo nada malo porque fue otro quien lo hurtó.

Quienes irrumpen en la intimidad de una persona acceden a información que rebasa en mucho su esfera pública; asuntos familiares, cuestiones sentimentales, sus finanzas, temas domésticos, etc. Así, se hacen de un acervo que pueden manipular y utilizar a su conveniencia según los objetivos que persigan. De esta forma han caído periodistas, empresarios, artistas, deportistas, políticos, etc. ¿Durante cuánto tiempo se grabaron las conversaciones de Lorenzo Cordova? El suficiente hasta que hubo material para armar el escándalo. ¿Cuánto más saben de él?, ¿cuándo y cómo lo harán público? Peor aún, ¿a cuántos más están grabando ahora? Quizá, entre éstos, haya algunos que hoy se regocijan escuchando las grabaciones de otros.

La permisividad que ha alcanzado la divulgación de grabaciones y videos obtenidos ilegalmente, y que constituyen una violación al derecho a la privacidad, nos lleva a una situación peligrosa, porque al no haber consecuencias para los responsables, o mejor dicho al salirse éstos con la suya, se incentiva la comisión de un delito y con ello se abona la cultura de la ilegalidad. O, si somos cínicos, de la legalidad selectiva en la llevamos largo tiempo transitando; todo depende de quién se trate o para qué sirvan las cosas.

“El hambre”; reseña

El hambre 1El hambre es un libro incómodo y áspero porque, sin paliativos, nos confronta con uno de los problemas más graves que aún afectan a millones de seres humanos en pleno siglo XXI, al que hemos llegado vanagloriándonos de la infinidad de avances tecnológicos que hacen nuestra vida —la de los que sí comemos— más sencilla y, a la vez, más larga. Sin embargo, pese a estos hitos que dejan testimonio de la incesante capacidad del hombre para aprender e innovar, cada año mueren tres millones de niños a causa del hambre y de las enfermedades que ella favorece.

Para llevar a las cosas a un extremo todavía más absurdo, resulta que el problema del hambre no se debe a la falta de comida, porque con la que hay sería factible que todo el mundo comiera, sino que obedece a una larga variedad de causas entre las que desde luego destaca la pobreza, pero donde también concurren otros factores como: cuestiones religiosas, la tradición, la propiedad de la tierra, el desperdicio, políticas públicas equivocadas, la corrupción, la voracidad de las trasnacionales, el cambio climático, las prácticas de empaque y estéticas impuestas por los supermercados, la falta de solidaridad entre naciones, la desforestación, la inestabilidad política, el desinterés de aquellos que sí tienen el pan asegurado, la injusticia, el retiro del Estado de áreas económicas para abrir paso al libre mercado, los subsidios agrícolas en la naciones desarrolladas, la especulación financiera con futuros de granos y oleaginosas, la apropiación de tierras por parte de trasnacionales, la inequitativa distribución de la riqueza entre naciones y entre individuos, los resabios del colonialismo, los biocombustibles que como insumo utilizan cultivos que también alimentan y, por paradójico que parezca, los efectos distorsionadores que en ocasiones causa en la nación que la recibe, la ayuda internacional.

El acierto de Caparros es que nos hace revisar cada una de esas causas y sus múltiples y complejas interrelaciones, analizando el problema desde tres perspectivas que aparecen intercaladas a lo largo del texto.

La primera es la del periodista que investiga, lee, analiza y sintetiza un problema complicado, para que el lector cuente con las referencias básicas para entender sus orígenes, sus implicaciones y darle alguna pista de lo que podrían ser las posibles soluciones. En este sentido, “El hambre” es un excelente ejemplo de lo que es el periodismo de investigación, que no el de denuncia que se limita a utilizar la revelación de un hecho, como un fuego pirotécnico que truena y se expande en efímeros haces de luz que apenas nos dejan ver las cuestiones más superficiales, que no las raíces.

