¿Valdrá la pena votar?

Cuando alcancé la edad de votar, el predominio absoluto del PRI hacía inútiles las encuestas y las proyecciones para anticipar los resultados electorales; todos sabíamos quienes iban a ganar. Así, cuando en Estados Unidos presumían que su sistema electoral era tan avanzado que les permitía conocer en horas al ganador de una elección presidencial, nosotros argumentábamos con ironía que el nuestro estaba por delante, porque el nombre del candidato triunfador lo sabíamos meses antes de la elección.

Aun así, muchos acudíamos a las urnas con el ánimo de dejar un testimonio en contra del partido gobernante. Pensar que la suma de los votos de la oposición y el abstencionismo resultaba mayor que los votos del PRI, equivalía a una especie de victoria moral, aunque claro, sin ninguna trascendencia práctica.

Sin embargo, vale la pena señalar que un largo período de crecimiento económico con baja inflación colocó a buena parte de la población en una zona de confort; para qué cambiar lo que funciona. Más aún, cuando en apariencia las nuevas generaciones escalaban peldaños por encima de sus predecesoras. Por ello, se obviaban los vicios del partido hegemónico y cuando incurría en excesos, muchos no sólo volteaban hacia otra parte sino también aplaudían.

Por ello, no fue casual que las evidencias del agotamiento de los modelos político y económico empezaran a manifestarse casi de manera simultánea. El primero en 1968 y el segundo en 1970. Aunque todavía debió pasar un sexenio, durante el cual la guerrilla urbana y rural cobró relevancia, para que en 1977 se llevaran a cabo reformas señeras al sistema electoral, que empezaron a facilitar el acceso de la oposición a los poderes públicos.

Veintitrés años después, un candidato que no provenía del PRI alcanzó por vez primera la presidencia de la República, lo cual fue en gran parte el resultado de un proceso continuo de reformas políticas encaminadas a emparejar la cancha para todos los partidos y garantizar la autonomía del órgano electoral. Hechos que no fueron gestos generosos de los gobiernos priistas, sino la consecuencia de una persistente presión social y del esfuerzo de muchas personas, algunas de la cuales incluso lo pagaron con sus vidas.

Así, el año 2000 marcó un hito importante en el desarrollo de la democracia en México. El cambio civilizado del partido al frente del Poder Ejecutivo nos dio confianza; el país había alcanzado una especie de mayoría de edad, que en principio debería ser el preámbulo de mayores avances en nuestro desarrollo político.

Asumimos con ingenuidad, que el solo hecho de que existiera limpieza e igualdad en la competencia política, era suficiente para colocar al frente de los tres poderes públicos a servidores públicos con vocación de servicio y cuyo desempeño debería expresarse en un Estado más eficaz en proveerle a la población el mayor grado de bienestar posible, en la expresión más amplia del término.

También suponíamos que ahora sí, los contrapesos constitucionales serían la garantía de que prevalecería el imperio de la ley. Además de que la alternancia dejaba en claro que de ahí en adelante ningún partido tenía garantizada la permanencia el poder y que los mandatos constitucionales son encomiendas temporales, sujetas a prueba y, por ende, a la rendición de cuentas.

Quince años después de ese 2 de julio, creo que nuestras expectativas fueron en exceso optimistas, y que no consideramos que la transformación de la cultura política que había imperado hasta ese entonces sería un proceso lento, tortuoso e incluso regresivo. Para ello basta comparar al IFE de aquel entonces con el actual INE; el de ayer un consejo de ciudadanos, el de ahora, uno de partidos.

El cadáver del viejo presidencialismo parece haber sido cubierto por una masa amorfa, integrada múltiples organismos de naturaleza muy diversa, a la que denominamos clase política. Ésta, al nutrirse de ese cuerpo en descomposición, ha reproducido sus genes aunque de manera fragmentada, dando lugar a feudos de diferentes tamaños y características, que están presentes en los tres poderes de la Unión y en los tres órdenes de gobierno, y en lo que ni la ineptitud más evidente, ni la deshonestidad más obvia representan un obstáculo para pertenecer a ellos y menos para encabezarlos.

Esta feudalización del Estado aunado a su crónica debilidad institucional, lo hacen poroso e ineficaz para elevar su nivel de vida y para garantizarle a la población algo tan básico como su seguridad, por lo que se ha ido arrinconando en la medida que mafias de todo tipo y calibre han ido coartando su libertad.

El politólogo español Juan José Linz afirmó que no hay democracia sin Estado. Y esto es justo lo que nos está pasando. No se diga si además consideramos que hasta hoy el imperio de la ley es una ilusión y la rendición de cuentas una aspiración que en este momento se antoja inalcanzable.

¿Qué hacer? nos preguntamos. ¿Valdrá la pena seguir votando para legitimar a una clase política que sólo usa a la democracia como coartada para preservar y engrandecer sus privilegios y seguir mamando de la ubre presupuestal? ¿Será que nos ha tocado vivir la etapa de empeoramiento como el paso inevitable hacia un mejor porvenir, que quizá ni veremos?

Tenemos cuatro meses para pensarlo.

7 pensamientos en “¿Valdrá la pena votar?

