El síndrome de la enfermedad del poder y su efecto paradójico

Si hay algo que transforma al ser humano es el poder; entendiendo por éste la facultad, las atribuciones o los medios que puede tener un individuo a su alcance para hacer que otros actúen conforme a su voluntad e intereses. No hay una regla temporal para que esa transformación ocurra; puede ser casi instantánea, darse después de algunos meses o, en casos muy raros, nunca manifestarse. Tampoco es privativa de un ámbito en particular, por lo que es factible ver casos en el público como en el privado. Todo dependerá de la forma como la persona digiera el hecho de que tiene la capacidad de hacer que otros actúen conforme a su conveniencia.

De acuerdo a observaciones acuciosas de un enorme número de casos, se han identificado nueve síntomas de la enfermedad del poder y un efecto paradójico. Hay enfermos, los más graves, que los manifiestan todos al mismo tiempo; pero puede haber otros que sólo muestran algunos. Sin embargo, aun cuando el padecimiento varíe en intensidad de persona a persona, la regla general es que al momento de aliviarse sufrirán el efecto paradójico.

El primer síntoma es que el cuerpo del enfermo se vuelve hipersensible. Éste ya no come en cualquier parte, ni viaja en cualquier auto y menos aún posa el trasero en cualquier asiento. Esta hipersensibilidad podrá desarrollarse a tal grado que determinará con cuáles personas alternará, conversará o simplemente tolerará su presencia.

El segundo síntoma es el oído selectivo. El enfermo sólo oye aquello que le gusta escuchar, en tanto que suele reaccionar de manera negativa o con indiferencia cuando alguien, quizá un leal opositor, le dice algo que no quiere saber y menos aún reconocer. Vale destacar que los pacientes en fases agudas de la enfermedad disfrutan mucho escuchándose a sí mismos.

El tercer síntoma es la pérdida de coordinación entre cerebro y boca. El enfermo empieza a decir cosas que no piensa y, durante los episodios más críticos de este síntoma, le resulta difícil entender que puede estar diciendo estupideces. Con cierta frecuencia los pacientes manifiestan inacabables diarreas de palabras que acompañan con un marcado estreñimiento de ideas.

El cuarto síntoma es la sensación de levitar. El enfermo percibe que por alguna extraña razón está por encima de los demás, a quienes advierte pequeños porque siente que los mira desde arriba. Esto no sólo se refiere a su tamaño físico sino que incluye también su dignidad, su carrera, sus logros, sus opiniones, ideas; incluso sus sentimientos.

El quinto síntoma es la convicción de indispensabilidad. El enfermo asume que el origen de los problemas se debe a que él no estaba a cargo; que su solución sólo puede ser lograda con su participación e inteligencia; y que si llegan a empeorar será porque él ya se habrá ido. Por eso, aun ya aliviado, siempre tendrá la tentación de seguir dando consejos.

El sexto síntoma es la amiguitis aguda. El enfermo siente una enorme necesidad de estar en compañía de sus amigos, en especial aquellos que juzgue dóciles, condescendientes y que le hagan más llevadera su enfermedad. Curiosamente, quienes la sufren suelen incrementar de manera notable el número de amigos, que surgen de la nada ansiosos de disfrutar de su presencia y sobre todo de sus favores. Para ello, le dirán que es guapo, inteligente, simpático, ocurrente, sabio, etcétera.

El séptimo síntoma es el complejo de la palomilla. El enfermo siente una atracción irrefrenable hacia la luz eléctrica, especialmente si proviene de reflectores acompañados de cámaras de televisión. No estar debajo de alguno le provoca una sensación de inseguridad que sólo cura el calor de los focos, aunque un paliativo para esta incomoda sensación son los micrófonos de la radio, sin importar que su palabras salgan al aire de madrugada.

El octavo síntoma es la angustia por el anonimato. No ser reconocido es algo que lo aterra; por ende, el enfermo gusta de hacerse notar mediante secretarias y ayudantes que cual trompeteros anuncian su llegada y delatan su presencia. Arriban antes que él, lo esperan en las banquetas, lo siguen en las calles y lo cuidan para que nadie no autorizado le dirija la palabra.

El noveno síntoma es la memoria en tiempo real. La memoria del enfermo, especialmente si está en el ámbito político, suele empezar a partir del tiempo presente. No recuerda qué dijo o hizo, qué amigos tuvo, cuál fue su origen social o cómo acumuló su patrimonio. El borrón y cuenta nueva es la práctica que aplica cada día.

El efecto paradójico de la enfermedad del poder es que, en la medida que avanza, el enfermo se siente estupendamente; pero cuando el poder se pierde de manera inevitable y los síntomas empiezan a desaparecer, entonces se sentirá terriblemente mal.

Publicado en El Financiero 15.12.11

5 pensamientos en “El síndrome de la enfermedad del poder y su efecto paradójico

  1. PERO RESPECTO AL PRIMER RASGO: ¿NO IMPEDIRÍA QUE LOS QUE DETENTAN EL PODER DESDE: PRESIDENTES, SECRETARIOS, DIPUTADOS, ETC; SE “MEZCLEN” O SE DEN “BAÑOS DE PUEBLO” EN CAMPAÑAS ELECTORALES O GIRAS? EN MÉXICO LA BASE REAL DEL PODER, DIGAMOS, AL MENOS SI DE GANAR ELECCIONES SE TRATA, VIENE DEL “PUEBLO”, O “PLEBE”, CON QUIENES TIENE QUE INTERACTUAR EL SUJETO QUE DETENTA EL PODER, TANTO COMO CANDIDATOS COMO YA ELECTOS PARA UN PUESTO CON PODER. AUNQUE SEA SÓLO PARA LA FOTO.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s