La segunda perspectiva, que podría definirse como antropológica, Caparros nos hace escuchar, mediante entrevistas, la voz de quienes sufren hambre, situándonos en su entorno; las más de la veces paupérrimo, insalubre, marginal. Aunque también hay otras hechas en lugares limpísimos, modernos, donde aparecen otros protagonistas, que no sufridores, de este problema

Estos diálogos nos dan la oportunidad de conocer la visión que los hambrientos tienen de su vida y que por regular se limita a sobrevivir con un horizonte tan breve como un día —viven para comer, no comen para vivir— por lo que incluso la muerte se ve como algo natural, como ocurre con la de muchos de sus hijos que, desnutridos o enfermos, se apagan anónimos en silencio. Así, las entrevistas les dan voz a personas que sería remoto encontrar en nuestro camino, pero que en cambio sí entran asépticamente a nuestros hogares a través de la televisión, provocándonos, en principio, incomodidad, pena, culpa quizá, pero cuyas imágenes reiteradas nos han ido restando, a los que sí comemos, nuestra capacidad de asombro. Ellos se acostumbran al hambre y nosotros a verlos hambrientos.

Estos diálogos nos hacen viajar por la India, Bangladesh, Níger, Sudan del Sur, Estados Unidos, Argentina. ¡¿Cómo; Estados Unidos y Argentina?!, si el primero es una potencia y el segundo es uno de los principales exportadores de carne y soya del mundo. Pues así es, el hambre no sólo ocurre en las naciones más pobres, sino que sin mucha dificultad puede coexistir con la opulencia y disimularse con las estadísticas macro que quizá hablan de estabilidad y progreso. Por ejemplo, de acuerdo a la OCDE, casi uno de cada cuatro mexicanos vive en pobreza alimentaria y el 12.5% de la población padece desnutrición crónica.

Hábil con el sarcasmo, Caparros nos plantea: “hay hambre, porque hay pobreza. La primera tiene causas, la segunda sólo efectos”. Es decir, que en el segundo caso soslayamos sus orígenes, porque eso nos lleva a los temas complicados y, aunque el sentido común nos diga que si unos comen más es porque otros comen menos, se prefiere no indagar demasiado en esta relación, por lo que es mejor pensar que la pobreza no ocurre por una exclusión funcional del sistema sino porque algunos se rezagan, como si la economía fuera un autobús al que no lograron subirse a tiempo.

La tercera perspectiva corresponde a las deliberaciones que Caparros tiene consigo mismo y con un alguien imaginario, que ocupa el papel del lector al que abruma presentándole hechos que no están a su alcance, que no controla, porque éste está dedicado a vivir, como lo hacemos todos, inmerso en su mundo donde a diario se esfuerza por ganarse el pan. ¿Cómo puedes vivir sabiendo que..?, lo cuestiona reiteradamente. Pero lo poco podamos hacer individualmente para resolver el problema del hambre, eso no justifica que cerremos los ojos y no hagamos el esfuerzo de entenderlo.

“El hambre” nos da la oportunidad de adentrarnos en este problema y comprender sus alcances, no a través de sus cifras, en ocasiones edulcoradas o etiquetadas con eufemismos, sino escuchando a quienes la padecen, y también a quienes, sin entenderlo, la propician.

El hambre

Martín Caparros

Planeta, 2014

La corrupción sí es una cuestión cultural

El comentario que Peña Nieto hizo durante un encuentro con periodistas, en el sentido de que la corrupción es una cuestión cultural, desató de inmediato una polémica en los medios y en las redes sociales.

Se criticó que considerar a la corrupción como un fenómeno cultural equivalía a resignarse a vivir con el problema porque se asumía como un hábito, incluso, algún comentarista sugirió que esa afirmación casi tenía un carácter genético, al deducir que ésta equivalía a decir que “la corrupción existe porque así somos”.

Las razones que alentaron esta polémica parten, en buena medida, del desprestigio y la pérdida de popularidad que acumula el presidente de la República, lo que convierte a éstos en suerte de lente a través del cual se juzgan todos su actos y, más, sus dichos, terreno este último donde, por una parte, sus traspiés han sido recurrentes y, por la otra, porque han servido como referencias para señalar la distancia que media entre sus palabras y su forma de actuar.

Sin embargo, para el entendimiento de nuestra realidad esto es desafortunado, porque al satanizar esa afirmación se descarta de manera irreflexiva, una de las cuestiones cuyo análisis nos ayudaría a entender la extensión y profundidad que tiene uno de los problemas más graves que afronta el país, como es la corrupción, cuyo peso nos dificulta avanzar en cualquier frente.

