Todos somos Ayotzinapa pero no somos un solo México

Pocos esperaban que los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa fueran encontrados con vida. Pero nadie imaginaba las circunstancias de su muerte y, menos aún, que nos enteraríamos de ellas por las narraciones de muchachos, quizá de la misma edad que sus víctimas, quienes con una frialdad inaudita describieron como murieron los normalistas y la manera, nada improvisada y con seguridad practicada varias veces en el pasado, como cremaron los cadáveres y se deshicieron de las cenizas.

Lo grave es que no nos estamos enterando de un hecho aislado, sino que se trata de actos repetitivos que en varias partes del territorio nacional son realizados de manera organizada y sistémica, por mafias que agrupan tanto a delincuentes como a individuos investidos con poderes públicos, lo que incluye la capacidad de comandar a la fuerza pública para conseguir sus propósitos delincuenciales.

Ciertamente México no es un estado fallido, pero sí uno muy poroso, porque su estructura y las instituciones que lo integran están siendo carcomidas por la delincuencia —la organizada y la que opera al menudeo— al grado de que en muchas regiones del país, sus líderes han subordinado a los poderes públicos, lo que pervierte los principios fundamentales de la democracia, porque la soberanía que el pueblo delega en quienes elige para encabezar gobiernos y legislaturas, termina, por la vía de la corrupción, siendo transferida a grupos minoritarios cuyas actividades atentan contra la paz y seguridad del propio pueblo.

¿Qué ha favorecido la porosidad del Estado mexicano?

Desde mi perspectiva han concurrido dos fenómenos; uno de carácter político y otro de carácter económico, cuyas implicaciones no hemos logrado entender para paliar sus efectos.

El poder vertical del viejo régimen presidencialista hacía prevalecer al Poder Ejecutivo sobre el Legislativo y el Judicial y, a su vez, mantenía alineados y en control a los tres órdenes de gobierno; los gobernadores se subordinaban al presidente, y los presidentes municipales a los gobernadores.

El avance democrático del país que inició mucho antes del 2000, cuando el PRI perdió la presidencia de la República, fue poco a poco desmantelando el monopolio que sobre los tres poderes del Estado tuvo un solo partido que era, como el país, encabezado por el presidente en turno. Hoy en cambio, tenemos la certeza de que la voz de la sociedad expresada en votos es respetada, cuando se trata de escoger a quienes gobiernan y legislan.

Pero para que la democracia sea efectiva, es decir para que el ejercicio de los poderes públicos se traduzca en un bienestar creciente para la sociedad, no basta que los votos se cuenten con pulcritud. En cambio se requiere que a los puestos públicos accedan individuos con la experiencia, las capacidades, los valores y la convicción de que su encomienda es un mandato temporal, sujeto a la ley y del cual deben rendir cuentas.

Y es en este punto donde todavía estamos en pañales, porque parecería que en el imaginario de la nueva clase política está el arquetipo del viejo presidencialismo como una referencia a imitar, con la agravante de que ahora se sienten legitimados por el voto popular. Así, muchos políticos asumen que esto, en lugar de representar la obligación de rendir cuentas, les otorga el privilegio de considerar su cargo como un patrimonio personal, lo que ha convertido la estructura del estado mexicano en un cúmulo de feudos, cuyo funcionamiento depende más de las relaciones personales de los efímeros señores feudales, que de la operación institucional del Estado.

Sin embargo, la democracia, como el matrimonio, implica a dos partes; aquellos que son votados y quienes los votan, y por ende, a éstos también corresponde una parte de la responsabilidad al momento de valorar la gestión de los servidores públicos que ellos eligieron.

Abarca no llegó a la presidencia municipal por una imposición sino a través del voto popular. Cuatro de cada diez igualtecos votaron por la coalición “Guerrero nos une” que lo tenía a él como candidato. Por ende, el pueblo de Iguala, en un afán autocrítico, deberá examinar cómo fue posible que un personaje que estaba lejos de tener un pasado de trabajo y honestidad, pudiera encabezar al municipio. Más aún, cuando su esposa era la hermana de conocidos narcotraficantes.

A la insularidad política, el arribo del neoliberalismo añadió la insularidad económica. Al grito de que el mercado lo resuelve todo y de que el Estado se debe limitar a actuar en la economía como mero árbitro y como un ente asistencialista para remediar la situación de los más rezagados, desapareció de la tareas del gobierno la planeación, y en especial la del desarrollo regional, como un instrumento que desde una visión integral se encargara de que el avance del país se distribuyera de la forma más homogénea posible a lo largo del territorio nacional.

La falta de una planeación y ejecución de una estrategia de desarrollo regional, que sobretodo atienda a las zonas del país más vulnerables, ha dejado a los habitantes de éstas con mínimas opciones para su progreso humano y material, y a la vez ha creado enclaves donde con extrema facilidad los recursos que gestiona la delincuencia le permiten a ésta en los hechos, sustituir al Estado si no es que gobernarlo.

La conmoción que provocó la tragedia de Ayotzinapa nos ha unido en el repudio y la indignación. Pero que eso que hoy nos une, debe servirnos para entender que nos hemos convertido en un cúmulo de ínsulas políticas y económicas inconexas, donde cada una persigue sus propios objetivos y cuya suma no nos hace una nación. No tenemos muros como el de Berlín hechos de concreto, pero tenemos otros peores cimentados en la indiferencia y la mezquindad.

No sólo los igualtecos sino todos los mexicanos deberíamos preguntarnos ¿cómo hemos llegado hasta aquí? La misma severidad que pedimos para que se juzgue y castigue a los culpables directos, la debemos aplicar cuando juzguemos nuestra responsabilidad colectiva, porque sólo así podremos profundizar en la causas de los horrores que hoy nos indignan y poder entonces actuar para revertir la espiral de violencia y crimen donde estamos atrapados.

http://www.acletomasini.com.mx

Un pensamiento en “Todos somos Ayotzinapa pero no somos un solo México

  1. No difiero con usted, complemento… pues noto la omisión de un tema que es clave en las decisiones de los votantes y por ende en la forma en que podemos o no responsabilizarnos de ser gobernados por ineptos: la venta del voto.

    El mexicano que vota por x o y partido a cambio de una pantalla plana o una tostadora…el sindicato que vota de forma sistémica por un partido a cambio de inmunidad de sus líderes… La promoción de programas “sociales” en tiempos electorales, etc, etc. Todo eso quien lo pone a disposición del pueblo es el gobierno sabiendo que no solo conoce sino diseña las necesidades de la , grupos, etc para ofrecerles el voto como el mejor vehículo para el bienestar que es al final efímero.

    Al afirmar que en México hay democracia se equivoca pues generaliza y omite muchas cosas…México NO es un país democrático y solo lo será el día en que desde el municipio hasta la federación el voto se manifieste como la expresión ciudadana por excelencia. Para eso primero debe existir ciudadanía y en eso apenas estamos contra corriente…Yo no hablaría hoy de un México con democracia.

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