  1. ¿Votar es legitimar este remedo de democracia? Hubieron años de democracia, donde el voto femenino no figuraba, y nadie cuestionaba si se preservaba -que se hacia- un status quo fuera de lógica, que hacía suponer que las mujeres no tenían capacidades de disertación sobre los temas públicos y políticos -aunque no todas lo tenían, en efecto, su educación las sujetaba a un escenario distinto al ámbito público-. Sin embargo, no hubo tropiezos en esos años de democracia ficta, en Estados Nacionales que dominaban el espectro mundial. Hoy vemos esa circunstancia rayar en lo ridículo, y no imaginamos un sistema electoral donde la mujer no participe. Es igual al tema que traes a discusión mi querido Alfredo, no hay forma de cuestionar nuestro derecho y nuestra obligación participativa, lo cuestionable son las opciones que tenemos, que aunque parecen ridículamente iguales, tenemos la posibilidad de ejercer la única presión que nos queda como ciudadanos: el voto, anulado quizás, en señal de descontento, pero nunca abstiniéndonos de aplazar o subyugar nuestro derecho porque allá fuera no hay en quiénes confiarles nuestro futuro político. La crisis es social, es de partidos, pero está dentro de nuestras casas también. No puedo imaginar la cara de mi hijo adolescente al verme sentada sin querer ir a votar el día de la elección, no puedo imaginarme la vergüenza que eso me causaría, pues él aspira a tener confianza en lo futuro, por mucho que nos parezca ridículo, él debe aprender de mí a no rajarse nunca por su país, aunque no haya nada que le guste de él.

    • Gracias por tu comentario. Justo tus argumentos revelan lo complicado de este tema, donde las circunstancias nos han ido poniendo en una encrucijada donde se cruzan sensaciones derivadas de nuestros derechos y obligaciones cívicas. Quizá como lo menciono en el artículo, nos ha tocado vivir una etapa de degradación política de la cual eventualmente saldremos fortalecidos. Recibe un saludo.

  2. NO es menor la preocupación de votar o no votar, de como votar y como no votar. en efecto tenemos unos meses para pensarlo pero creo que si tienes un partido en el que puedes confiar porque puedes participar y opinar, entonces hay que votar. Por lo contrario si no se tiene ninguna esperanza, entonces no hay que votar. Yo por mi parte declaro que debo votar por Morena porque se plantea cambiar el estado de cosas con la participación ciudadana.

  3. DEBEMOS VOTAR, EL PROBLEMA ES QUE “NI PARA DÓNDE HACERSE”, ES DECIR, LA CORRUPCIÓN HA PERMEADO A TODOS LOS PARTIDOS DISPONIBLES. HABRÁ QUE ECHAR UN VISTAZO A LOS NUEVOS PARTIDITOS.

  4. Votar o no votar….¿es esa la cuestión?. Creo que no. Votar es para nosotros un derecho y no obligación como en varios países, incluso “desarrollados” (Bélgica me consta). Y estoy convencido que ello, paradójicamente, obliga a votar a quienes tenemos una vocación democrática natural. Pero existen otras formas de defender la democracia y de ejercer nuestro derecho a la crítica de las instituciones políticas que consideramos que nos han traicionado (sin llegar a la lucha armada en la que no creo pero lamentablemente puede ser opción para otros). Y ahí cada quien debe, en conciencia, decidir el alcance de su propio compromiso y la trinchera en la que quiere luchar. Hay múltiples posibilidades. Todas válidas. Por mencionar una evidente es la tuya a través de la denuncia escrita (que te admiro). O la mía en la academia que es un foro bien efectivo para transmitir realidades y opiniones a la juventud afortunada que se educa a nivel universitario….

  5. Querido amigo, tocas un tema fundamental que se transforma en la disyuntiva que tenemos enfrente: votar o abstenernos de ello. Sin más preámbulo, te aseguro que abstenernos del voto equivale tanto como a claudicar, dejando que las cosas se acomoden o se adapten como mejor convengan a cada persona y a las especiales circunstancias que se viven, pero asegurándote que se seguiría perjudicando a una gran cantidad de personas, si no es que a la mayoría, de un México que hoy es ajeno a ellos y que quizás, ni siquiera, pueden ejercitar el derecho de voto. Tienes toda la razón cuando hablas de la descomposición del sistema en el poder. Yo más bien me refiero a la degradación política que se ha venido dando desde hace varios ayeres, que aunada a la pérdida de ideologías políticas y de los más altos valores que las deben de sustentar, se convierte en una lucha y afán por alcanzar el poder para servirse de él y, como bien lo indicas, para mantenerse insertos a la ubre que los alimenta y los sostiene a pesar de su ignorancia, su carencia de valores, su deslealtad, en fin, su ineficiencia. No obstante, soy un convencido de que la crisis de un sistema no necesariamente alcanza a todos aquellos que aspiran a servir con honestidad a nuestro querido México y, por ello, deberemos de ser muy cautelosos en la forma en la que deberemos emitir nuestro voto, no importando la filiación política que los candidatos tengan, sino su trayectoria, antecedentes, planes de trabajo y resultados tangibles que hayan dado al servicio y beneficio del pueblo, mientras carezcamos de un sistema que pueda ofrecer una mayor apertura hacia las candidaturas ciudadanas. Siempre he sostenido que el no votar, sepulta a la razón y alienta al populismo irracional que en nada beneficia. Te abrazo.

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