¿Qué sería si la misma afirmación la hubiera hecho un personaje que goza de un alta estima social? Por ejemplo, cuando era cardenal de Buenos Aires, el Papa Francisco afirmó: “La corrupción no es un acto, sino un estado personal y social en el que uno se acostumbra a vivir”*.

Acostumbramos a vivir en ella, significa que, cual salitre en las paredes, se ha introducido de manera silenciosa pero evidente en nuestra cultura que, en este caso, no la entendemos como una acumulación de conocimientos, sino como el conjunto de hábitos, valores, actitudes, creencias y visiones que determinan nuestra manera de actuar y que se manifiestan en la forma como nos comportamos individual y colectivamente.

Así, una manera alternativa para analizar si la corrupción es un fenómeno cultural es mirar la otra cara de la moneda, y preguntarnos si la honestidad es un valor arraigado en la sociedad mexicana.

Veamos el plano individual: ¿Por qué ocurre que individuos que han llegado a ocupar el mismo cargo público, unos se retiraron de ellos ostensiblemente ricos y, en cambio, otros los dejaron con lo mismo que tenían al asumirlos? ¿Qué explica esta diferencia, cuando todos desempeñaron su encargo sujetos a las mismas regulaciones, en entornos similares y, por ende, con idénticas oportunidades para enriquecerse de manera ilícita?

La respuesta es sencilla: los valores se maman en casa porque es ahí donde toma lugar buena parte del desarrollo moral del individuo. Más aún, si en México un antropólogo decidiera estudiar el fenómeno de la corrupción desde una perspectiva generacional, con seguridad encontraría cierta consistencia en la repetición de patrones de comportamiento.

Quien como hijo goza de los frutos de la corrupción de sus padres, es muy probable que como adulto también incurra en ella, porque ésta ha sido parte de su normalidad; lo excepcional para él sería la honestidad, a la que quizá juzgue como un lastre sino es que como una idiotez.

Lo peor, es que la impunidad, aunada a la aceptación social del corrupto no oficial —aquel que ostenta sin pudor los beneficios materiales que logra de manera ilícita, pero que jurídicamente no ha sido nunca acusado— le confirman, desde su particular perspectiva, que él tiene la razón, lo cual envía un mensaje perverso que trastoca los valores sociales; la deshonestidad se considera como una expresión de astucia, como un riesgo que bien paga el correrlo para encontrar atajos que faciliten el éxito económico. Por contra, la honradez la practican los pusilánimes; mediocres carentes de atrevimiento (político pobre, pobre político, dijo Hank) que son incapaces de entender y ajustarse a las reglas del juego y, por ende, terminan convertidos en estorbos rígidos sin ninguna maleabilidad, lo que justifica apartarlos del camino.

El problema, como decía el Papa Francisco, es cuando nos acostumbramos a vivir en esa situación, porque eso significa que la corrupción, como un antivalor, se ha incorporado en las distintas expresiones de nuestra cultura: la cívica, la organizacional, la judicial, la de negocios, la vial, la académica, la política, la periodística, etc.

Esto reduce el capital social del país, colocándonos en desventaja frente a otras naciones donde al tener el valor de la honestidad un mayor arraigo, ésta les facilita las cosas, les ahorra el pesado costo de la desconfianza y hace que sus sociedades se desenvuelvan en un clima de mayor certidumbre y seguridad jurídica.

No significa que la corrupción sea inexistente en esos países, pero en ellos hay la convicción de que sus leyes e instituciones mantendrán el problema bajo control. Al menos, será muy poco probable que el corrupto no oficial alardee de sus proezas ostentando sus bienes y su forma de vivir, al tiempo que la sociedad lo acoge en muchos de sus círculos, como uno de sus miembros distinguidos.

Ojalá que la corrupción no fuera una cuestión cultural, porque sería sencillo erradicarla y no tendríamos frente a nosotros el reto enorme que significa modificar patrones de comportamiento que hoy día se consideran normales.

Por ello, resulta ingenuo pensar que nuevos marcos legales e institucionales como el Sistema Anticorrupción, serán suficientes para, ahora sí, evitar los actos ilícitos que están tipificados desde el primer Código Penal publicado en 1871.

Las convicción del respeto a la ley no se crea con base en el temor que pueden infundir las penas por no cumplirla, sino a partir del convencimiento de que acatarla es algo que a todos conviene porque allana el camino.

Por ello, ninguna estrategia anticorrupción va a funcionar, si en paralelo no se trabaja con los niños y los jóvenes. Esto significa, que así como se les concientiza de la gravedad de los problemas ambientales y de la urgencia para resolverlos, así también hay que alertarlos sobre los riesgos que corre su futuro, cuando una nación deja de respetarse a sí misma, al claudicar frente a quienes violan las leyes y pervierten las instituciones que ella se dio.

*Corrupción y Pecado”, Jorge M, Bergoglio, Biblioteca El Mundo, 2013

La verdad sobre el caso Harry Quebert; reseña

Harru quebert

Después de varias novelas no publicadas, Joel Dicker decidió elaborar una más; aunque fuera para despedirse de una carrera de escritor que no lograba tomar vuelo. Así, escribió “La verdad sobre el caso Harry Quebert”.

Lo que este joven suizo no imaginaba es que su obra resultara un éxito mundial y que obtuviera, entre otros, el Premio de Novela de la Academia Francesa, el Lire y que quedara a un voto de lograr el Goncourt, reconocimiento cuya relevancia deriva del proceso de selección, que no de la recompensa monetaria que apenas representa diez euros.

Quizá, al pensar que era su último intento como escritor, la novela de Dicker parece haber sido escrita con la intención de que, una vez publicada en francés, podría con facilidad traducirse y venderse en el mercado de habla inglesa, al que parece estar destinada.

Así, “La verdad sobre el caso Harry Quebert” es un thriller de corte americano, ambientado en un pequeño pueblo imaginario; Aurora, localizado en el noreste de los Estados Unidos, además de que, como telón de fondo, se menciona a personajes de la política estadounidense; desde Nixon hasta Obama.

El argumento gira alrededor del asesinato de una niña de quince años, que había sido declarada como desaparecida treinta y tres años atrás, y cuyos restos son descubiertos de manera accidental en el jardín de la casa del famoso escritor, Harry Quebert, a quien, dadas las circunstancias, se le culpa de inmediato del asesinato.

A partir de ese momento, el joven escritor Marcos Goldman, que consideraba a Quebert como su maestro y al que recién había acudido en busca de ayuda, porque después de publicar un éxito literario estaba padeciendo el síndrome de la página en blanco, decide, como un gesto de gratitud, asumir el papel de detective para desentrañar el crimen y probar la inocencia de su admirado mentor.

La trama es entretenida y mantiene la tensión narrativa. No es lineal, los flashbacks están bien intercalados y no confunden al lector, quien en la medida que avanza las páginas logra atar los cabos sueltos que el autor le fue dejando en los primeros capítulos.

Sin embargo, hay fases donde la argumentación se rumia demasiado antes de introducir un nuevo giro. Esto ocurre sobre todo en la fase final de la novela, que, por cierto, está precedida, como ocurre en el inicio de cada capítulo, por un consejo que alguna vez le dio Quebert a Goldman. En este caso le sugiere que sorprenda con un giro argumental de último minuto. En lo personal, considero que uno es suficiente, pero más de uno es una exageración, por lo que se corre el riesgo de provocar incredulidad.

Como ocurre con muchos thrillers americanos, la trama bordea, y en ocasiones rebasa, los límites de la verosimilitud, lo que demanda la indulgencia del lector. Desde luego que toda novela es un engaño, pero como lectores queremos que se nos engañe de manera verosímil. De otra suerte, nos apeamos de la trama y la empezamos a mirar desde lejos.

En síntesis, “La verdad sobre el caso Harry Quebert” es una novela recomendable para quienes gustan de largas y abigarradas tramas de suspenso, creado a partir de interrogantes y opciones que el autor pone frente al lector como una carnada para atraparlo hasta el final, sin que éste ponga demasiado en empeño en juzgar la consistencia de algunos giros argumentales.

La verdad sobre el caso Harry Quebert

Joel Dicker

Alfaguara 2013